En este artículo se revisa el concepto de "inteligencia afectiva" en cuanto entramado de procesos cognitivos y emocionales que debe recibir atención educativa. En opinión del autor del texto, es necesario modificar la educación actual -demasiado atenta a los contenidos y muy poco a los sentimientos-, en beneficio de la persona en su totalidad. Con este propósito, se ofrecen algunas recomendaciones prácticas dirigidas a educadores.

La inteligencia afectiva: concepto y mejora

Valentín Martínez-Otero Pérez
Doctor en Psicología y Doctor en Pedagogía. Profesor de la Universidad Complutense y del Centro Universitario "Don Bosco"

 
O es  sencillo definir  qué  es  la

inteligencia, pues los sentidos que se dan a este término varían considerablemente según las escuelas psicológicas y los autores. Nos hallamos ante un concepto plural y complejo, ya que dependiendo de los aspectos que se analicen y de los instrumentos y métodos de investigación utilizados se enfatizan unos aspectos u otros. Se calcula que hay varias decenas de interpretaciones distintas, algunas de las cuales mantienen entre sí mayor convergencia que otras. Por esta razón hay que pedir disculpas, pues al mare magnum de definiciones podemos añadir la que corresponde a la inteligencia afectiva, que defino con brevedad como "la capacidad para conocer, expresar y controlar la afectividad, sobre todo los sentimientos, las emociones, las pasiones y las motivaciones".
Las implicaciones de la inteligencia afectiva cubren un amplio espectro que se inicia en la propia persona, con toda la riqueza y complejidad del paisaje emocional, y se extiende a las distintas situaciones interhumanas y experiencias vitales; de hecho, la inteligencia afectiva repercute en todos los ámbitos de la vida: familiar, académico, laboral, social, etc. Por eso es tan importante desarrollarla.

Necesidad

Conviene hacer notar que no se trata de un nuevo tipo de inteligencia que se sume a las largas colecciones que tenemos, sino de una necesidad. La estructura intelectual está inevitablemente unida a la afectividad y aun a la moralidad.
Lo que parece claro es que hay que cultivar la inteligencia afectiva y, cómo no, la afectividad inteligente, so pena de embrutecernos, por más que se posean algunas habilidades cognitivas relativamente autónomas. Con frecuencia nos encontramos con algunas personas supuestamente muy inteligentes que son incapaces de ponerse en el lugar de los demás, que no reconocen los estados de ánimo propios ni ajenos y que no saben expresar lo que sienten. Por el contrario, otras personas, a pesar de obtener bajas puntuaciones en las tradicionales pruebas de cociente intelectual, se conducen equilibradamente y manifiestan una inclinación afectiva hacia los otros, habitualmente en forma de simpatía, es decir, propenden a conmoverse espontánea y sinceramente con los sentimientos de los demás.
Estos casos y otros de mayor gravedad están muy extendidos y nos llevan a insistir tanto en la necesidad de revisar el concepto de inteligencia como de diseñar nuevos instrumentos de medida de esta facultad que tengan en cuenta el componente afectivo. Asimismo, dado que la inteligencia afectiva hay que cultivarla, se hace imprescindible modificar la educación actual -demasiado centrada en los contenidos y muy poco en la vertiente emocional-, en aras de la persona en su totalidad.

Naturaleza de la inteligencia afectiva

Dado que hemos definido sucintamente qué entendemos por "inteligencia afectiva", bueno es que exploremos su naturaleza. Vaya por delante que nos hallamos ante una nueva forma de aproximarnos a esta compleja realidad, aunque es cierto que en los últimos años el concepto de "inteligencia emocional" ha experimentado un impulso extraordinario, en gran medida gracias a libros de gran éxito. La difusión y popularidad alcanzada por estos trabajos ha sido realmente espectacular y beneficiosa, pues el impacto de las publicaciones ha llevado a la comunidad científica a tomarse muy en serio una "nueva" línea de investigación que abre las puertas al necesario replanteamiento del concepto de inteligencia. Es cierto que antes de que la inteligencia se diese este "baño de multitudes" ya se trabajaba en la dirección señalada, pero el éxito de algunas obras ha dado un espaldarazo fundamental a diversas iniciativas, acaso tímidas, en el ámbito de la psicología. Ojalá que el resultado feliz no desvíe a la ciencia del comportamiento de sus objetivos perentorios, pues aún es largo el camino que ha de recorrerse hasta llegar a conocer exhaustivamente qué es la "inteligencia afectiva", cómo se puede evaluar y, lo que quizá sea más importante, con qué métodos pedagógicos se desarrolla.
Un primer paso corresponde a la elaboración de un mapa de la inteligencia afectiva. En su inicio esta descripción orográfica da cuenta de la imbricación de procesos cognitivos y afectivos, toda vez que en nuestra experiencia del mundo es inseparable lo que pensamos de lo que sentimos. En verdad, la captación de la realidad, fruto de la coordinación y equilibrio entre operaciones racionales y emocionales, permite identificar una estructura cognitivo-afectiva. Vivir una situación, por ejemplo, implica conocerla y sentirla.

