Nueva profesionalidad para una profesión paradójica

(...) Aunque es cierto que la educación no puede acabar con las desigualdades económicas ni compensarlas totalmente, distintos autores de todas las perspectivas políticas apuntan a su creciente papel

estratégico para estimular y también compensar los efectos de la nueva sociedad de la información. Giddens (1998, pág. 109), el prominente "guru" de Tony Blair, reitera que hoy "mejorar la educación y el desarrollo de las capacidades" es esencial "sobre todo para los grupos más desfavorecidos". "Invertir en educación es un imperativo de los gobiernos actuales, una pieza clave de la redistribución de posibilidades".
Pero aquí está el dilema. Aunque el profesorado y las escuelas sean los catalizadores del cambio en la sociedad de la información, también son sus víctimas, producto del debilitamiento de la red del Estado del bienestar, de la reducción del gasto público; son víctimas de las sacudidas sufridas por las familias y de la falta de compromiso en relación a la vida social. En muchos sentidos, las fuerzas de la desprofesionalización antes mencionadas, la falta de apoyo, los bajos salarios, las pocas oportunidades para aprender de los colegas, el exceso de trabajo y la homogeneización han continuado intensificándose para el profesorado. Los auténticos apoyos que éste necesita para alcanzar las metas y demandas de la sociedad de la información le han sido retenidos o retirados, dejándole descompensado en sus esfuerzos de realizar grandes avances en su efectividad y profesionalidad. Ésta es una paradoja fundamental de la profesionalidad docente actual.
Pero no todo en el horizonte educativo es oscuro y sombrío. Ahora, la gran mayoría de los gobiernos tienen ante sí el gran compromiso de mejorar la educación. La reducción de la deuda está abriendo oportunidades para reinvertir en bienes sociales, incluida la educación.
En medio de todo ello, uno de los beneficios de la descentralización y la creciente autonomía en la gestión escolar ha sido el fomento de la mejora individual de los centros y la creación de una creciente base de conocimiento centrada en la investigación sobre los tipos de enseñanza y los niveles de ayuda necesarios para crear escuelas con un alto nivel de éxito.
En los próximos años, los docentes tendrán una oportunidad real para aceptar y desarrollar por sí mismos un nuevo tipo de profesionalidad necesaria para la sociedad de la información si:
- Se ven a sí mismos como intelectuales que continuamente buscan investigar y apoyarse unos a otros en el deseo de mejorar.
- Ven una gran parte de su trabajo como una tarea colectiva, y no como algo individual.
- Se apropian de una parte de la agenda de rendición de cuentas y desarrollan unas relaciones más abiertas y profesionales con las familias.
- Se convierten en promotores de cambios productivos, y no en meros ejecutores de los cambios inducidos por otros.
- La dirección de los centros fomenta la colaboración entre el profesorado y la mejora de las relaciones con el alumnado de Secundaria.
- El gobierno proporciona apoyo y asegura que posibilitará la enseñanza y las experiencias que funcionen como comunidades de aprendizaje, que a su vez crearán la sociedad del conocimiento.
- Trabajan con las familias y otras entidades para crear un movimiento social de reforma educativa bien fundamentada que los gobiernos se vean impulsados a seguir.

Andy Hargreaves
Cuadernos de Pedagogía. Abril 2000.

Educación y consolidación democrática

(...)La democracia no es algo cerrado ni acabado, sino un proceso amplio y dinámico en el que todos los ciudadanos deben involucrarse en mayor o menor grado, La construcción de la convivencia democrática sólo es posible desde la participación. Evidentemente, no se trata de intervenir de forma indiscriminada, lo que, sin duda, tendría unas consecuencias adversas y no deseadas, sino de establecer los cauces adecuados para que cada cual tome parte eficazmente en los procesos decisorios. La participación democrática, por tanto, es fundamento de la convivencia y ha de cultivarse oportuna y convenientemente. Desde esta perspectiva, la educación brinda la posibilidad de que las personas se abran a participar activa, libre y responsablemente en los asuntos de la vida social. Una educación así entendida, con apoyatura ética, se orienta a la capacitación de ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes y auténticamente comprometidos con la mejora de la comunidad, sin que ello les lleve a renunciar a su singularidad. En puridad, podemos hablar de una "educación cívico-política" que acontece por y para la participación, dado que emerge en un ambiente democrático facilitador de un comportamiento congruente. Llegado este punto es preciso señalar que no se pretende ni reducir el proceso educativo a forjar ciudadanos -ya Ortega y Gasset advertía que el ser humano es mucho más- ni subordinar la educación a la política. Al mismo tiempo, claro está, la formación para la ciudadanía es necesaria, aunque no suficiente. La participación y la convivencia se aprenden en un clima de apertura, respeto e intercambio. En nuestras sociedades cada vez más plurales y multiculturales hay que evitar que salte la chispa de la violencia en forma de exclusión, abuso de poder, etc.; lo que justifica la intervención educativa dirigida a desarrollar la propia identidad, así como a reconocer, a acoger y valorar lo diferente. Esta educación, pues, se orienta a promover valores propios de la vida democrática y necesarios para su consolidación. Nos referimos, entre otros, a la tolerancia, la solidaridad, la cooperación y la comunicación; puntales y garantes de las relaciones armónicas y saludables, tanto en el ámbito privado como en la esfera pública, Por variadas vías y con diversas técnicas psicopedagógicas se podrá cumplir este objetivo. Lo importante es que el sistema educativo no renuncie a la formación de actitudes y valores favorables a la cultura de la participación. No hay que pasar por alto que, en democracia, los presagios que contiene el dicho "o jugamos todos o se rompe la baraja" se conjuran con "actividad lúdica" constructiva que requiere el concurso de todos.

