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Madrid.
JULIA FERNANDEZ
En los comienzos del siglo XIX, la joven república norteamericana
contaba con cinco millones de pobladores organizados en dieciséis
estados, situados en su mayoría en la costa Atlántica. Casi
el noventa por ciento de la población cultivaba la tierra y su
vida apenas difería de la de los primeros colonos. Desconocían
su propio territorio.
Es
este Estados Unidos el que verá nacer la Escuela de paisajistas
americanos, primera corriente pictórica autónoma de su historia,
que partiendo de la visión romántica europea cuajó
presupuestos estéticos propios. La expansión hacia el oeste,
la integración de los territorios, fueron hechos que corrieron
parejos al desarrollo de la escuela paisajista norteamericana. Muchos
de sus integrantes formaban parte de las expediciones de reconocimiento
y colonización. Fueron los descubridores estéticos, pero
también místicos, de una tierra que sólo un pueblo
elegido merecía haber heredado.
Imagen
de un ideal
El
paisaje como seña de identidad de un pueblo fuerte, hecho a sí
mismo y poderoso, es la metáfora predominante en los primeros paisajistas
que recoge la muestra "Explorar el Edén", que estos días
exhibe el museo Thyssen-Bornesmiza en Madrid. El viaje de la vida, el
famoso ciclo del considerado padre de todos los paisajistas americanos,
Thomas Cole, inicia un recorrido que atraviesa el siglo y las distintas
tendencias que fueron generándose en la representación de
la naturaleza. Sesenta y dos obras, procedentes de colecciones y museos
americanos y de los fondos del propio Museo Thyssen y de la Colección
Carmen Thyssen-Bornemisza, nos acercan a las orillas del río Hudson
-con los pintores Church, Bierstadt o Durand-; a las tierras y costas
de Mine y Nueva Inglaterra –con los "luministas" Lane, Kensett
o Heade-; a las salvajes tierras del Oeste no colonizado –con Suydan o
Homer-; y a las singularidades de un sur nicaragüense, jamaicano
o ecuatoriano, explorado por algunos de estos pintores.
La
muestra se cierra con un conjunto de acuarelas de Winslow Homer que muestran
ya una visión contemporánea de la naturaleza alejada de
la epopeya y del misticismo. El edén soñado y heredado había
sido colonizado por el hombre.
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