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contemplan
como la ciencia y la tecnología se convierten en algo ajeno, alejado
de sus posibilidades de comprensión. Las personas se benefician,
y en ocasiones se ven afectadas de forma negativa, de unos avances científicos
y técnicos que a duras penas comprenden y mucho menos ponen en
cuestión. La especialización creciente, el lenguaje que
se utiliza y las características propias de la actividad investigadora
constituyen una dificultad añadida que complica aún más
el tan necesario puente entre los científicos (vistos como personas
que hacen ciencia) y la sociedad (como receptora, a corto o largo plazo
de esa ciencia). La ciencia se percibe hoy como un reducto donde se ocultan
unos privilegiados llamados científicos, que, con honrosas excepciones,
hacen muy poco para que otros fuera del círculo de especialistas
puedan acceder. Acercarse y acercar la ciencia requiere un esfuerzo. Algo
que ni el ciudadano ni el científico están dispuestos a
realizar. No sólo las personas involucradas en alguna rama de la
ciencia o las ingenierías deben acercarse a ella, incluso los humanistas
y aquellas personas relacionadas con las ciencias sociales deben poseer
los conocimientos científico básicos para desenvolverse
en el mundo actual. Debemos romper con la brecha que existe entre los
intelectuales literarios y los científicos, tal como lo describió
Carl P. Snow hace 42 años en su ensayo The Two Cultures and
the Scientific Revolution (1959) en el que escribió: "Los
literatos y los intelectuales en un polo, en el otro los científicos...
entre los dos un golfo de incomprensión mutua".
Basten otros
ejemplos para poder apreciar con mayor amplitud el problema de este analfabetismo.
A principios de 1999 se aplicó una encuesta en México Distrito
Federal (Barot y de la Peña, 2000) en la que se indagó tanto
acerca de los conocimientos científicos y la confianza de la gente
en la ciencia, como de sus creencias pseudocientíficas, religiosas
y ocultistas. Se entrevistaron a 664 personas entre 16 y 65 años
de edad en lugares públicos. Según las respuestas, en la
Ciudad de México, el 77% de la gente cree en la astrología,
un 24.5% cree en la existencia de vampiros, un 38% en la existencia de
brujas y "sólo" un 7% en la existencia del "chupacabras".
Otros resultados interesantes fueron: el 57.2% sabía que las plantas
de la Tierra evolucionaron, y el 53.9% sabía que la Tierra tarda
un año en dar la vuelta al Sol; sólo el 48% dijo que la
temperatura del cuerpo humano varía entre 36 y 37 grados Celsius;
el 43.2% cree que las fotografías de ovnis son auténticas
y no fotomontajes, y el 63.9% de los entrevistados cree que es posible
sentir los campos de energía de la Tierra. Para finalizar, la encuesta
reveló que el 77.3% cree que el Zodiaco tiene una relación
directa con las dificultades de la vida.
Pese a todo,
el interés por los temas científicos se mantiene. Las preguntas
que surgen son: ¿qué hacer para canalizar el interés por
la ciencia? ¿cómo reducir el analfabetismo científico que
nos invade cada vez más?
Divulgación
y cultura científica
"Tomates
modificados por ingeniería genética rompen récord
de producción"; "Japón toma la delantera en la
carrera de superconductores"; "Se envía sonda a Marte
equipada con tres espectrofotómetros para analizar su superficie";
"Científicos descifran el 99% del código genético
humano"; "Es descubierto el quasar más distante a la
tierra". Éstos son sólo algunos ejemplos de encabezados
de noticias relacionadas con la ciencia. La pregunta que surge es: ¿cualquier
persona comprende lo que se dice en ellas? Si se realiza una investigación
más a fondo, lo más probable es que arroje resultados más
cercanos a la negación de la pregunta planteada. No todas las personas
poseen el grado de alfabetismo científico que exige el comprender
esos enunciados, ya sea debido a una indiferencia total hacia los temas
científicos o a la falta de una cultura científica básica
que le permita comprenderlos. Pero ahora, ¿por qué es importante
ser letrado científico? Trataré de dar respuesta a esta
pregunta.
Tal vez la
primera respuesta a la pregunta planteada sería que el alfabetismo
científico es necesario porque lo exige nuestra cultura actual.
