Nos hallamos inmersos en una época de cambios continuos y también de contradicciones. Pese al progreso logrado, en esta sociedad autodenominada tecnológica y de la información, persisten actitudes irracionales (pseudociencia), y la incultura científica, al contrario que el analfabetismo normal, no ha sido desterrada. El progreso científico y tecnológico es tan vertiginoso que, a veces incluso para el propio especialista, no queda tiempo para su correcta asimilación. El adaptarse o acomodarse al cambio es, como señala Carl Sagan (1997), clave para la supervivencia de nuestra civilización. En el presente artículo,
que se publica en dos entregas, su autor analiza esta nueva realidad y sus exigencias.

El alfabetismo científico
y la educación (I)

Ignacio Cabral Perdomo
Ingeniero, División de Profesional, Campus Central
de Veracruz ITESM, México

 
A  mayoría  de   los  ciudadanos

contemplan como la ciencia y la tecnología se convierten en algo ajeno, alejado de sus posibilidades de comprensión. Las personas se benefician, y en ocasiones se ven afectadas de forma negativa, de unos avances científicos y técnicos que a duras penas comprenden y mucho menos ponen en cuestión. La especialización creciente, el lenguaje que se utiliza y las características propias de la actividad investigadora constituyen una dificultad añadida que complica aún más el tan necesario puente entre los científicos (vistos como personas que hacen ciencia) y la sociedad (como receptora, a corto o largo plazo de esa ciencia). La ciencia se percibe hoy como un reducto donde se ocultan unos privilegiados llamados científicos, que, con honrosas excepciones, hacen muy poco para que otros fuera del círculo de especialistas puedan acceder. Acercarse y acercar la ciencia requiere un esfuerzo. Algo que ni el ciudadano ni el científico están dispuestos a realizar. No sólo las personas involucradas en alguna rama de la ciencia o las ingenierías deben acercarse a ella, incluso los humanistas y aquellas personas relacionadas con las ciencias sociales deben poseer los conocimientos científico básicos para desenvolverse en el mundo actual. Debemos romper con la brecha que existe entre los intelectuales literarios y los científicos, tal como lo describió Carl P. Snow hace 42 años en su ensayo The Two Cultures and the Scientific Revolution (1959) en el que escribió: "Los literatos y los intelectuales en un polo, en el otro los científicos... entre los dos un golfo de incomprensión mutua".
Basten otros ejemplos para poder apreciar con mayor amplitud el problema de este analfabetismo. A principios de 1999 se aplicó una encuesta en México Distrito Federal (Barot y de la Peña, 2000) en la que se indagó tanto acerca de los conocimientos científicos y la confianza de la gente en la ciencia, como de sus creencias pseudocientíficas, religiosas y ocultistas. Se entrevistaron a 664 personas entre 16 y 65 años de edad en lugares públicos. Según las respuestas, en la Ciudad de México, el 77% de la gente cree en la astrología, un 24.5% cree en la existencia de vampiros, un 38% en la existencia de brujas y "sólo" un 7% en la existencia del "chupacabras". Otros resultados interesantes fueron: el 57.2% sabía que las plantas de la Tierra evolucionaron, y el 53.9% sabía que la Tierra tarda un año en dar la vuelta al Sol; sólo el 48% dijo que la temperatura del cuerpo humano varía entre 36 y 37 grados Celsius; el 43.2% cree que las fotografías de ovnis son auténticas y no fotomontajes, y el 63.9% de los entrevistados cree que es posible sentir los campos de energía de la Tierra. Para finalizar, la encuesta reveló que el 77.3% cree que el Zodiaco tiene una relación directa con las dificultades de la vida.
Pese a todo, el interés por los temas científicos se mantiene. Las preguntas que surgen son: ¿qué hacer para canalizar el interés por la ciencia? ¿cómo reducir el analfabetismo científico que nos invade cada vez más?

