|
|
Hace
275 años, un grupo de estudiosos e investigadores fundaron la Real Academia
de la Historia, iniciando una revolución en los cimientos del conocer histórico.
Su búsqueda
de la verdad les llevó a recoger pruebas documentales que certificaran el
pasado.
Una selección de estos tesoros documentales es presentada ahora a la sociedad
española.
|
|
|
|
Madrid.
JULIA FERNANDEZ
Nacida para desterrar las "ficciones de las fábulas"
y ajustar los "sucesos a la más exacta cronología",
situándolos en los auténticos marcos geográficos,
la Real Academia de la Historia fue el producto del espíritu enciclopedista
de algunos investigadores y humanistas que conocían las carencias
del saber anquilosado de la universidad del siglo XVIII. Su concepción
de la historia como una materia sujeta a análisis, demostración
y comparación -a través de documentos sometidos a una rigurosa
depuración- revolucionaba una larga vivencia de la Historia como
mera leyenda narrativa. Su afán por hacer científico el
saber del pasado fue secundado por la monarquía de Felipe V que
le facilitó el lugar para sus reuniones, la Biblioteca Real, y
el reconocimiento estatal de la labor de la institución. La Real
Academia de la Historia comenzaba su propia historia.
Su labor de
certificación de acontecimientos pasados promovió una tarea
de acumulación de pruebas: restos arqueológicos, monedas,
medallas, pinturas, esculturas, códices, manuscritos, planos y
mapas. Las huellas de los acontecimientos históricos descubiertos
en excavaciones, legados por particulares o adquiridos por la Academia
fueron reunidas poco a poco en un Gabinete de Antigüedades que constituía
el germen, más de un siglo antes, de los actuales Museos Arqueológicos
españoles.
Presentación
a la sociedad
Esta
labor callada y desconocida de la real Academia de la Historia es la que
reivindica y pone de manifiesto la muestra que estos días acoge
la que fuera su primera residencia, el Palacio Real de Madrid. Organizada
en colaboración con Patrimonio Nacional y patrocinada por Repsol-YPF,
la exposición reúne un conjunto de 310 piezas que reflejan,
en sus obras más señeras, los fondos del Gabinete de Antigüedades
y de su labor recopiladora e investigadora a través de su existencia.
A través
de once secciones, la muestra nos adentra en una singular sucesión
de acontecimientos simbolizados por objetos que condensan en sí
toda la complejidad de una atmósfera, situación o personaje
histórico. Así ocurre cuando nos encontramos con el Disco
de Teodosio, la más espléndida joya de la argentería
tardorromana...o con el Códice Emilianense, en el que se documenta
las primeras palabras escritas en castellano, además de algunas
en vasco; con el velo del último Califa de Córdoba, Hixem
II; el Altar-Relicario del Monasterio de Piedra; el estuche de oro con
inscripción fenicia mágica de Moraleda de Zafayona; el dishekel
con el retrato de Asdrúbal y elefante o los relieves asirios del
Palacio de Senaquerib en Nínive, entre otras muchísimas
joyas desconocidas para el visitante ya que son por primera vez mostradas
al público.
Su exhibición
estos días es el acto de un futuro Museo permanente en el que todas
las pruebas documentales de la Real Academia de la Historia tengan su
lugar y vuelvan a mostrar su verdad y belleza.
|
|
 |