Maestro pintor de una religiosidad amable y dulce que le situaron en las más altas cotas de aceptación popular durante siglos, Murillo es también
y, sobre todo, autor de unas de las imágenes más
bellas, cálidas y vitalistas que
sobre la infancia
ha realizado
la creación internacional. Sus niños son ahora los verdaderos emi-sarios de su Arte.

Celebración
de la infancia

Dos de las
obras
expuestas.

El Museo del Prado descubre en Niños de Murillo la
más cálida y brillante obra
del pintor sevillano

Madrid. JULIA FERNANDEZ
Dueño de una biografía totalmente ligada a su Sevilla natal -no hay constancia de que realizara ninguna salida de la ciudad- Murillo es un caso extraordinario de divulgación y aceptación internacional durante siglos, en una Europa en la que no existían exposiciones, fotografías ni publicaciones especializadas. Su arte, lleno de escenas sobre un cristianismo más ligado a la vida cotidiana y a sus emociones que a la tremendista visión ascética de generaciones anteriores, sintonizó con un pueblo que vivía la tensión de la atmósfera de la contrarreforma. A través de sus humanas y dulces expresiones de lo divino el pintor restituía a una sociedad el culto simbólico a la ternura, la compasión y la esperanza que siempre representó el mensaje original de Cristo.
Pero Murillo no sólo fue el dulce pintor de inmaculadas, niños Jesús o sanjuanitos, sino uno de los más grandes recreadores de la infancia de la plástica internacional. Niños de existencia dura y desarraigada en una Sevilla con hambruna del siglo XVII que a través de su mirada logran comunicarnos la parte vivaz, alegre, tierna y cómplice de esas maltrechas vidas.
Alejadas de la representación de lo sagrado, estas obras sobre la infancia sevillana no fueron tan valoradas en la España religiosa y sí en cambio en la Europa protestante que veía en ellas una moderna celebración de la vida popular. Sus grandes obras sobre este tema fueron adquiridas por coleccionistas europeos que las trasladaron fuera de nuestras fronteras.

Pícaros inocentes

Una selección de las más importantes de estas obras son las que ahora recopila y ofrece el Museo del Prado en su exposición "Niños de Murillo" a las que ha sumado algunas de sus pinturas religiosas sobre la niñez con las cuenta el Prado. Patrocinada por la Fundación Winterthur y comisariada por Javier Portús, la muestra es una continuación de las exhibiciones en Munich e Inglaterra sobre esta faceta de Murillo. Formada por un total de quince obras, de las que nueve proceden de la Alte Pinakothek de Múnich, de la Dulwich Picture Gallery de Londres y de la National Gallery of Scotland, su magistral propuesta temática y pictórica la conforman como uno de los grandes acontecimientos artísticos de este año.
Estos niños que ahora por vez primera se asoman a la vida española en una exposición pública sitúan a nuestro "limitado" pintor en un nuevo estadío expresivo, similar a los grandes artistas del arte profano y superior a cualquier apreciación sentimental o religiosa anterior. Sus porteadores y vendedores de fruta son la celebración alegre de la vida a pesar de su dureza, su injusticia y sus amarguras. Murillo los mira y ve reír en sus juegos y en los escasos descansos que las tareas de adultos que deben realizar dejan en su día. La espontaneidad de sus sonrisas es ahora la verdadera huella de lo humano.

 

arriba