¿Educar o domesticar?

(…) Actualmente vivimos, según Sloterdijk, tiempos posliterarios, es decir, poshumanistas: los libros van siendo sustituidos por los espectáculos audiovisuales, cuyas gratificaciones sensuales –llenas de estruendo y furia- se aproximan más a los contentos del Coliseo que a los del gabinete del bibliófilo. ¿En qué basaremos entonces las normas del urbanizado parque humano? ¿Cómo las transmitiremos y legitimaremos? ¿Habrá que aprender a criar hombres mansos de otro modo, quizá por medios biogenéticos, que configuren ab ovo los rasgos del nuevo arquetipo de humanidad?
En el fondo, la tarea educativa –que Sloterdijk estudia en su teorización inicial por Platón y en el desencanto póstumo heideggeriano- siempre ha pretendido reproducir generacionalmente las pautas reguladoras del autosostenimiento humano. Tal es el proyecto que el siglo XX vio entrar en una crisis que nuestra cultura actual basada en los videojuegos e Internet no ha hecho sino agravar. La cuestión quizá no consiste en cómo salvar contra viento y marea el modelo humanista tradicional sino más bien cómo reinventar lo humano –es decir, una sociabilidad amistosa que repudie mayoritariamente la tentación feroz de la violencia intraespecífica. A partir de un nuevo planteamiento persuasivo, de otra forma de doma de alta escuela. (…)
Cuando en España se habla de revisar el plan de humanidades en el bachillerato, la cuestión se centra en el temario que debe impartirse en tal o cual asignatura y en evitar que los libros de historia que van a servir como texto escolar contengan tergiversaciones de bulto o incitaciones abiertas a la discordia civil, lo cual incontrovertiblemente ocurre con algunos utilizados en las autonomías de nuestro país. Se sigue aspirando así, al modo clásico, a una "telecomunicación fundadora de amistad basada en el lenguaje escrito". Nada que objetar a este bienintencionado proyecto, todo lo contrario. Pero el factor más importante de la educación sigue intacto pese a tales modificaciones; y tampoco se remediarían nuestras deficiencias multiplicando en las aulas los elementos de apoyo audiovisuales o conectando a Internet a todos los bachilleres desde su tierna infancia. Porque el elemento no solo humanista sino humanizador por excelencia de la transmisión cultural no es el texto, ni la imagen, ni el sonido sino la palabra viva, es decir, el verbo encarnado, hecho hombre (y más frecuentemente, hecho mujer). No los libros, por buenos que sean, no las películas ni la telepatía mecánica (otra cosa no es la famosa "red"), sino el semejante que se ofrece cuerpo a cuerpo a la devoradora curiosidad juvenil en busca de un alma; ésa es la educación humanista, la que desentraña críticamente en cada mediación escolar (libro, filmación, herramienta comunicativa) lo bueno que hay en lo malo y lo malo que se oculta en lo más excelso. Porque el humanismo no se lee ni se aprende de memoria, sino que se contagia. Y mal pueden contagiar la enfermedad divina quienes no la padecen. Ahí está el verdadero problema.
En el parque humano ("tocan a cierre en los parques de Occidente" citaba Cioran al comienzo de uno de sus últimos libros…) restalla el látigo, pero no es el maestro quien lo empuña. A diferencia del arrogante y atrevido domador, el maestro sabe que debe dejarse devorar para que las fieras inocentes se conviertan en ciudadanos conscientes. Muchos están dispuestos a este sacrificio sobre el que reposa el autosostenimiento de la civilización pero probablemente no son bastantes. Se sienten solos, desconcertados por un dogmatismo imbécil que celebra el pintoresquismo de lo irreductible y desdeña la racionalidad común. ¿O acaso no hay una racionalidad común? Sea como fuere, los libros ni tienen la culpa ni son la solución.

Fernando Savater
EL PAÍS. 5 de abril de 2001.

