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Las
obras que recoge la muestra "Picasso Minotauro" que el Museo Reina Sofía
exhibe estos días en Madrid reflejan las distintas fases que atravesó
el artista, ya
que el mito del
Minotaruro está presente en la obra picassiana
a lo largo de tres décadas, de 1928 a 1958.
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Madrid.
JULIA FERNANDEZ
Monstruo cruel que devora a hombres jóvenes y viola a las mujeres;
monstruo dócil que ciego de amor se deja guiar por una inocente niña;
hombre-toro, que brama y se queja, que ama y destruye, que busca anhe- |
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lante
ser una sola naturaleza y no dos mitades irreconciliables. Es el Minotauro
de Pablo Ruíz Picasso, una creación artística y literaria
que basa su origen en un mito cretense y su "realidad" en la
trágica dualidad que el pintor experimentó en el amor y
en la vida: "Si se señalaran en un mapa todos los itinerarios
que he recorrido, y si se les uniera con una línea, quizás
apareciera un Minotauro", confesaba al término de su vida
este hombre excepcional que intentó alcanzar el centro del laberinto
donde habitaba ese monstruo sagrado y temible.
Alter ego de
sus pulsiones de vida y muerte, amor y destrucción, el Minotauro
está presente en la obra picassiana a lo largo de tres décadas,
de 1928 a 1958. Sin embargo, es en los años de ascensión
del fascismo en Europa, cuando el símbolo se vuelve más
amenazador y omnipresente.
Violencia
y ternura
Las
obras que recoge la muestra que el Museo Reina Sofía exhibe estos
días en Madrid reflejan las distintas fases que atravesó
el artista con su alter ego, además de reflejar –reescribiéndola-
la narración mitológica original. Gran parte de la Suite
Vollard, las siete pruebas de estado –más la prueba de color- del
aguafuerte Minotauromaquia, grabados, dibujos, pinturas, cerámicas
y un tapiz integran este recorrido por el universo que Picasso creó
con la ayuda de su bestia. Un recorrido sorprendente en el que se suceden
minotauros orgiásticos, rodeado de bellas mujeres desnudas; minotauros
orgullosos, vencedores y viriles; minotauros tiernos y frágiles
en el amor; minotauros crueles y hasta sádicos en el deseo; minotauros
vencidos y muertos; y minotauros resucitados y ciegos dejándose
conducir por la inocencia y el amor. Más humano que bestia, su
trágica dualidad es lo que atraviesa todas y cada una de sus múltiples
y contradictorias versiones: su mirada desconcertada a su propio ser es
la principal característica de la reinvención picassiana
del Minotauro, el matiz que aproxima este mito a la experiencia más
genuinamente humana.
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