|
trevista
que le hizo Antonio Morales en Nueva Revista, una publicación
muy querida para mí y que yo dirigía entonces.
En
esa entrevista el profesor Jover habla, entre otras cosas, de sus maestros;
no sólo de aquellos que le enseñaron en persona, sino también
de las lecturas que le marcaron. Desgrana así los nombres de Jesús
Pabón, Laín Entralgo, Pérez Galdós y Vicéns
Vives, entre otros.
Esta
evocación por parte de don José María Jover me lleva
a pensar que uno de los logros más importantes del sistema educativo
sería que un buen número de los jóvenes de nuestra
enseñanza secundaria y nuestro bachillerato disfrutaran de una
experiencia similar.
Que
esa experiencia tenga lugar depende de una combinación de factores
muy aleatoria. Pero, en la parte correspondiente al maestro, cuenta el
vigor de su personalidad, su convicción, su entusiasmo, y la potencia
y el interés de los contenidos que llegue a transmitir a sus alumnos,
cualidades, todas ellas, que caracterizan el magisterio del profesor Jover.
Por
lo que se refiere a los contenidos, no desvelo ante ustedes ningún
misterio si les recuerdo que los de la enseñanza de la historia
en nuestro país están hoy sometidos a una intensa controversia.
Una polémica ruidosa, pero no siempre cargada de la calidad y la
elevación de miras que sería deseable.
Narrar
y analizar la historia de la política fue, es y seguirá
siendo uno de los quehaceres esenciales de los historiadores.
Los
políticos debemos evitar cuidadosamente apropiarnos, como si tal
cosa, de aquellos saberes profesionales que no nos pertenecen, y el saber
histórico, por su complejidad y riqueza de matices, está
especialmente necesitado de ese respeto.
Los
políticos podemos insistir en que es necesario reforzar la enseñanza
de las Humanidades, para lo que las autoridades educativas deben elaborar
la normativa más adecuada.
Los
políticos tenemos la posibilidad de elegir, de entre los distintos
métodos que nos proponen los historiadores, aquéllos que
nos parezcan los más adecuados y consistentes para la enseñanza.
Pero nuestro cometido específico como responsables de la gestión
pública se ciñe a preservar la libertad de crítica
y de discusión entre interpretaciones diferentes.
Por
lo mismo que son ciertos los muchos vínculos que existen entre
la historia y la política, también lo es que una clara y
rigurosa distancia debe ser mantenida entre una y otra, si queremos preservar
la calidad del saber histórico y la sensatez y la ecuanimidad de
la acción política en materia educativa.
Yo
no soy historiadora. Vengo del campo del Derecho Constitucional y de la
Ciencia Política, pero, por diferentes razones, el quehacer historiográfico
me ha resultado siempre cercano.
Consciente
de la importancia de la historia y, ahora, como persona con responsabilidades
en el campo educativo, me gustaría centrar mis palabras en algunas
reflexiones a propósito de las discusiones en curso.
Los
dos índices que señalan mejor las deficiencias de la enseñanza
de la historia en nuestra educación secundaria y en nuestro bachillerato
son:
1º)
la dificultad para comprender y describir la ordenación y el desarrollo
temporal de los acontecimientos, y, 2º) la incapacidad para entender en
sus propios términos el funcionamiento de otros sistemas institucionales,
de otras ordenaciones de valores, así como relaciones sociales
y económicas diferentes a nuestras sociedades occidentales aquí
y ahora.
Es
evidente que no puede haber una discusión seria sobre puntos de
vista e interpretaciones de la historia, si no se fija con anterioridad
el qué, el quién, el cuándo y el cómo de los
acontecimientos históricos.
La
otra reflexión que deseaba hacer ante ustedes se refiere al problema
de qué enseñar en historia.
La
historiografía de los años setenta, además de por
la primacía de la historia social, se caracterizó por lo
que los historiadores llaman la ampliación del campo de la historia.
Una
gran cantidad de nuevos temas pasaron a formar parte del interés
historiográfico y, sin duda, esto hace más complicado establecer
lo que es lo relevante para los jóvenes.
Al
mismo tiempo, recientemente ha salido a relucir en más de una ocasión
que los españoles no tenemos en común otro pasado que una
serie de acontecimientos, reducidos a tópicos, sin ninguna vigencia
para los españoles de hoy: los Reyes Católicos, la Monarquía
hispánica y otras anécdotas irrelevantes al parecer.
Me
gustaría que compartieran conmigo dos puntualizaciones respecto
al planteamiento anterior:
La
llamada Nueva Historia Económica, así como otros
historiadores de la economía, cuyos nombres están en la
memoria de todos, viene protagonizando algunos de los resultados más
brillantes de nuestra historiografía en las últimas dos
décadas.
Con
método riguroso, excepcional acopio de datos y comparando siempre
la evolución española con la de otros países europeos,
estos historiadores han contribuido de forma decisiva a disipar la espesa
niebla que la metafísica del regeneracionismo había extendido
acerca de las causas de nuestro atraso económico y social.