Procesos cognitivo y emocional

La psicopedagogía debe encontrar, tras identificar los elementos del complejo módulo cognitivo-emocional, los cauces apropiados para enriquecerlo, lo que es tanto como promover simultáneamente mudanzas armónicas y positivas en los procesos cognitivos y en los procesos emocionales. A tal respecto, la reflexión y la revisión de literatura científica nos llevan a describir tres tipos de competencia -cognitiva, afectiva y conductual- que constituyen la inteligencia afectiva y que poseen valor operativo para su mejora:
- Competencia cognitiva.- Es la capacidad para utilizar el pensamiento de forma eficaz y constructiva. Incluye los procesos mentales de comprensión, razonamiento, abstracción, resolución de problemas, aprendizaje de la experiencia y adaptación al entorno. Especialmente relevante es la metacognición o capacidad para pensar en la propia cognición y controlarla. En el marco de la inteligencia afectiva, la competencia cognitiva se caracteriza por una orientación prosocial, pues el conocimiento y la habilidad que se poseen tienden a reforzar los lazos interpersonales, es decir, la convivencia.
- Competencia afectiva.- Es la capacidad para reconocer, expresar y canalizar la vida emocional. Adquiere especial importancia el equilibrio personal, la autoestima y la empatía. También es importante la metaafectividad o capacidad del sujeto para conocer y gobernar los sentimientos que provocan los fenómenos afectivos. Este componente se refiere sobre todo a las habilidades que tiene el sujeto para comprender la afectividad y, en consecuencia, enriquecer la propia vida.
- Competencia conductual.- Son las acciones que realiza el sujeto, a partir de su pensamiento y de su afectividad. La planificación es básica para que no nos hallemos, más allá de lo imprescindible, en meros automatismos. La estructura cognitivo-emocional equilibrada y rica libera de la "robotización" y facilita la aparición de conductas positivas a nivel personal, profesional, social, etc.
Aunque no hay acuerdo unánime en señalar los componentes de la inteligencia afectiva, entre otras razones porque es poco el tiempo que la comunidad científica lleva interesándose por esta cuestión, con frecuencia los autores que abordan el tema distinguen las tres vertientes descritas que, dicho sea de paso, operan entrelazadamente. En función del concepto de inteligencia afectiva que aquí se analiza y propugna, los aspectos estrictamente racionales no son "neutros", sino que están cargados de afectividad y empujan a actuar en una determinada dirección: el crecimiento personal y social. Esta ejemplificación, al tiempo que muestra la necesidad de trabajar las tres dimensiones, permite comprobar que el tratamiento educativo que reciba la inteligencia afectiva no puede quedar al margen de los valores. Topamos, pues, con la ética, por cuanto el hombre es, por su propia naturaleza, un ser moral. Frente al subjetivismo o relativismo amenazante defendemos una educación de la inteligencia afectiva impulsora de reflexión, responsabilidad, libertad, creatividad, solidaridad y convivencia. Bueno es que se explicite este marco axiológico general, para que no haya dudas sobre el rumbo que ha de tomar cualquier programa psicopedagógico.
La interdimensionalidad propia de la inteligencia afectiva es rica en extremo y explica, por ejemplo, aspectos como la organización axiológica de la realidad, el fortalecimiento de la propia identidad, la búsqueda de la verdad y el bien, etc.; procesos que apenas serían comprensibles si se invoca únicamente una vertiente de la estructura que nos ocupa y sobre los que es menester seguir investigando.

