Palabras de la Ministra de Educación, Cultura
y Deporte en la entrega del Premio Marcelino Menéndez y Pelayo a D. José María Jover

(Santander, 19 de julio de 2000)

"Excmo. y Magnífico Sr. Rector, Excmo. Sr. Alcalde, Excmos. e Ilmos. Señoras y Señores, querido maestro don José María Jover:

Quisiera comenzar recordando la satisfacción que me produjo que don José María Jover decidiera encabezar la recopilación de sus trabajos historiográficos publica-dos por la Real Academia de la Historia el pasado año, con la en-

trevista que le hizo Antonio Morales en Nueva Revista, una publicación muy querida para mí y que yo dirigía entonces.

En esa entrevista el profesor Jover habla, entre otras cosas, de sus maestros; no sólo de aquellos que le enseñaron en persona, sino también de las lecturas que le marcaron. Desgrana así los nombres de Jesús Pabón, Laín Entralgo, Pérez Galdós y Vicéns Vives, entre otros.

Esta evocación por parte de don José María Jover me lleva a pensar que uno de los logros más importantes del sistema educativo sería que un buen número de los jóvenes de nuestra enseñanza secundaria y nuestro bachillerato disfrutaran de una experiencia similar.

Que esa experiencia tenga lugar depende de una combinación de factores muy aleatoria. Pero, en la parte correspondiente al maestro, cuenta el vigor de su personalidad, su convicción, su entusiasmo, y la potencia y el interés de los contenidos que llegue a transmitir a sus alumnos, cualidades, todas ellas, que caracterizan el magisterio del profesor Jover.

Por lo que se refiere a los contenidos, no desvelo ante ustedes ningún misterio si les recuerdo que los de la enseñanza de la historia en nuestro país están hoy sometidos a una intensa controversia. Una polémica ruidosa, pero no siempre cargada de la calidad y la elevación de miras que sería deseable.

Narrar y analizar la historia de la política fue, es y seguirá siendo uno de los quehaceres esenciales de los historiadores.

Los políticos debemos evitar cuidadosamente apropiarnos, como si tal cosa, de aquellos saberes profesionales que no nos pertenecen, y el saber histórico, por su complejidad y riqueza de matices, está especialmente necesitado de ese respeto.

Los políticos podemos insistir en que es necesario reforzar la enseñanza de las Humanidades, para lo que las autoridades educativas deben elaborar la normativa más adecuada.

Los políticos tenemos la posibilidad de elegir, de entre los distintos métodos que nos proponen los historiadores, aquéllos que nos parezcan los más adecuados y consistentes para la enseñanza. Pero nuestro cometido específico como responsables de la gestión pública se ciñe a preservar la libertad de crítica y de discusión entre interpretaciones diferentes.

Por lo mismo que son ciertos los muchos vínculos que existen entre la historia y la política, también lo es que una clara y rigurosa distancia debe ser mantenida entre una y otra, si queremos preservar la calidad del saber histórico y la sensatez y la ecuanimidad de la acción política en materia educativa.

Yo no soy historiadora. Vengo del campo del Derecho Constitucional y de la Ciencia Política, pero, por diferentes razones, el quehacer historiográfico me ha resultado siempre cercano.

Consciente de la importancia de la historia y, ahora, como persona con responsabilidades en el campo educativo, me gustaría centrar mis palabras en algunas reflexiones a propósito de las discusiones en curso.

Los dos índices que señalan mejor las deficiencias de la enseñanza de la historia en nuestra educación secundaria y en nuestro bachillerato son:

1) la dificultad para comprender y describir la ordenación y el desarrollo temporal de los acontecimientos, y, 2) la incapacidad para entender en sus propios términos el funcionamiento de otros sistemas institucionales, de otras ordenaciones de valores, así como relaciones sociales y económicas diferentes a nuestras sociedades occidentales aquí y ahora.

Es evidente que no puede haber una discusión seria sobre puntos de vista e interpretaciones de la historia, si no se fija con anterioridad el qué, el quién, el cuándo y el cómo de los acontecimientos históricos.

La otra reflexión que deseaba hacer ante ustedes se refiere al problema de qué enseñar en historia.

La historiografía de los años setenta, además de por la primacía de la historia social, se caracterizó por lo que los historiadores llaman la ampliación del campo de la historia.

Una gran cantidad de nuevos temas pasaron a formar parte del interés historiográfico y, sin duda, esto hace más complicado establecer lo que es lo relevante para los jóvenes.

Al mismo tiempo, recientemente ha salido a relucir en más de una ocasión que los españoles no tenemos en común otro pasado que una serie de acontecimientos, reducidos a tópicos, sin ninguna vigencia para los españoles de hoy: los Reyes Católicos, la Monarquía hispánica y otras anécdotas irrelevantes al parecer.

Me gustaría que compartieran conmigo dos puntualizaciones respecto al planteamiento anterior:

La llamada Nueva Historia Económica, así como otros historiadores de la economía, cuyos nombres están en la memoria de todos, viene protagonizando algunos de los resultados más brillantes de nuestra historiografía en las últimas dos décadas.