Lo
que nos cuentan en esencia estos historiadores es cómo los españoles
construimos un mercado en el siglo XIX que es el fundamento de nuestra
prosperidad actual.
Por otra parte, y como no podía ser menos en presencia de don José
María Jover, tengo que recordar la otra gran empresa del siglo
XIX, aquella que él tanto nos ha ayudado a comprender en sus logros
y en sus limitaciones: la construcción de un estado constitucional,
basado en el imperio de la ley igual para todos.
Sin
ese mercado y sin esa tradición constitucional, sin esas dos empresas
en las que participaron muchos más españoles que en ninguna
otra anterior, nuestra actual Monarquía parlamentaria y nuestro
nivel de desarrollo económico y social serían incomprensibles.
Creo
profundamente desafortunada y errónea, por otra parte, la opinión
-que a menudo se esgrime como si fuera una gran verdad- según la
cual nuestra convivencia en libertad de los últimos veinte años
se basa en el olvido de lo ocurrido en nuestra historia contemporánea.
Comparto
la interpretación que atribuye el gigantesco fracaso político
que fue la guerra civil, al menosprecio y la destrucción, desde
muchos ángulos intelectuales y políticos, de la herencia
política, económica y cultural del siglo XIX.
Por
esa razón pienso que nuestra actual convivencia, basada en la tolerancia
y la libertad, lejos de apoyarse en ninguna clase de olvido, lo está,
muy al contrario, en una discreción fruto de la lucidez.
Es
decir, en el rechazo decidido de aquellos puntos de vista historiográficos
en clave de luchas entre opuestos, que alimentan puntos de vista propicios
a los sentimientos de amargura y de rencor. Da lo mismo que se trate de
unas clases sociales contra otras o de enfrentamientos pretendidamente
eternos entre pueblos con culturas y tradiciones diferentes.
Por
el contrario, creo que con el bagaje que he citado de nuestra historia
contemporánea, junto con la vocación universalista de lo
hispánico (y siempre y en todo momento con la mirada alerta y crítica,
pero no negadora de lo que hemos sido), podremos hacer frente, bastante
mejor que con el rechazo y la frustración, al verdadero desafío
que tenemos por delante.
Así
pues, se puede enseñar a nuestros jóvenes algo más
que luchas civiles y fracasos sobre los dos últimos siglos de historia
de España.
Y
termino, señoras y señores.
Para don José
María Jover, el concepto de "Historia de la Civilización"
es especialmente querido y relevante.
Él
ha reivindicado ese concepto en la tradición de historiadores nuestros,
como Rafael Altamira, pero también en aquella que representan nombres
señeros de la historiografía europea como Voltaire, François
Guizot y Jacob Burckhardt.
Don
José María Jover considera que el concepto de "Historia
de la Civilización" rectifica positivamente el horizonte demasiado
plano de la historia social, y hace justicia a la sensibilidad y la creatividad
del hombre en la búsqueda de valores y su inserción en el
terreno político, cultural y artístico.
Con
el equilibrio y sentido del matiz que caracteriza a los grandes historiadores
de los años cincuenta, don José María Jover nos advierte
del desdibujamiento y la reticencia que afectan hoy al concepto de Civilización.
Él
atribuye esa actitud a la pérdida de "impregnación de los
comportamientos sociales en esa humanidad que exige el reconocimiento
espontáneo y la plena salvaguarda de la condición humana
y de su dignidad en el otro,..."
La
falta de un ambiente propicio no desanimó, sin embargo, a don José
María en su defensa del concepto de Civilización.
Hace
ocho años, estableció de modo inmejorable en su obra Cultura
y Civilización: hacia un deslinde conceptual, con dicho concepto
como fundamento, el talante con el que debe abordarse hoy la reforma,
ya en marcha, de la enseñanza de la historia y de las Humanidades
en general en nuestra enseñanza secundaria.
Dijo
entonces el profesor Jover:
"...Pienso
que sería bueno que los historiadores españoles nos planteásemos
la conveniencia de proseguir y de poner al día la empresa de Rafael
Altamira, rescatando para la Historia de la Civilización
de nuestro pueblo y en especial para la de sus dos últimos siglos,
la presencia académica que requiere la edificación de una
sociedad no sólo más culta, sino también más
civilizada".
Por
otro lado, también subrayó que:
"En un plano
menos doméstico y más general, yo me atrevería a
urgir la necesidad de definir contenidos, de acotar espacios pare este
irrenunciable legado de la Ilustración, y en último término
de nuestra filiación greco-latina, que es la civilización
como componente de la historia humana".
No me parece
necesario añadir nada más.
Querido
don José María, reciba usted mi más respetuosa y
cálida felicitación por este Premio Marcelino Menéndez
y Pelayo, que reconoce toda una vida de dedicación ejemplar
al trabajo historiográfico.
Muchas
gracias".
|