La Calcografía
Nacional exhibe
la obra de los
maestros
aguafortistas
Alianza alcanza los 25 títulos en su Biblioteca Juvenil
de bolsillo
En el último cuarto del siglo XIX,
el grabado español abandonó el uso tradicional del buril para iniciar
un nuevo camino a través
del aguafuerte. Son composiciones originales de paisajes y escenas costumbristas, fundamentalmente,
realizadas por pintores que se sintieron atraídos por esta vía artística aún no explorada.
Una muestra recuerda a sus primeros creadores.
Arriba, a la izquierda, "La tumba del poeta", de Fernando Labrada. A la derecha, "Una charra",
de Manuel Alcázar

Madrid. JULIA FERNANDEZ
Una de las funciones primordiales del grabado a buril había sido la reproducción de obras pictóricas, para su difusión. Con el desarrollo de la fotografía a lo largo del siglo XIX, el grabado se liberó de la necesidad de transmitir información y entró en un nuevo tiempo creativo, sólo al servicio del artista.

El aguafuerte fue la técnica que abrió al grabado las múltiples posibilidades expresivas que eran necesarias para una interpretación de la realidad. Con él nace el nuevo concepto de estampa y toda una generación de aguafortistas que, entusiasmados por la veladura del ácido sobre el cobre, legan una importante y sugerente visión de la España del último tramo del XIX y principios del XX.

La muestra "Aguafortistas. De Fortuny a Solana" que estos días expone la Real Academia de Bellas de San Fernando, en Madrid, rememora los inicios y el desarrollo de esta nueva concepción del grabado a través de la obra de dieciocho aguafortistas, pintores todos de renombre que estuvieron además muy ligados en su trayectoria profesional a la Calcografía Nacional.

Paisajes y costumbres

"Las móleculas del ácido dan una carga furiosa y sin cuartel a las del cobre. Entonces la coloración de la plancha en el fondo de la cubeta es tan estupenda, que no ya con palabras, ni con el recuerdo del bello colorido veneciano podría tenerse una idea...", escribía Ricardo Baroja, en 1910, tratando de describir el proceso que el aguafuerte realizaba sobre la inicial plancha de cobre. Un proceso violento que tras su estampación en el papel producía líneas, sombras y luces tenues que aportaban una visión distinta de lo real.

Y así son las obras que se pueden contemplar en la exposición de la Calcografía Nacional: paisajes extrañamente irreales y escenas costumbristas extraordinariamente reales. La selección de aguafuertes exhibida representan distintos momentos expresivos de esta técnica, reflejo de los distintos momentos sociales, políticos y estéticos que va viviendo este país. Desde sus primeros inicios, con las estampas amaneradas y costumbristas de Mariano Fortuny Marsal y las experimentaciones con las calidades tonales y efectos de mancha de Bartolomé Maura, Ricardo de los Ríos, Carlos Verger, José Espinós o Leandro Oroz, a los representantes de los presupuestos estéticos del 98, como Ricardo Baroja y, años después, José Gutiérrez Solana. Todos ellos, pese a sus singularidades expresivas, se sintieron igualmente seducidos por la violencia creativa del aguafuerte.

 

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