Con método riguroso, excepcional acopio de datos y comparando siempre la evolución española con la de otros países europeos, estos historiadores han contribuido de forma decisiva a disipar la espesa niebla que la metafísica del regeneracionismo había extendido acerca de las causas de nuestro atraso económico y social.

Lo que nos cuentan en esencia estos historiadores es cómo los españoles construimos un mercado en el siglo XIX que es el fundamento de nuestra prosperidad actual.

Por otra parte, y como no podía ser menos en presencia de don José María Jover, tengo que recordar la otra gran empresa del siglo XIX, aquella que él tanto nos ha ayudado a comprender en sus logros y en sus limitaciones: la construcción de un estado constitucional, basado en el imperio de la ley igual para todos.

Sin ese mercado y sin esa tradición constitucional, sin esas dos empresas en las que participaron muchos más españoles que en ninguna otra anterior, nuestra actual Monarquía parlamentaria y nuestro nivel de desarrollo económico y social serían incomprensibles.

Creo profundamente desafortunada y errónea, por otra parte, la opinión -que a menudo se esgrime como si fuera una gran verdad- según la cual nuestra convivencia en libertad de los últimos veinte años se basa en el olvido de lo ocurrido en nuestra historia contemporánea.

Comparto la interpretación que atribuye el gigantesco fracaso político que fue la guerra civil, al menosprecio y la destrucción, desde muchos ángulos intelectuales y políticos, de la herencia política, económica y cultural del siglo XIX.

Por esa razón pienso que nuestra actual convivencia, basada en la tolerancia y la libertad, lejos de apoyarse en ninguna clase de olvido, lo está, muy al contrario, en una discreción fruto de la lucidez.

Es decir, en el rechazo decidido de aquellos puntos de vista historiográficos en clave de luchas entre opuestos, que alimentan puntos de vista propicios a los sentimientos de amargura y de rencor. Da lo mismo que se trate de unas clases sociales contra otras o de enfrentamientos pretendidamente eternos entre pueblos con culturas y tradiciones diferentes.

Por el contrario, creo que con el bagaje que he citado de nuestra historia contemporánea, junto con la vocación universalista de lo hispánico (y siempre y en todo momento con la mirada alerta y crítica, pero no negadora de lo que hemos sido), podremos hacer frente, bastante mejor que con el rechazo y la frustración, al verdadero desafío que tenemos por delante.

Así pues, se puede enseñar a nuestros jóvenes algo más que luchas civiles y fracasos sobre los dos últimos siglos de historia de España.

Y termino, señoras y señores.
Para don José María Jover, el concepto de "Historia de la Civilización" es especialmente querido y relevante.

Él ha reivindicado ese concepto en la tradición de historiadores nuestros, como Rafael Altamira, pero también en aquella que representan nombres señeros de la historiografía europea como Voltaire, François Guizot y Jacob Burckhardt.

Don José María Jover considera que el concepto de "Historia de la Civilización" rectifica positivamente el horizonte demasiado plano de la historia social, y hace justicia a la sensibilidad y la creatividad del hombre en la búsqueda de valores y su inserción en el terreno político, cultural y artístico.

Con el equilibrio y sentido del matiz que caracteriza a los grandes historiadores de los años cincuenta, don José María Jover nos advierte del desdibujamiento y la reticencia que afectan hoy al concepto de Civilización.

Él atribuye esa actitud a la pérdida de "impregnación de los comportamientos sociales en esa humanidad que exige el reconocimiento espontáneo y la plena salvaguarda de la condición humana y de su dignidad en el otro,..."

La falta de un ambiente propicio no desanimó, sin embargo, a don José María en su defensa del concepto de Civilización.

Hace ocho años, estableció de modo inmejorable en su obra Cultura y Civilización: hacia un deslinde conceptual, con dicho concepto como fundamento, el talante con el que debe abordarse hoy la reforma, ya en marcha, de la enseñanza de la historia y de las Humanidades en general en nuestra enseñanza secundaria.

Dijo entonces el profesor Jover:
"...Pienso que sería bueno que los historiadores españoles nos planteásemos la conveniencia de proseguir y de poner al día la empresa de Rafael Altamira, rescatando para la Historia de la Civilización de nuestro pueblo y en especial para la de sus dos últimos siglos, la presencia académica que requiere la edificación de una sociedad no sólo más culta, sino también más civilizada".

Por otro lado, también subrayó que:
"En un plano menos doméstico y más general, yo me atrevería a urgir la necesidad de definir contenidos, de acotar espacios pare este irrenunciable legado de la Ilustración, y en último término de nuestra filiación greco-latina, que es la civilización como componente de la historia humana".
No me parece necesario añadir nada más.

Querido don José María, reciba usted mi más respetuosa y cálida felicitación por este Premio Marcelino Menéndez y Pelayo, que reconoce toda una vida de dedicación ejemplar al trabajo historiográfico.

Muchas gracias".

 

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