La inteligencia afectiva en la escuela

Es comúnmente aceptado que las personas con elevada inteligencia afectiva tienen más posibilidades de adaptarse a las situaciones y de obtener éxito en los proyectos. En el ámbito laboral, por ejemplo, se está tomando conciencia de la importancia que la competencia cognitivo-emocional tiene en la satisfacción y el rendimiento en el trabajo, hasta el punto de que han surgido algunas iniciativas de formación empresarial encaminadas a promoverla en las organizaciones. Huelga decir que en la institución escolar también se está reconociendo la trascendencia de la inteligencia afectiva, a pesar de que siguen siendo insuficientes los esfuerzos por desarrollar programas sistemáticos y rigurosos.
La formación de la inteligencia afectiva en la escuela nace de la necesidad de atender íntegramente a la persona. La desatención durante largo tiempo de la vertiente emocional pone de manifiesto la palmaria deficiencia de la institución escolar y probablemente sea una de las causas que en la actualidad nos obligan a asistir al espectáculo de la violencia en sus múltiples modalidades.
Los resultados obtenidos tras la aplicación de algunos programas encaminados a favorecer el aprendizaje social y emocional en algunas escuelas revelan que los escolares que han participado en el proceso se tornan más responsables, asertivos, colaboradores, comprensivos, eficaces, pacíficos, respetuosos, sensibles y prosociales que los alumnos que no han seguido ningún entrenamiento especial. Estos hallazgos apoyan la idea de los beneficios individuales y colectivos de este tipo de destrezas que, por cierto, deben ejercitarse en todo tipo de alumnos, no sólo en los que muestran un comportamiento deficitario y, si es posible, desde la temprana infancia. El progresivo reconocimiento y afianzamiento de psicólogos y pedagogos en los centros educativos puede ser de gran ayuda para animar y mostrar a los educadores cómo desarrollar la inteligencia afectiva en el aula. A continuación propongo sumariamente algunas vías para enriquecer la estructura cognitivo-emocional en la escuela:
- El ejemplo de los educadores.- Los alumnos advierten lo que hacen y dicen los profesores, a quienes tienden a imitar. Un primer axioma ha de ser, por tanto, predicar con el ejemplo, pues es fácil que las conductas sean seguidas. Los niños aprenden a expresar su afectividad observando cómo lo hacen los adultos más cercanos y significativos. La competencia cognitivo-afectiva del profesor influye en el crecimiento intelectual y emocional de sus alumnos.
- La convivencia cordial.- El ambiente que se vive en el aula ha de constituir un medio óptimo para el desarrollo de la inteligencia afectiva. El clima social más apropiado es el que se fundamenta en la cordialidad (del latín, cor, cordis = corazón), es decir, en la comprensión, el respeto, la confianza, la comunicación, la sinceridad y la cooperación.
- Utilizar material que favorezca el desarrollo de la inteligencia afectiva.- Conviene aprovechar situaciones de la vida cotidiana, informaciones de actualidad, películas, etc. Hay que procurar que los alumnos tomen conciencia tanto del intorno (su propia cognición y afectividad) como del entorno. Las materias que integran los planes de estudio son adecuadas para trabajar la inteligencia emocional sin desligarla de los demás objetivos educativos.
- Potenciar el razonamiento.- La confrontación de opiniones en un ambiente de reflexión y libertad contribuye a la mejora del juicio moral. Hay que evitar, eso sí, caer en el relativismo ético y en el adoctrinamiento, de ahí que sea imprescindible la búsqueda de un marco axiológico universal y la tutela por parte del educador.
No es empresa fácil ofrecer recomendaciones válidas para todas las situaciones. Los profesores deben hallar sus propias vías para cultivar la inteligencia afectiva. En realidad, siempre se ha hecho, aunque a menudo de modo inconsciente y con resultados imprevistos cuando no claramente adversos. Es preferible, pues, adoptar una perspectiva rigurosa, lo que es tanto como establecer objetivos y acción sistemática. Se sabe que la inteligencia afectiva favorece el aprendizaje, la maduración y el bienestar personal, por lo que hay que desear que en los centros escolares se tome conciencia de la necesidad de promover esta capacidad de los educandos como senda que permita avanzar hacia la autorrealización y la convivencia.

 

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