Valentín Martínez-Otero
La Razón. 12-abril-2000

La desigualdad en la enseñanza francesa

Hoy, cerca del 80 % de los jóvenes acceden al liceo y más del 61 % de una generación consigue terminar el bachillerato. Pero este efecto en masa disimula disparidades profundas. La evaluación anual del conjunto de los liceos franceses, llevada a cabo por la Dirección de la Programación y del Desarrollo del Ministerio de Educación Nacional, permite aclarar la cuestión de las desigualdades en nuestro sistema de enseñanza.
Sobre el conjunto de 2.371 licéos, el "potencial" (cifra que mide la que debería de ser la tasa de éxito en el bachillerato de los alumnos que entran en secundaria, teniendo en cuenta su edad y su origen social, así como si su centro obtiene los mismos rendimientos que la media nacional) varia del 37 % al 82 %. Esto significa que, en función de las características de su alumnado, es posible "prever" el éxito o el fracaso de los alumnos. Y esto significa, sobre todo, que existen tres fuertes desigualdades entre los centros: La distancia social se expresa menos hoy en día por el acceso o no acceso al liceo, que por la diferencia entre liceos y, dentro de estos, por la diferencia entre las distintas ramas por las que se pueden optar.
La escuela, en su conjunto, se presenta como una cierta garantía de mezcla de grupos sociales y se debe luchar contra todo tipo de discriminación social. Sin embargo, la composición del alumnado de los liceos está lejos de reflejar tal situación. Los centros tienen a convertirse cada vez más en homogéneos.(...).

Le Nouvel Observateur. 5-abril-2000

La educación para todos, el gran
reto del siglo XXI

(…) Con frecuencia se ha responsabilizado a las agencias internacionales, como la Unesco, del fracaso en la concreción de los compromisos internacionales logrados en las cumbres promovidas por las Naciones Unidas, pero ello es tanto como matar al mensajero para silenciar la verdad. Y la verdad es que sólo los Gobiernos disponen de los recursos –unos más y otros menos, es cierto- y, sobre todo, de los instrumentos políticos para orientarlos hacia ese objetivo que es la educación básica universal. La educación para todos a lo largo de toda la vida ha sido el eje que ha orientado la estrategia de la Unesco en la última década, pero su capacidad de acción es bien limitada en el marco de una comunidad internacional que voluntariamente ha dejado en manos de una supuesta virtud autorreguladora del mercado cuestiones sociales esenciales.
En una perspectiva a la vez cultural y social, el gran reto del siglo XXI es que la educación llegue a todos y que, favoreciendo un proceso de formación continua, sea realmente un instrumento de integración social y de adaptación dinámica a los escenarios cambiantes que compone la sociedad de la información basada en las nuevas tecnologías, donde el papel del maestro, del educador –que despierta la creatividad latente en cada alumno, que transmite principios y forja actitudes- es más importante que nunca. Se trata de derribar el apartheid escolar y universitario, en plena expansión, y reconstruir la educación como proyecto ciudadano de formación cívica y de igualdad efectiva de oportunidades para todo el mundo. Las organizaciones sociales del Sur y las ONG del Norte especializadas en cooperación para el desarrollo se han movilizado para que en el Foro de Dakar se tomen decisiones efectivas para lograr el objetivo de educación básica universal para el año 2015. ¿Van a estar los Gobiernos y las instituciones internacionales a la altura de la sociedad civil?

Federico Mayor Zaragoza
El País. 24-abril-2000.

 

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