La violencia escolar

Desde hace un par de meses en Mermelada & Benji estamos muy ocupados con el tema de la violencia en los centros educativos. Profesores del País Vasco, el Consejo Escolar de Andalucía, el Seminario Gallego de Educación para la Paz y la estupenda revista Cuadernos de Pedagogía, nos han pedido que estudiáramos el asunto. ¿Qué está ocurriendo? ¿A qué viene esta preocupación tan intensa?
Al parecer, el problema preocupa más a los docentes que a los padres. Detectan un aumento de la agresividad, una degradación de la convivencia y un deterioro de la disciplina. En cambio, según una reciente encuesta llevada a cabo por Víctor Pérez Díaz y sus colaboradores, a los padres no les inquieta este tema. Pero los datos son contradictorios, porque los padres se quejan insistentemente de que los hijos no les hacen caso, de que vuelven a casa ya de día, o de que beben demasiado. Arremeten contra el sistema educativo mientras que los docentes arremeten contra la claudicación formativa de las familias. Y, unos por otros, la casa puede quedarse sin barrer.
(…) Lo primero que tenemos que saber es que los fenómenos sociales tienen causas múltiples y circulares. De la violencia se acusa a los medios de comunicación, pero los medios de comunicación proporcionan lo que el público quiere, pero a su vez el público está siendo influido por los medios de comunicación. Se acusa a los padres, que en muchas ocasiones se sienten víctimas de sus hijos, que a su vez están educados por sus padres, que a su vez están siendo influidos por sus hijos. Se acusa al sistema educativo, que se queja de que los padres no colaboran en la educación, quienes se quejan de que no saben cómo educar. Abrumados por estos círculos viciosos, nadie cree poder hacer nada, cuando sería mejor que todos pensáramos que podríamos hacer todo. Tenemos que acostumbrarnos a pensar sistemáticamente. La convivencia es un sistema denso de interacciones. Todo lo que hacemos cambia ligeramente su configuración. Así, siempre influimos con lo que hacemos, y con lo que dejamos de hacer. Pondré un par de ejemplos. Hay una falta de exigencia en todos los protagonistas educativos. Según la encuesta de Pérez Díaz, los padres quieren que sus hijos sean felices y no estén estresados. Esto es una psicología de bibelot. Las protestas ante una nueva reválida son de una quejicosidad ridícula. También los profesores rebajan su nivel de exigencia, por inseguridad, miedo o pereza. Y, para terminar de arreglar la faena, la Administración favorece que se maquillen los resultados para que no haya demasiados suspensos. Así las cosas, me parece sorprendente que Pérez Díaz diga que "esta reducción gradual de los niveles de exigencia no significa que mejore o empeore la calidad de la educación". No es verdad. Empeora inevitablemente.
Otro elemento que daña la situación es una mala pedagogía de los derechos, que ha conducido a una cultura de la reclamación y la queja, en vez de a una cultura de la participación y la responsabilidad. Según el estudio mencionado, los padres consideran que sus hijos tienen derecho a conseguir un título. ¡Qué disparate! Lo que tienen es el derecho de poder estudiar y de ser tratados justamente (…).

José Antonio Marina
DIARIO 16. 15-abril-2001.

Los seis escenarios de la OCDE para
la escuela del mañana

Los militantes antimundialización podrán sacar del último informe de la OCDE sobre la educación nuevos motivos para gruñir. Mientras los ministros de Educación de los países miembros de la organización internacional se han reunido del 2 al 4 de abril en París, el Centro para la Investigación y la Innovación en la Enseñanza de la OCDE les ha librado sus reflexiones sobre el porvenir de la escuela en los quince o veinte años que vienen. Se han elaborado seis escenarios, entre los cuales los "mecanismos del mercado" tienen un papel a menudo preponderante. La OCEDE no prende librar "predicciones analíticas" pero estima que, según las orientaciones políticas escogidas por los gobiernos, la escuela conocerá de manera más o menos "plausible" una de las evoluciones descritas.
La primera no hace más que confirmar la situación que conocen la mayor parte de los países estudiados: a pesar de las críticas cada vez más vivas expresadas por los padres, los empresarios y los medios de comunicación, la escuela hace alarde de una resistencia encarnizada a todo cambio. El modelo educativo dominante sigue siendo el de una "enseñanza por clase"; la utilización creciente de nuevas tecnologías no lleva necesariamente consigo la transformación radical de los métodos de enseñanza. Los diplomas son cada vez más necesarios pero cada vez menos suficientes". Este statu quo generalizado se rebela tanto más preocupante en cuanto que, a pesar de las iniciativas tomadas por los gobiernos para mejorar el sistema educativo, las desigualdades ante la enseñanza se mantienen tenaces. En fin, la "presión de la mundialización" comienza a hacerse sentir, sobre todo, en términos de "rendimientos educativos"

LE MONDE.12-abril-2001

 
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