Divulgación y cultura científica

"Tomates modificados por ingeniería genética rompen récord de producción"; "Japón toma la delantera en la carrera de superconductores"; "Se envía sonda a Marte equipada con tres espectrofotómetros para analizar su superficie"; "Científicos descifran el 99% del código genético humano"; "Es descubierto el quasar más distante a la tierra". Éstos son sólo algunos ejemplos de encabezados de noticias relacionadas con la ciencia. La pregunta que surge es: ¿cualquier persona comprende lo que se dice en ellas? Si se realiza una investigación más a fondo, lo más probable es que arroje resultados más cercanos a la negación de la pregunta planteada. No todas las personas poseen el grado de alfabetismo científico que exige el comprender esos enunciados, ya sea debido a una indiferencia total hacia los temas científicos o a la falta de una cultura científica básica que le permita comprenderlos. Pero ahora, ¿por qué es importante ser letrado científico? Trataré de dar respuesta a esta pregunta.
Tal vez la primera respuesta a la pregunta planteada sería que el alfabetismo científico es necesario porque lo exige nuestra cultura actual. Imagino a una persona que no supiera leer durante el renacimiento, lo más seguro es que dicho individuo quedara relegado de las discusiones de la época. Este hecho tendría su reflejo en nuestra sociedad actual cuando en alguna charla o discusión se trataran temas científicos y el iletrado no participara en ellas. Por ejemplo, pensemos en el gran número de personas que creen firmemente que el hombre y los dinosaurios convivieron en la Tierra simultáneamente. Es muy común que los hallazgos científicos juegan, casi siempre, un papel importante en la determinación del clima intelectual de una época determinada de la humanidad. La sociedad moderna requiere necesariamente del entendimiento entre los dos mundos, casi siempre incomunicados, de la investigación científica y el resto de la sociedad civil, ajena a esos temas, pero no a sus consecuencias.
Otra respuesta básica la constituye el aspecto cívico del alfabetismo científico. Mucho se ha criticado a nuestros gobernantes por ciertas decisiones relacionadas con la ciencia y tomadas en forma desatinada. Pero, ¿realmente somos capaces de criticar dichas acciones sin una fundamentación científica que nos respalde? En varios artículos a nivel mundial se ha criticado esa falta de conocimiento de la ciencia básica por parte de los gobernantes y dirigentes de varios países. ¿Son acertadas ciertas decisiones realizadas por ellos? Nuestros futuros dirigentes deben poseer, por exigencia, un conocimiento básico de los fenómenos científicos que rigen a la naturaleza.

Fenómenos naturales

Una respuesta mas la constituye el simple hecho de comprender, de manera científica, los fenómenos naturales que vivimos diariamente. Es preocupante el avance de un gran número de pseudociencias que pretenden, sin el menor rigor científico, tener respuesta a todo. Carl Sagan, en su libro "El Mundo y sus demonios" (1997), se pregunta si no nos estamos precipitando hacia una nueva edad oscura, hacia un tiempo en el que, conviviendo con computadoras y satélites artificiales, la superstición y la leyenda ganan terreno en las aulas, en los medios de comunicación y en los gobiernos, en detrimento del pensamiento escéptico, del juicio crítico que nos permitió abandonar la edad de piedra y construir una civilización tecnológica. El creacionismo, las ciencias ocultas, los ovnis o el integrismo no son sino distintas manifestaciones de la irracionalidad humana frente al mundo que nos rodea. La mayoría de los periódicos dedican una sección diaria a la astrología y los horóscopos, pero, ¿cuántos dedican una sección similar para la ciencia? El autor achaca que hayamos llegado a esta situación a la pérdida de interés por la ciencia. En una encuesta realizada en los Estados Unidos por la National Science Foundation, el 50% de los adultos desconocía que la Tierra girase alrededor del sol y que tardar un año en hacerlo; el 21% puede definir el ADN; sólo el 9% puede definir lo que es una molécula; el 63% ignoraba que los dinosaurios se extinguieron antes de la aparición del hombre, el 75% no sabía que los antibióticos sólo matan a las bacterias y no a los virus y 25 millones de norteamericanos no pueden localizar los Estados Unidos en un mapa del mundo. Existe una alta tasa de analfabetismo científico, desgraciadamente en aumento, que desemboca en actitudes irracionales al ser incapaces culturalmente de comprender el mundo con un pensamiento coherente con nuestros conocimientos. Agreguemos a esto la influencia de las religiones que, con su postura dogmática, no ayudan precisamente a la aceptación de la ciencia entre los ciudadanos. Bastan dos ejemplos para ilustrar este punto: en 1993, el jeque Abdel-Aziz Ibn Baaz, máxima autoridad religiosa de Arabia Saudita, promulgó que la Tierra es plana, y la reacción de algunos rabinos ortodoxos cuando se estrenó la película "Parque Jurásico" en Israel, puesto que el universo tiene menos de seis mil años de antigüedad según sus creencias, proclamar que los dinosaurios vivieron hace cien millones de años era una gran infamia. Por cierto que esta doctrina la comparten igualmente los creacionistas en los Estados Unidos, y que difunden en los colegios anatemizando a Darwin y negando la evolución de las especies.