Imagino a una persona que no supiera leer durante el renacimiento, lo
más seguro es que dicho individuo quedara relegado de las discusiones
de la época. Este hecho tendría su reflejo en nuestra sociedad
actual cuando en alguna charla o discusión se trataran temas científicos
y el iletrado no participara en ellas. Por ejemplo, pensemos en el gran
número de personas que creen firmemente que el hombre y los dinosaurios
convivieron en la Tierra simultáneamente. Es muy común que
los hallazgos científicos juegan, casi siempre, un papel importante
en la determinación del clima intelectual de una época determinada
de la humanidad. La sociedad moderna requiere necesariamente del entendimiento
entre los dos mundos, casi siempre incomunicados, de la investigación
científica y el resto de la sociedad civil, ajena a esos temas,
pero no a sus consecuencias.
Otra respuesta
básica la constituye el aspecto cívico del alfabetismo científico.
Mucho se ha criticado a nuestros gobernantes por ciertas decisiones relacionadas
con la ciencia y tomadas en forma desatinada. Pero, ¿realmente somos capaces
de criticar dichas acciones sin una fundamentación científica
que nos respalde? En varios artículos a nivel mundial se ha criticado
esa falta de conocimiento de la ciencia básica por parte de los
gobernantes y dirigentes de varios países. ¿Son acertadas ciertas
decisiones realizadas por ellos? Nuestros futuros dirigentes deben poseer,
por exigencia, un conocimiento básico de los fenómenos científicos
que rigen a la naturaleza.
Fenómenos
naturales
Una
respuesta mas la constituye el simple hecho de comprender, de manera científica,
los fenómenos naturales que vivimos diariamente. Es preocupante
el avance de un gran número de pseudociencias que pretenden, sin
el menor rigor científico, tener respuesta a todo. Carl Sagan,
en su libro "El Mundo y sus demonios" (1997), se pregunta si
no nos estamos precipitando hacia una nueva edad oscura, hacia un tiempo
en el que, conviviendo con computadoras y satélites artificiales,
la superstición y la leyenda ganan terreno en las aulas, en los
medios de comunicación y en los gobiernos, en detrimento del pensamiento
escéptico, del juicio crítico que nos permitió abandonar
la edad de piedra y construir una civilización tecnológica.
El creacionismo, las ciencias ocultas, los ovnis o el integrismo no son
sino distintas manifestaciones de la irracionalidad humana frente al mundo
que nos rodea. La mayoría de los periódicos dedican una
sección diaria a la astrología y los horóscopos,
pero, ¿cuántos dedican una sección similar para la ciencia?
El autor achaca que hayamos llegado a esta situación a la pérdida
de interés por la ciencia. En una encuesta realizada en los Estados
Unidos por la National Science Foundation, el 50% de los adultos
desconocía que la Tierra girase alrededor del sol y que tardar
un año en hacerlo; el 21% puede definir el ADN; sólo el
9% puede definir lo que es una molécula; el 63% ignoraba que los
dinosaurios se extinguieron antes de la aparición del hombre, el
75% no sabía que los antibióticos sólo matan a las
bacterias y no a los virus y 25 millones de norteamericanos no pueden
localizar los Estados Unidos en un mapa del mundo. Existe una alta tasa
de analfabetismo científico, desgraciadamente en aumento, que desemboca
en actitudes irracionales al ser incapaces culturalmente de comprender
el mundo con un pensamiento coherente con nuestros conocimientos. Agreguemos
a esto la influencia de las religiones que, con su postura dogmática,
no ayudan precisamente a la aceptación de la ciencia entre los
ciudadanos. Bastan dos ejemplos para ilustrar este punto: en 1993, el
jeque Abdel-Aziz Ibn Baaz, máxima autoridad religiosa de Arabia
Saudita, promulgó que la Tierra es plana, y la reacción
de algunos rabinos ortodoxos cuando se estrenó la película
"Parque Jurásico" en Israel, puesto que el universo tiene
menos de seis mil años de antigüedad según sus creencias,
proclamar que los dinosaurios vivieron hace cien millones de años
era una gran infamia. Por cierto que esta doctrina la comparten igualmente
los creacionistas en los Estados Unidos, y que difunden en los colegios
anatemizando a Darwin y negando la evolución de las especies.
Pseudociencias
Lo
anterior también nos lo remarca Richard Feynman en su discurso
a la generación 1974 del Caltech (Feynman, 1999), titulado Cargo
Cult Science, en donde les hace ver a los graduandos sobre la importancia
de alejarse de las pseudociencias, que pretenden ser "científicas"
y que nos invaden en diversas áreas de la sociedad, y trabajar
bajo los métodos que realmente son científicos.
Por todo esto
es importante el aumentar el alfabetismo científico. Según
Eduardo Martínez (1997), la disminución del analfabetismo
científico debe contribuir a que el conocimiento científico
y tecnológico constituya una componente central de la cultura,
de la conciencia social y la inteligencia colectiva, y a la efectiva integración
cultural, étnica, lingüística, social y económica.
