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Las preocupaciones de un profesor

Nuevamente la educación ha merecido titulares en los periódicos, aunque los docentes lamentemos que se nos presente como pobres gentes aquejadas de enfermedades mentales y sometidas a las amenazas de escolares mafiosos. No creo que la situación, salvo casos excepcionales, resulte tan alarmante. De hecho el problema disciplinario es considerado el cuarto en importancia entre el profesorado, no el primero. Por delante están preocupaciones del tipo: cómo motivar al alumnado (falta de interés), qué hacer para implicar a los padres en la educación de sus hijos (escasa colaboración de las familias) y cómo atender a la diversidad (nuevas condiciones sociales.)
El reto de esta sociedad es dotar a la escuela del dinero y de los medios suficientes para atender al alumnado como se merece. No es suficiente haber conseguido la escolarización obligatoria hasta los 16 años, ahora hay que conseguir una educación de calidad. Para ello hace falta una mayor dotación presupuestaria, que permita aumentar las plantillas, dotar a los centros de medios, y, como no, retribuir mejor al personal. Lo que no hace falta para nada son asesores ministeriales inútiles, comisiones tragapresupuestos, inspecciones puramente burocráticas, charlatanería de despacho, ni promesas ministeriales o de las distintas consejerías incumplidas.
Quirón, personaje de Baltasar Gracián, decía que los que menos saben tratan de enseñar a los otros. Y en educación, todo el mundo cree poder enseñar a los profesores, no sólo la pedagogía más adecuada, sino también los contenidos, los procedimientos y las actitudes. En cuanto se detecta algún problema en la sociedad: eso hay que enseñarlo en la escuela; a desayunar todos los días, a dormir el tiempo necesario, a tener higiene, a seguir la dieta meditarránea, a respetar a los demás, a hacer deporte, a ir al teatro, al cine, a adquirir el hábito de la lectura, a escuchar música, a visitar los museos, a cantar, a bailar, a tocar la flauta, a ponerse o poner un preservativo, a hacer el amor, a no hacer la guerra, a saludar, a despedirse, a ver la televisión con moderación, a estudiar, a utilizar bien el tiempo libre, a respetar a los ancianos, a ser tolerantes, a hablar en público, a callar en privado....
Creo que ya va siendo hora de poner las cosas en su sitio. Desde siempre, los profesores no se han limitado a enseñar historia, literatura o matemáticas, sino que siempre han educado en valores. Pero lo que no puede hacer es sustituir el profesor a la madre, al padre, a los abuelos, y a toda la sociedad. Cada uno debe asumir su responsabilidad y dejar a los docentes un poco tranquilos. Lo único que necesitamos es dedicar nuestro tiempo a los alumnos y a sus trabajos, no a la infinidad de cabreantes papeles inútiles ni a las presiones de una sociedad que nos pide poco menos que votos de pobreza, castidad y obediencia. La enseñanza es una vocación, pero no un sacerdocio. Para eso está la Iglesia, dentro de la cual, por cierto, sí hay gran cantidad de hombres y de mujeres en cuya vida se unen vocación y dedicación total al alumnado.

César López Llera

 
   
 
   

La enseñanza de idiomas

Recientemente se ha celebrado el Día Europeo de las Lenguas en una jornada festiva desarrollada en las distintas capitales europeas con actos conmemorativos, apertura de centros al entorno, conferencias y mesas redondas. Se trata de una jornada que debería servirnos para reflexionar sobre la cuestión de los idiomas y su enseñanza, ya que, a pesar de los avances que se han producido en los últimos tiempos, las cifras revelan que el 54% de los españoles reconoce no hablar ningún idioma extranjero y sólo dominar la lengua materna.
Debemos de envidiar también la situación de países como Luxemburgo, Dinamarca, Suecia u Holanda, en donde la mayor parte de su población, además de la lengua propia, se desenvuelve perfectamente en uno o dos idiomas, preferentemente el inglés. Esto dice mucho no sólo de sus ciudadanos, sino también de sus gobernantes y responsables educativos que en su momento supieron ver que sin la destreza idiomática no se va a ninguna parte.
Al margen de celebraciones como la del Año Europeo de las Lenguas y de jornadas festivas, la UE debería influir en los estados miembros para que en sus planes de estudios se potenciasen de una vez por todas la enseñanza de lenguas y la educación bilingüe como ejes formativos fundamentales desde que el niño ingresa en la escuela. Los estudios demuestran que la educación precoz de un idioma es el factor fundamental para su dominio futuro.

Javier García Rodriguez
Madrid

 

 
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