Pseudociencias

Lo anterior también nos lo remarca Richard Feynman en su discurso a la generación 1974 del Caltech (Feynman, 1999), titulado Cargo Cult Science, en donde les hace ver a los graduandos sobre la importancia de alejarse de las pseudociencias, que pretenden ser "científicas" y que nos invaden en diversas áreas de la sociedad, y trabajar bajo los métodos que realmente son científicos.
Por todo esto es importante el aumentar el alfabetismo científico. Según Eduardo Martínez (1997), la disminución del analfabetismo científico debe contribuir a que el conocimiento científico y tecnológico constituya una componente central de la cultura, de la conciencia social y la inteligencia colectiva, y a la efectiva integración cultural, étnica, lingüística, social y económica. En el largo plazo, el aumento del conocimiento científico básico, como toda actividad sociocultural necesariamente debe tener un impacto en el desarrollo económico y social de las naciones, más específicamente en:
-el desarrollo sostenible de la nación y el bienestar y la calidad de vida de la población.
-la conservación del medio ambiente.
-el conocimiento y fortalecimiento de la cultura nacional.
-la transmisión de los más elevados valores éticos.
-una educación objetiva, creativa, participativa, independiente, imparcial, plural y laica.
-la conciencia y práctica de la excelencia.

Alfabetismo

El concepto de alfabetismo, más allá de ser estático, ha cambiado a través del tiempo. Históricamente, el término alfabetismo ha sido definido de muchas maneras. Dichos conceptos responden a circunstancias políticas y económicas emergentes, valores culturales cambiantes y nuevas posibilidades tecnológicas. Las nociones sobre alfabetismo son conformadas por la historia y conforman a la propia historia como retribución. Ellas cambian en cualquier momento dado, en lo que se entiende ser la substancia del alfabetismo, en lo que se supone ser alfabeta y con qué propósito. No hay necesidad de decir que todas ellas están fuertemente ligadas.
A medida que evolucionó el concepto de alfabetismo desde la visión de las artes liberales, designó los estudios adecuados para aquellos hombres con capacidad de pensar. Eventualmente, se codificaron en el trivium (estudios en gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). En la Edad Media, los escolásticos de la iglesia –quienes en especial tenían que se ser letrados o alfabetas dada su responsabilidad por preservar el conocimiento del pasado– añadieron al trivium y al quadrivium el estudio del Latín, Árabe y Griego. El que cambió radicalmente este aspecto fue Gutenberg. Ha medida que maduró el Renacimiento, las artes liberales llegaron a ser vistas como aquellos estudios que impartían una educación liberal amplia, en contraste con una especializada o vocacional. El número de personas que tenían razón para leer, podían entonces hacerlo y tener acceso a grandes cantidades de material de lectura.
Durante el siglo XIX, la revolución industrial y la democracia creciente aceleraron la tendencia hacia la educación universal. En 1870, Inglaterra fijó el patrón con el Acta de Educación de Foster, garantizando una educación básica para todos. Diversos eventos en el siglo XX tales como el sufragio de la mujer, movimientos de igualdad, los rápidos cambios sociales y económicos dirigidos por la tecnología y los efectos de las dos guerras mundiales, provocaron avances en el alfabetismo en la mayoría de los países industrializados.
En un estudio realizado por el Educational Testing Service (ETS) y reportado en Rutherford y Graham (1995) se define alfabetismo como "el uso de información impresa y escrita para funcionar en la sociedad, alcanzar los objetivos personales y desarrollar el conocimiento y potencial propios". En dicho estudio se consideran tres escalas de alfabetismo: de prosa, de documentos y el cuantitativo. Sin embargo, para los propósitos de la presente investigación utilizaremos una concepción alterna de alfabetismo, aquella que para nuestros propósitos podrá ser más útil y que caracteriza al alfabetismo en términos del conocimiento mínimo y las habilidades que un individuo requiere para ser considerado alfabeta en un dominio dado.
Mientras que la definición de alfabetismo adulto en el reporte ETS habla de "conocimiento que es requerido", el conocimiento que cuenta es claramente el conocimiento de procesos más que el conocimiento de contenido, el conocimiento sobre cómo hacer algo más que el conocimiento de algo. La concepción funcionalista de alfabetismo no predica algún conocimiento particular de las artes, las humanidades o las ciencias. Por otro lado, en la tradición de las artes liberales, la tendencia es hacer énfasis en la adquisición de la comprensión y entendimiento y ciertas habilidades asociadas con sus diversos dominios. Como veremos más adelante, varios de los enfoques al alfabetismo científico reflejan elementos de ambas definiciones – la de las artes liberales y la funcional.
Según Bybee (1997), la medición del alfabetismo ha variado desde ser capaz de escribir el propio nombre a ser altamente educado. En los Estados Unidos, el alfabetismo ha sido definido por la habilidad para leer un periódico, mientras que en 1940 el censo lo definió como haber completado el cuarto grado de estudios primarios. Aunque las definiciones han variado, ser alfabeta ha sido referido de manera consistente con alcanzar una habilidad suficiente en los procesos requeridos para interpretar culturalmente información significativa. Esta consistencia se ve reflejada en el enfoque de Edward Hirsh denominado Alfabetismo Cultural. Él describe a una persona alfabeta cultural como aquella que posee la información básica requerida para prosperar en el mundo moderno.