En el largo plazo, el aumento del conocimiento científico básico,
como toda actividad sociocultural necesariamente debe tener un impacto
en el desarrollo económico y social de las naciones, más
específicamente en:
-el desarrollo
sostenible de la nación y el bienestar y la calidad de vida de
la población.
-la conservación
del medio ambiente.
-el conocimiento
y fortalecimiento de la cultura nacional.
-la transmisión
de los más elevados valores éticos.
-una educación
objetiva, creativa, participativa, independiente, imparcial, plural y
laica.
-la conciencia
y práctica de la excelencia.
Alfabetismo
El
concepto de alfabetismo, más allá de ser estático,
ha cambiado a través del tiempo. Históricamente, el término
alfabetismo ha sido definido de muchas maneras. Dichos conceptos responden
a circunstancias políticas y económicas emergentes, valores
culturales cambiantes y nuevas posibilidades tecnológicas. Las
nociones sobre alfabetismo son conformadas por la historia y conforman
a la propia historia como retribución. Ellas cambian en cualquier
momento dado, en lo que se entiende ser la substancia del alfabetismo,
en lo que se supone ser alfabeta y con qué propósito. No
hay necesidad de decir que todas ellas están fuertemente ligadas.
A medida que
evolucionó el concepto de alfabetismo desde la visión de
las artes liberales, designó los estudios adecuados para aquellos
hombres con capacidad de pensar. Eventualmente, se codificaron en el trivium
(estudios en gramática, lógica y retórica) y el quadrivium
(aritmética, geometría, astronomía y música).
En la Edad Media, los escolásticos de la iglesia –quienes en especial
tenían que se ser letrados o alfabetas dada su responsabilidad
por preservar el conocimiento del pasado– añadieron al trivium
y al quadrivium el estudio del Latín, Árabe y Griego.
El que cambió radicalmente este aspecto fue Gutenberg. Ha medida
que maduró el Renacimiento, las artes liberales llegaron a ser
vistas como aquellos estudios que impartían una educación
liberal amplia, en contraste con una especializada o vocacional. El número
de personas que tenían razón para leer, podían entonces
hacerlo y tener acceso a grandes cantidades de material de lectura.
Durante el
siglo XIX, la revolución industrial y la democracia creciente aceleraron
la tendencia hacia la educación universal. En 1870, Inglaterra
fijó el patrón con el Acta de Educación de Foster,
garantizando una educación básica para todos. Diversos eventos
en el siglo XX tales como el sufragio de la mujer, movimientos de igualdad,
los rápidos cambios sociales y económicos dirigidos por
la tecnología y los efectos de las dos guerras mundiales, provocaron
avances en el alfabetismo en la mayoría de los países industrializados.
En un estudio
realizado por el Educational Testing Service (ETS) y reportado
en Rutherford y Graham (1995) se define alfabetismo como "el uso
de información impresa y escrita para funcionar en la sociedad,
alcanzar los objetivos personales y desarrollar el conocimiento y potencial
propios". En dicho estudio se consideran tres escalas de alfabetismo:
de prosa, de documentos y el cuantitativo. Sin embargo, para los propósitos
de la presente investigación utilizaremos una concepción
alterna de alfabetismo, aquella que para nuestros propósitos podrá
ser más útil y que caracteriza al alfabetismo en términos
del conocimiento mínimo y las habilidades que un individuo requiere
para ser considerado alfabeta en un dominio dado.
Mientras que
la definición de alfabetismo adulto en el reporte ETS habla de
"conocimiento que es requerido", el conocimiento que cuenta
es claramente el conocimiento de procesos más que el conocimiento
de contenido, el conocimiento sobre cómo hacer algo más
que el conocimiento de algo. La concepción funcionalista de alfabetismo
no predica algún conocimiento particular de las artes, las humanidades
o las ciencias. Por otro lado, en la tradición de las artes liberales,
la tendencia es hacer énfasis en la adquisición de la comprensión
y entendimiento y ciertas habilidades asociadas con sus diversos dominios.
Como veremos más adelante, varios de los enfoques al alfabetismo
científico reflejan elementos de ambas definiciones – la de las
artes liberales y la funcional.
