Diversidad, igualdad
y diferencia

(...)¿Qué está sucediendo en nuestros centros educativos para que muchos alumnos y algunas alumnas se hayan declarado "objetores de aula"? ¿Y para que muchos profesores y profesoras que  han a-

mado la educación experimenten depresiones, desencanto y deseos de abandonar la enseñanza? En respuesta a estas preguntas se ha escrito mucho, pero no desde una mirada comprensiva, sino a partir de valoraciones técnicas, científicas y estadísticas, donde más bien parece que se pretende demostrar que las cosas son así y que nos situamos dentro de los mismos parámetros que los otros países occidentales; es decir, que nos hallamos en la media.
Sin embargo, hasta ahora yo no me he encontrado en mi centro al alumno medio del que hablan los pedagogos y sociólogos, ni he podido relacionarme con ese ente abstracto que, por otra parte, cuando he tratado de actuar como si existiese, me ha hecho invisibles a los alumnos y alumnas que se sientan cada día en nuestras aulas; chicos y chicas diferentes en cuanto a su sexo y con diversas cualidades y características.
Ahora que nos encontramos ya dentro del aula conviene señalar que quizá tampoco hemos sabido significar otra cosa evidente: que el centro del acto educativo reside en la relación que se establece entre quien enseña y quien aprende. Y esta relación se produce –o se niega su posibilidad- durante las horas de clase, en actividades programadas o en encuentros esporádicos. En definitiva, educar es un acto de relación, de encuentro entre dos personas con grandes diferencias de edad y de saber, donde quien enseña asume la responsabilidad de ayudar a crecer a quienes, implícitamente, le reconocen la autoridad para hacerlo y aceptan seguir sus directrices y consejos.
La actividad educativa es un proceso que requiere una mirada comprensiva, que Hannah Arendt define como "una actividad sin fin, por la cual, en el cambio y la variación constantes, nos adaptamos a la realidad, nos reconciliamos con ella; es decir, tratamos de sentirnos cómodos en el mundo". Esta comprensión conlleva la búsqueda de significado y nos reconcilia con lo que hacemos y padecemos.
Cuando las relaciones se sitúan en el centro, la educación recobra su valor original y el gusto por aprender sustituye al miedo a las calificaciones, la autoridad al poder jerárquico e impositivo, el uso de la palabra a la disciplina del silencio; y la diversidad se reconoce como un más, no un menos, como una riqueza que, a la vez, genera dificultades en las relaciones, y no sólo en las de tipo educativo. Hacer evidente esta realidad dentro de la educación es abrir una brecha por donde entra un orden nuevo de relación con la realidad y de apuesta por la verdad. La mayor alegría que yo he recibido de mis alumnos y alumnas ha sido el reconocimiento sincero y espontáneo de una de mis estudiantes del programa de diversificación, que al final de curso me dijo: "Este año si que he aprendido". ¿En qué estadística podrá recogerse este milagro educativo? ¿Se puede atribuir este triunfo sólo a la alumna o a la profesora? (...)

Mª Milagros Montoya Ramos
CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Julio-agosto 2000.

Un siglo de educación en Francia

El siglo acabándose, Le Monde D´Education no podía perder la ocasión de realizar el balance de cien de años de educación. Todavía menos antes del próximo milenio, el explorar los nuevos desafíos y las nuevas misiones de la escuela del mañana. La primera mitad del siglo XX ha sido la de la conquistas de la escuela pública, republicana y laica. Esta fue la época de los grandes combates; por la laicidad, por la escolarización obligatoria, por la escuela mixta, por la representación sindical de los enseñantes. Un periodo que termina en mayo del 68, el movimiento de contestación estudiantil que cambia enseguida el conjunto de la enseñanza. Después, nada ha sido parecido. A lo que hay que añadir que, al mismo tiempo, otra revolución -demográfica- ha venido a revolucionar a la escuela. Atrapada por su propio juego, ella debe ahora ofrecer oportunidades iguales a todos aquellos que acoge, si no quiere explotar.
En 1900, la escuela republicana, florón de un régimen que al fin ha conseguido reconciliar a los franceses con la república, después de más de un siglo entra en un periodo de apogeo que durará hasta los años 50.

LE MONDE de L´Education. Julio 2000

 

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