Desarrollo económico

Ciencia y tecnología representan hoy todo lo que la sociedad espera, no sólo para la solución específica de sus grandes problemas, sino también como motores permanentes de su desarrollo económico. Este último hecho manifestado en forma especial en el documento: Science in the National Interest (1994) elaborado por la Oficina Ejecutiva del Presidente de los Estados Unidos y con un prefacio tanto del Presidente William Clinton y el Vicepresidente Al Gore.
Julio Muñoz, Secretario General de la Asociación Española de Periodismo Científico nos indica: "El conocido supuesto de que si el desarrollo científico y tecnológico se detuviera la sociedad regresaría a una época todavía más precaria que la de las cavernas ya forma parte del sentir del ciudadano medio en casi todos los países del mundo. Esto quiere decir que la ciencia y la tecnología han alcanzado algo así como ese famoso "punto de no retorno" de los lanzamientos espaciales, en cuanto al progreso de la humanidad se refiere".
Al revisar la literatura nos encontramos con acrónimos como PUS (Public Understanding of Science) y SL (Scientific Literacy). El supuesto implícito al utilizar palabras como "público" y "alfabetismo" o "letrado" es que la ciencia y la tecnología son buenas para todo el mundo, que todos los miembros del público en la sociedad moderna deben ser letrados o alfabetas en ciencia y tecnología. Nuestra visión del mundo es una visión basada en la ciencia. Tal como nos lo indica Sjøberg (1996): Nos gusta pensar que la ciencia ha empujado hacia un lado las cortinas de la ignorancia, y ha reemplazado los mitos y creencias con verdades verificables. Nos gusta pensar acerca de nuestra sociedad como un lugar donde el conocimiento científico y el pensamiento racional han reemplazado dogmas, supersticiones y prejuicios.
La sociedad espera que sean la misma ciencia y la misma tecnología las que desarrollen soluciones para los problemas que ellas mismas han creado y siguen creando. Basta con citar las alteraciones de la capa de ozono, las lluvias ácidas, las mareas negras, los vertederos tóxicos, la deforestación, o incluso recordar los dramáticos nombres de Chernobil, en Rusia, o de Bophal en la India, eventos que están en la mente de todos nosotros (por lo menos eso es lo que suponemos).
De todo lo anterior deberíamos esperar que el conocimiento científico esté muy difundido entre los miembros de las sociedades actuales, que la mayoría de las personas compartan el conocimiento sobre el que se construye nuestra sociedad, y sobre el que nuestra visión del mundo está fundamentada. Quisiéramos pensar que las personas tienen actitudes científicas interiores, maneras de pensar, estados mentales. También nos gustaría pensar que los nuevos retos de la humanidad son enfrentados de una manera racional y crítica, no con prejuicios, supersticiones y emociones injustificadas. Tristemente estos supuestos no son una realidad. Entre los educadores y los científicos no se requiere el reafirmar el valor y méritos educacionales de la ciencia para todo el mundo, nuestro problema es, por supuesto, que el "resto del mundo" no ve tan evidente ese valor con la misma profundidad en que lo hacemos nosotros. De ahí que surja la problemática de lo que se ha llamado analfabetismo científico.
Iniciemos la descripción de este problema definiendo, en primera instancia, lo que entendemos por ciencia. Holton (1993) nos la define de la siguiente manera: la ciencia se relaciona con explicaciones generales, leyes y teorías, objetivas, universales e independientes del tiempo, lugar o contexto. El propósito de la ciencia es el "saber por qué" de las cosas o "la búsqueda de la verdad". Otra definición aceptada de manera muy popular es: ciencia es la acumulación sistemática, organización y diseminación del conocimiento; mientras que el diccionario Merriam-Webster on line (2001) nos la define como: un conocimiento o un sistema de conocimiento que cubre verdades generales o la operación de leyes generales que son obtenidas y probadas por medio del método científico. Podríamos buscar y encontrar más definiciones sobre ciencia, pero lo que es importante, tal como nos lo expresa Sjøberg (1996) es que la ciencia es un elemento fundamental en nuestra cultura, ella ha conformado nuestra visión del mundo, está fuertemente conectada con nuestro pensamiento filosófico, y comprende ideales, normas y maneras de pensar que están en el corazón de nuestra cultura. La modernidad, la racionalidad y la iluminación son elementos clave en nuestra sociedad, y éstos están conectados inherentemente con el pensamiento científico. La ciencia es uno de los más grandes productos culturales de la humanidad, y la noción de una "persona educada" en nuestra sociedad moderna debe incluir un encuentro con la ciencia como empresa humana.