Según
Bybee (1997), la medición del alfabetismo ha variado desde ser
capaz de escribir el propio nombre a ser altamente educado. En los Estados
Unidos, el alfabetismo ha sido definido por la habilidad para leer un
periódico, mientras que en 1940 el censo lo definió como
haber completado el cuarto grado de estudios primarios. Aunque las definiciones
han variado, ser alfabeta ha sido referido de manera consistente con alcanzar
una habilidad suficiente en los procesos requeridos para interpretar culturalmente
información significativa. Esta consistencia se ve reflejada en
el enfoque de Edward Hirsh denominado Alfabetismo Cultural. Él
describe a una persona alfabeta cultural como aquella que posee la información
básica requerida para prosperar en el mundo moderno.
Desarrollo
económico
Ciencia
y tecnología representan hoy todo lo que la sociedad espera, no
sólo para la solución específica de sus grandes problemas,
sino también como motores permanentes de su desarrollo económico.
Este último hecho manifestado en forma especial en el documento:
Science in the National Interest (1994) elaborado por la Oficina
Ejecutiva del Presidente de los Estados Unidos y con un prefacio tanto
del Presidente William Clinton y el Vicepresidente Al Gore.
Julio Muñoz,
Secretario General de la Asociación Española de Periodismo
Científico nos indica: "El conocido supuesto de que si el
desarrollo científico y tecnológico se detuviera la sociedad
regresaría a una época todavía más precaria
que la de las cavernas ya forma parte del sentir del ciudadano medio en
casi todos los países del mundo. Esto quiere decir que la ciencia
y la tecnología han alcanzado algo así como ese famoso "punto
de no retorno" de los lanzamientos espaciales, en cuanto al progreso
de la humanidad se refiere".
Al revisar
la literatura nos encontramos con acrónimos como PUS (Public
Understanding of Science) y SL (Scientific Literacy). El supuesto
implícito al utilizar palabras como "público"
y "alfabetismo" o "letrado" es que la ciencia y la
tecnología son buenas para todo el mundo, que todos los miembros
del público en la sociedad moderna deben ser letrados o alfabetas
en ciencia y tecnología. Nuestra visión del mundo es una
visión basada en la ciencia. Tal como nos lo indica Sjøberg
(1996): Nos gusta pensar que la ciencia ha empujado hacia un lado las
cortinas de la ignorancia, y ha reemplazado los mitos y creencias con
verdades verificables. Nos gusta pensar acerca de nuestra sociedad como
un lugar donde el conocimiento científico y el pensamiento racional
han reemplazado dogmas, supersticiones y prejuicios.
La sociedad
espera que sean la misma ciencia y la misma tecnología las que
desarrollen soluciones para los problemas que ellas mismas han creado
y siguen creando. Basta con citar las alteraciones de la capa de ozono,
las lluvias ácidas, las mareas negras, los vertederos tóxicos,
la deforestación, o incluso recordar los dramáticos nombres
de Chernobil, en Rusia, o de Bophal en la India, eventos que están
en la mente de todos nosotros (por lo menos eso es lo que suponemos).
De todo lo
anterior deberíamos esperar que el conocimiento científico
esté muy difundido entre los miembros de las sociedades actuales,
que la mayoría de las personas compartan el conocimiento sobre
el que se construye nuestra sociedad, y sobre el que nuestra visión
del mundo está fundamentada. Quisiéramos pensar que las
personas tienen actitudes científicas interiores, maneras de pensar,
estados mentales. También nos gustaría pensar que los nuevos
retos de la humanidad son enfrentados de una manera racional y crítica,
no con prejuicios, supersticiones y emociones injustificadas. Tristemente
estos supuestos no son una realidad. Entre los educadores y los científicos
no se requiere el reafirmar el valor y méritos educacionales de
la ciencia para todo el mundo, nuestro problema es, por supuesto, que
el "resto del mundo" no ve tan evidente ese valor con la misma
profundidad en que lo hacemos nosotros. De ahí que surja la problemática
de lo que se ha llamado analfabetismo científico.
Iniciemos la
descripción de este problema definiendo, en primera instancia,
lo que entendemos por ciencia. Holton (1993) nos la define de la siguiente
manera: la ciencia se relaciona con explicaciones generales, leyes y teorías,
objetivas, universales e independientes del tiempo, lugar o contexto.
