Enseñar a convivir para evitar la violencia

(...) Estudiar es duro, lo sabemos todos los que hacemos de esto un trabajo diario. Además, se estudia para algo. El logro, no necesariamente material, pero al menos visualizado como algo bueno venidero, estimula el proceso de aprendizaje si éste incide, aunque sea indirectamente, en el proyecto vital del aprendiz. Pero para ello debe existir una cierta coherencia entre la tarea y la recompensa. El escolar debe creer en su futuro y en el de sus iguales, para que su autoestima personal estimule su aprendizaje y acepte una enseñanza que le garantice, al menos en alguna medida, que lo que hace será, alguna vez, bueno para él y ella. Mi pregunta es: ¿estamos dándoles a los jóvenes esperanza e ilusión para que crean en ellos/as, y por tanto, se esfuercen?, ¿Cómo hacer para que el joven atribuya sentido y significado a lo que hace allí?, ¿Hemos dicho, de alguna forma, a nuestros jóvenes, que lo que se hace en la escuela tiene mucho que ver con lo que será luego importante?, ¿Lo tiene?
Porque a la escuela obligatoria se va a estudiar y a vivir con los que después serán vecinos, amigos, compañeros de trabajo, o simplemente ciudadanos como nosotros. En la escuela se pasa mucho tiempo, durante el que hay que vivir bien, respetando y siendo respetado, para aprender a vivir digna y democráticamente; es decir, afrontando la vida personal y los conflictos sociales, respetando las reglas de un juego democrático, que nos coloca frente a los demás como iguales en derechos y deberes. Pero, ¿Qué sabemos de la vida en el colegio y en el instituto? ; ¿con qué códigos, hábitos, convenciones y pautas de relaciones conviven nuestros escolares?
Decía Dewey que el alimento de la democracia, como sistema político basado en el Estado de Derecho, es el ejercicio de la convivencia democrática en la escuela comprensiva, que es una escuela de todos/as y para todos/as. La violencia es, en sentido estricto, el comportamiento más antidemocrático de todos, porque supone la coerción, el abuso y el dominio prepotente de uno sobre otro. En la escuela obligatoria surgen y surgirán siempre conflictos, ¿estamos educando a nuestros escolares para enfrentarse a ellos de forma negociada, solidaria, justa y democrática? La respuesta debemos darla todos, no sólo los docentes, que también. Si por ignorancia, o dejadez permitimos que se eleve la presencia de fenómenos de violencia en nuestras escuelas, estaremos poniendo en riesgo los valores de nuestra joven democracia y acercándonos al siniestro panorama del totalitarismo, el fundamentalismo, la xenofobia y el racismo, que vemos como nube amenazadora en algunos lugares no muy lejanos.

Rosario Ortega. El País, 3-abril-2000

Treinta años de declive del sistema educativo estadounidense

Este año electoral puede finalmente traer a los estadounidenses cara a cara con el fracaso de su sistema educativo. La confrontación será penosa. 30 años de declive no pueden ser fácilmente cambiados de signo. Pero, si se pueden sacar las lecciones correctas, éstas podrían hacer de nuevo a las escuelas estadounidenses modelos para el mundo.
Los candidatos presidenciales lo saben. Al Gore dedicó el 24 de marzo a un un centro de secundaria, entregado a discutir sus "mejoras revolucionarias" con alumnos y profesores. El mismo día, George W. Bush fue a un instituto de bachillerato en Arkansas, para proclamar sus planes radicales. Ambos sonaban como si se estuviesen presentado a candidatos a Superindentes de la Educación Nacional(...)
El sistema educativo estadounidense se encuentra en la misma clase de crisis a la que hizo frente la industria automovilística de Detroit antes de que las importaciones japonesas los destruyesen en la década de los ochenta. Profesores y padres son desagradablemente conscientes de que algo está mal, pero tienen poca idea de que hasta que punto están las cosas mal. En cuarto grado (10 años), los niños estadounidenses puntúan mejor en lectura (en el amplio sentido de comprensión de textos, no saber leer sin entender lo que se dice) y ciencias, que la mayor parte de los alumnos de otros 20 países, y están en torno a la media en matemáticas . En octavo grado todavía son ligeramente mejores que la media en matemáticas y ciencia, pero caen por debajo en lectura. Al llegar al grado duodécimo, están debajo del 95% de los niños de otros países. Cuanto más tiempo están los niños en las escuelas estadounidenses, peor parecen ir (...).

The Economist. 1-abril-2000.

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