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La violencia juvenil
Una encuesta reciente de la Conselleria de Governació
de Catalunya sitúa la "violencia juvenil" --así de
genéricamente-- como el más acentuado de los temores ciudadanos,
por delante de la droga, de los robos y otros tipos más habituales
de inseguridad. Parece que preocupa especialmente la violencia juvenil.
Quizá sea porque causa una herida al narcisismo social que ha hecho
de la juventud un mito estético y mercantil; y probablemente también
porque es una inconcebible explosión de maldad en una juventud
"que lo ha tenido todo en la vida". Algo está fallando,
nos decimos, pero no nos atrevemos a remover demasiado este turbio asunto.
Cuando una sociedad tiene miedo de sus miembros jóvenes, como parece
indicar tendencialmente esa encuesta, algún eslabón educativo
se ha roto en la cadena generacional. Pero los ciudadanos no se explican
esa violencia juvenil que produce temor y sorpresa. Es esa ausencia de
causalidad, de motivos, lo que la hace aparecer como más temible
aún. Necesitamos de alguna razón cercanamente humana, sea
la pasión, el dinero, la ideología o la bandera, para que
la violencia se nos haga comprensible. La violencia juvenil nos parece
gratuita porque no entendemos qué odio la enciende, de dónde
nace y en qué fuentes bebe para mostrarse tan impasible y dura.
Sin embargo, hay algunas cosas que decir al respecto. En primer lugar,
que la violencia pública, a diferencia de la doméstica,
es una conducta que se muestra a sí misma con una prepotencia soberbia.
Una presencia que se ve amplificada por los medios de comunicación,
que sin duda cumplen con su función informativa. Esa publicidad
es un estímulo añadido para los violentos, que ven potenciado
su protagonismo. Es, además, una violencia gregaria y furtiva,
que necesita del grupo para mostrarse. La elección de las víctimas
suele basarse en estereotipos banales contra el diferente: negro, homosexual,
mendigo o simplemente extranjero. Fabricarse una imagen simple del otro
y demonizarlo es un proceso de reducción moral que utilizan
los jóvenes violentos para negar la condición de humanidad
al otro y tener así una razón para su conducta.
Por otra parte, la adolescencia es un momento vital de enfrentamiento
simbólico y real con la sociedad adulta, con las opiniones comunes.
Esa voluntad de ruptura puede llegar a ser muy positiva si socialmente
se puede canalizar y personalmente se logra hacerlo con acierto.
Pero lo lamentable es que algunas actitudes juveniles, violencia incluida,
se adoptan a imitación de un estilo muy común entre los
adultos. Un estilo vital agresivo, intencionadamente grosero y maleducado,
una manera de vivir que oscila entre un hedonismo banal, el rechazo del
esfuerzo y la irresponsabilidad moral. Es la jactancia del prepotente,
del que humilla, vence al prójimo y ríe de su astucia. Y
con frecuencia también es una mera exaltación del músculo
y de la más torpe fuerza bruta.
Los jóvenes violentos producen temor por tratarse de una violencia
pública en dos sentidos. El primero se refiere al público
a quien brindan el espectáculo de su brutalidad: ellos mismos.
Para esos niñatos de huecas cabezas rapadas, o para esos universitarios
de cabezas lavadas con dudosos champús ideológicos, ellos
mismos son su público más importante. Su violencia se ejerce
como ritual de adscripción, como prueba de fuego para ser aceptado
en el rebaño como un clónico mental. Nunca la violencia
es gratuita porque siempre tiene un sentido para el que la ejerce, aunque
él mismo no alcance a comprenderlo.
Analfabetismo moral verdaderamente chocante en unos jóvenes con
años y años de escolarización. Actitudes violentas
condenables que no admiten matices. Conductas descerebradas que se imponen
a lo bruto y sin la evaluación de la conciencia individual, sometida
a la doble presión del grupo y de una biografía sin referentes
morales. La violencia necesita ese doble vacío, de identidad personal
y de moralidad social, para disparar su odio.(...)
Fabricio Caivano. El Periódico. 7 de enero
de 2000
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El criticismo constante desamina
a los profesores de primaria británicos
La mayor parte de los profesores de primaria dicen
que se sienten desmoralizados, con exceso de trabajo e infravalorados,
pero se sienten sostenidos por el amor al trabajo con niños,
de acuerdo con una encuesta publicada hoy por el Sindicato Nacional
de Maestros.
Alrededor del 97% de los profesores encuestados consideran a los niños
como un aspecto positivo de su trabajo. Cerca de uno de cada cinco mencionan
el tiempo gastado con alumnos tras las actividades escolares como una
agradable parte de su labor.
La encuesta, sobre una muestra de 168 profesores de Inglaterra y Gales,
encuentra que la mayoría de ellos siente la mayor presión,
después de con el trabajo de papeleo, con la implementación
de las iniciativas del gobierno. Y quieren más tiempo fuera de
las clases para el papeleo y la preparación de las lecciones.
De acuerdo con el sindicato, pocos profesores de primaria pueden tienen
concedido tiempo sin contacto con los alumnos: un pequeño número
consigue 30 minutos a la semana.
Más de una cuarta parte de los entrevistados siente que las inspecciones
de la Oficina de Niveles de Educación (Ofsted) y el "constante
criticismo" son las mayores presiones. Un maestro con 30 años
de experiencia declara: "Los buenos profesores nunca hacen sentirse
inadecuado a un niño, pero a los buenos profesores se les hace
sentir inadecuados cada día de su vidas docentes, con el ‘debe
intentarlo más duramente’ en cada informe de fin de trimestre".
Una profesora confiesa que se sintió "desinflada y descorazona,
debido a los insultos regulares y los comentarios negativos hacia la
profesión docente". Un profesor con 20 años de experiencia
pide: "Dejad de estar a nuestras espaldas y permitir a nuestro propio
juicio profesional y especialización conseguir lo mejor de nuestros
niños" (...)
The Guardian 3 de enero de 2000
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