El propósito de la ciencia es el "saber por qué"
de las cosas o "la búsqueda de la verdad". Otra definición
aceptada de manera muy popular es: ciencia es la acumulación sistemática,
organización y diseminación del conocimiento; mientras que
el diccionario Merriam-Webster on line (2001) nos la define como: un conocimiento
o un sistema de conocimiento que cubre verdades generales o la operación
de leyes generales que son obtenidas y probadas por medio del método
científico. Podríamos buscar y encontrar más definiciones
sobre ciencia, pero lo que es importante, tal como nos lo expresa Sjøberg
(1996) es que la ciencia es un elemento fundamental en nuestra cultura,
ella ha conformado nuestra visión del mundo, está fuertemente
conectada con nuestro pensamiento filosófico, y comprende ideales,
normas y maneras de pensar que están en el corazón de nuestra
cultura. La modernidad, la racionalidad y la iluminación son elementos
clave en nuestra sociedad, y éstos están conectados inherentemente
con el pensamiento científico. La ciencia es uno de los más
grandes productos culturales de la humanidad, y la noción de una
"persona educada" en nuestra sociedad moderna debe incluir un
encuentro con la ciencia como empresa humana.
Educación
científica
La
educación científica se proporciona a los alumnos desde
los grados preescolares (a un nivel básico) hasta la propia universidad
(a un nivel más avanzado). En casi todos los niveles educativos
podemos encontrar materias relacionadas directa o indirectamente con temas
científicos. Sin embargo ha proliferado una verdadera explosión
en el interés dedicado a explorar el entendimiento de la ciencia
entre el público general. Podemos encontrar un movimiento internacional
en este campo, con personas y organizaciones involucradas en la definición
y medición de conceptos sobre el analfabetismo científico
y en la identificación de las causas y buscando la mejor forma
de hacer frente al reto o de mejorar la situación actual.
Basta mencionar
algunos ejemplos para ilustrar lo anterior. En los Estados Unidos existe
el International Centre for the Advancement of Scientific Literacy
(Miller, 1993), en el Museo de Ciencias de Londres existe una oficina
dedicada al entendimiento público de la ciencia, e incluso existe
una publicación internacional con el mismo enfoque y nombre. En
los Estados Unidos, la National Science Foundation publica reportes
anuales sobre indicadores de ciencia y tecnología (NSF, 2000).
La Comisión Europea (1993) ha publicado datos que comparan el entendimiento
público de la ciencia en países Europeos. Existe también
el International Council for the Comparative Study of the Public Understanding
of Science and Technology, así como conferencias internacionales
dedicadas al entendimiento público de la ciencia (1994 en Londres,
1995 en Beijing y 1997 en Chicago).
Todas las anteriores
organizaciones y reportes nos dan idea de la preocupación existente
y sus resultados se ven reflejados en una serie de iniciativas y programas
que tratan de dar una solución al problema. Tal es el caso del
llamado Project 2061 de la American Association for the Advancement
of Science (AAAS, 1989)* en el que un panel de científicos,
matemáticos y tecnólogos identifican qué es lo más
importante que la nueva generación debe conocer y ser capaz de
hacer en ciencia, matemáticas y tecnología, que los convertirá
en alfabetas científicos. Las recomendaciones de este panel se
integraron en la publicación Science for All Americans que
define el alfabetismo científico y fija algunos principios para
el aprendizaje y enseñanza efectivos. En el año de 1993
se agregó al reporte la sección Benchmarks for Science
Literacy en la que se presentan elementos de comparación para
determinar que requieren estudiar los alumnos en la escuela para convertirse
en alfabetas científicos.
Otro programa
a gran escala en los Estados Unidos está organizado conjuntamente
por la National Academy of Science y el National Research Council.
Después de involucrar a miles de científicos, profesores
y educadores, publicaron un importante reporte en 1996 titulado National
Science Education Standards (NRC, 1996) en el que el primer párrafo
es:
"Esta
nación ha establecido como un objetivo el que todos los estudiantes
alcancen el alfabetismo científico. Estos estándares nacionales
de educación están diseñados para permitir que la
nación alcance dicho objetivo".
Vale la pena
comentar que ambos proyectos tienen similitudes en cuanto a que ofrecen
recomendaciones para mejorar el alfabetismo científico de todos
los estudiantes; reconocen que es necesaria una educación básica
en ciencia, matemáticas, y tecnología si deseamos que todos
los estudiantes tengan una vida interesante y productiva en un mundo tecnológicamente
complejo y cambiante, y sugieren estándares que describen el contenido,
habilidades, enfoques de enseñanza, y herramientas de evaluación
que proveen a todos los estudiantes con oportunidades para alcanzar el
alfabetismo científico (Sousa, 1996)
Como un último
ejemplo de otra iniciativa, la UNESCO lanzó un ambicioso proyecto
titulado Project 2000+: Scientific and Technological Literacy for All.
Aunque no ha tenido la misma repercusión de otros proyectos similares,
nos brinda una idea más de la preocupación subyacente al
problema del analfabetismo científico en todo el mundo.
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