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Preparar un examen

El curso toca a su fin y profesores y alumnos estamos inmersos en plena época de exámenes. Durante mi trayectoria como docente he constatado que las sucesivas generaciones de alumnos repiten los mismos errores a la hora de demostrar sus conocimientos en estas pruebas finales. Avalado por mi experiencia, me permito formular unas sugerencias dirigidas a estos jóvenes para que puedan enfrentarse a estas pruebas y obtener buenas calificaciones.
En primer lugar, difícilmente podrán superar los exámenes con éxito si durante el curso no han adquirido unos hábitos de estudio y una disciplina. Nunca se debe dejar la prueba final en manos de la improvisación.
Una de las premisas más importantes es abordar las asignaturas de forma positiva. El estudio es un medio para desarrollarse profesionalmente y los jóvenes deben acometerlo de forma placentera, prestar atención y aprender a concentrarse. Los alumnos deben ser realistas y conocer sus capacidades y limitaciones para no desanimarse.
El entorno físico es fundamental a la hora de sentarse a trabajar y este espacio debe contar con una buena iluminación, sin ruidos para evitar distracciones, una temperatura agradable y ventilar de vez en cuando.
Para adquirir un razonable ritmo de trabajo es preciso determinar la extensión de la materia que vamos a asimilar y fijar una pausa de unos minutos de descanso por cada hora de estudio.
Comprender lo que se lee, hacer esquemas, subrayar lo fundamental y, una vez finalizado un tema, confeccionar un resumen por escrito constituyen unas recomendaciones de gran utilidad para los alumnos que, también, pueden grabar en una cinta los temas, para comprobar si saben expresar correctamente lo que han estudiado.
La víspera del examen se realizará un repaso general de la materia y se clarificarán las ideas. Por último, los estudiantes deben olvidarse del asunto, relajarse y acostarse temprano para descansar bien.
Para evitar los nervios previos al examen, deben acceder al aula con un ánimo positivo, leer las preguntas despacio y pensar detenidamente las respuestas antes de ponerse a escribir.

Juan Ignacio Méndez.
Cuenca.

 
   
 
   

La motivación del profesorado

La falta de motivación es uno de los temas que se abordan con mayor frecuencia en las reuniones de profesionales de la enseñanza. Cuando los diplomados en Magisterio comienzan su trayectoria docente piensan que su trabajo obtendrá una recompensa prácticamente inmediata y que transmitir a los alumnos conocimientos y valores será una tarea fácil y muy gratificante.
Sin embargo, la actividad diaria del aula nos enfrenta a una realidad que nada tiene que ver con nuestro idílico concepto de la profesión docente. Rápidamente percibimos que se trata de un trabajo difícil, con gran responsabilidad y con escaso reconocimiento social.
Como maestro con una larga trayectoria profesional, me atrevo a facilitar a mis jóvenes compañeros unas sugerencias que pueden resultarles de utilidad. En primer lugar deben ser conscientes de que los alumnos no suelen poseer unos hábitos, ya que sus padres no tienen por qué estar preparados para acometer la evolución que experimentan sus hijos en las diferentes etapas del crecimiento. También deben enseñarles disciplina y respeto, unos valores que, en mi opinión, son imprescindibles para su desenvolvimiento en la sociedad.
En numerosos casos, los escolares se sienten desatendidos por sus padres, que pasan la mayor parte del día en sus trabajos y cuando llegan a casa prefieren que sus hijos no les compliquen la vida con preguntas y demandas de atención. En este entorno, el profesor, a veces, se ve obligado a asumir un papel afectivo que, en principio, no le correspondería, pero que tampoco debe rechazar.
No obstante, debe ser muy prudente porque esta corriente afectiva entre profesor y alumno puede resultar gratificante, pero también conlleva un factor desestabilizador.
Para los alumnos, nosotros constituimos modelos de comportamiento, por ello debemos transmitir unos valores cívicos y morales, que representen para los estudiantes una imagen digna de imitación.

Vicente Pérez Barberá
Valencia.

 

 
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