Educación científica

La educación científica se proporciona a los alumnos desde los grados preescolares (a un nivel básico) hasta la propia universidad (a un nivel más avanzado). En casi todos los niveles educativos podemos encontrar materias relacionadas directa o indirectamente con temas científicos. Sin embargo ha proliferado una verdadera explosión en el interés dedicado a explorar el entendimiento de la ciencia entre el público general. Podemos encontrar un movimiento internacional en este campo, con personas y organizaciones involucradas en la definición y medición de conceptos sobre el analfabetismo científico y en la identificación de las causas y buscando la mejor forma de hacer frente al reto o de mejorar la situación actual.
Basta mencionar algunos ejemplos para ilustrar lo anterior. En los Estados Unidos existe el International Centre for the Advancement of Scientific Literacy (Miller, 1993), en el Museo de Ciencias de Londres existe una oficina dedicada al entendimiento público de la ciencia, e incluso existe una publicación internacional con el mismo enfoque y nombre. En los Estados Unidos, la National Science Foundation publica reportes anuales sobre indicadores de ciencia y tecnología (NSF, 2000). La Comisión Europea (1993) ha publicado datos que comparan el entendimiento público de la ciencia en países Europeos. Existe también el International Council for the Comparative Study of the Public Understanding of Science and Technology, así como conferencias internacionales dedicadas al entendimiento público de la ciencia (1994 en Londres, 1995 en Beijing y 1997 en Chicago).
Todas las anteriores organizaciones y reportes nos dan idea de la preocupación existente y sus resultados se ven reflejados en una serie de iniciativas y programas que tratan de dar una solución al problema. Tal es el caso del llamado Project 2061 de la American Association for the Advancement of Science (AAAS, 1989)* en el que un panel de científicos, matemáticos y tecnólogos identifican qué es lo más importante que la nueva generación debe conocer y ser capaz de hacer en ciencia, matemáticas y tecnología, que los convertirá en alfabetas científicos. Las recomendaciones de este panel se integraron en la publicación Science for All Americans que define el alfabetismo científico y fija algunos principios para el aprendizaje y enseñanza efectivos. En el año de 1993 se agregó al reporte la sección Benchmarks for Science Literacy en la que se presentan elementos de comparación para determinar que requieren estudiar los alumnos en la escuela para convertirse en alfabetas científicos.
Otro programa a gran escala en los Estados Unidos está organizado conjuntamente por la National Academy of Science y el National Research Council. Después de involucrar a miles de científicos, profesores y educadores, publicaron un importante reporte en 1996 titulado National Science Education Standards (NRC, 1996) en el que el primer párrafo es:
"Esta nación ha establecido como un objetivo el que todos los estudiantes alcancen el alfabetismo científico. Estos estándares nacionales de educación están diseñados para permitir que la nación alcance dicho objetivo".
Vale la pena comentar que ambos proyectos tienen similitudes en cuanto a que ofrecen recomendaciones para mejorar el alfabetismo científico de todos los estudiantes; reconocen que es necesaria una educación básica en ciencia, matemáticas, y tecnología si deseamos que todos los estudiantes tengan una vida interesante y productiva en un mundo tecnológicamente complejo y cambiante, y sugieren estándares que describen el contenido, habilidades, enfoques de enseñanza, y herramientas de evaluación que proveen a todos los estudiantes con oportunidades para alcanzar el alfabetismo científico (Sousa, 1996)
Como un último ejemplo de otra iniciativa, la UNESCO lanzó un ambicioso proyecto titulado Project 2000+: Scientific and Technological Literacy for All. Aunque no ha tenido la misma repercusión de otros proyectos similares, nos brinda una idea más de la preocupación subyacente al problema del analfabetismo científico en todo el mundo.

 

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