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Madrid.
JULIA FERNANDEZ
La memoria colectiva siempre ha relacionado a José de Ribera con
lo pictórico, con la maestría que el arte en óleo
llegó a alcanzar en nuestro país y en toda Europa durante
el Barroco. Pero este creador valenciano, afincado en la Italia española,
ha sido considerado por los historiadores de arte como el mejor grabador
español anterior a Goya, autor de algunas de las grandes obras
del grabado universal.
Su acercamiento
a la estampación, un medio expresivo nuevo que había sido
posible gracias a la aparición de la imprenta, tiene lugar en el
virreinato de Nápoles, a comienzos de su carrera como pintor profesional.
Junto a los pintores Battistelo Carraciolo y Salvatore Rosa impulsa la
renovación de los lenguajes y de los procedimientos del grabado
en el Seiscientos, logrando dotar a este medio de una riqueza expresiva
específica y autónoma de la pintura no lograda hasta entonces.
Ribera tan sólo realizó dieciséis aguafuertes en
el margen de diez años. Su corta experiencia y su exigue producción
le situaron no obstante en las más altas cumbres de la historia
del grabado de los tiempos.
Arte
que enseña
La
exposición que estos días acoge la Calcografía Nacional
en Madrid es una visión completa de la labor de José Ribera
como grabador: veinticinco estampas, además de dos cartillas de
dibujos. Son pruebas de los grabados y algunas copias de estado, que nos
muestra a un magnífico dibujante, interesado –como Leonardo- por
el análisis de las facciones humanas e, incluso, por las deformaciones
grotescas. Entre las obras expuestas se encuentran algunos valiosos estados
de las creaciones gráficas más importantes y admiradas del
artista valenciano: las dos versiones de San Jerónimo escuchando
la trompeta del Juicio Final (1621), las Lágrimas de san Pedro
(1621), el sorprendente Martirio de San bartolomé (1624), y, sobre
todo, los extraordinarios grabados de El poeta (1621) y Sileno borracho
(1628).
Maestro de
pintores, uno de los espacios de la exposición viene a recoger
su aportación al aprendizaje del dibujo. Sus estudios, grabados
en láminas, tuvieron una extraordinaria aceptación y difusión
por toda Europa en los siglos XVII y XVIII, al mostrar la técnica
de un pintor mayúsculo que reconoció en el grabado el medio
expresivo que con él llegó a ser.
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