Resulta ya habitual escuchar a los profesores de la Educación Secundaria Obligatoria lamentarse del escaso interés que demuestran sus alumnos por la lectura, actividad que ha sido reemplazada, en muchos casos, por la contemplación de ciertos programas televisivos que constituyen un atentado contra la inteligencia y el buen gusto. La autora del presente artículo explora y analiza este desinterés por la lectura y plantea diversas opciones para el fomento de la Literatura en el ámbito educativo.

Lectura lúdica en la ESO:
Qué literatura leer

Carmen Torres Ferrer
Profesora del IES "Peset Aleixandre" de Paterna, (Valencia)

QUELLAS obras funda-

mentales de nuestra historia literaria que en tiempos no muy lejanos llenaban parcialmente el ocio de cualquier adolescente que aspiraba a ingresar en la Universidad -y que formaban parte de su acervo cultural- son hoy desconocidas para demasiados alumnos. La divisa de Terencio "Hombre soy y nada de lo que es humano me es extraño" ha perdido su antaño vigor; y el desconocimiento de la Literatura por parte de un amplio sector de la población obligatoriamente escolarizada en el tramo de los 12-16 años está teniendo repercusiones negativas incalculables en su formación integral, en tanto en cuanto frena el desarrollo armónico de la personalidad: el mundo de la Literatura ni puede -ni debe-, en efecto, quedar al margen de una educación que ha de perseguir como meta el aprender a ser, potenciando los aspectos intelectuales, afectivos, físicos y espirituales de la persona.

Y son muchos los alumnos de la Educación Secundaria Obligatoria que, a pesar de los esfuerzos de sus profesores por despertar en ellos el sentido de la apreciación estética que el acercamiento a cualquier texto literario lleva aparejado, rechazan de plano la lectura de los romances medievales, de la novela picaresca, de las odas de Fray Luis de León, de los grandes poemas de Luis de Góngora... -obras cuya lectura y estudio en su contexto histórico contempla, ciertamente, el currículo oficial de Lengua Castellana y Literatura-; y, a pesar, también, de los esfuerzos que el mundo editorial viene haciendo por proporcionar a los escolares ediciones de las grandes obras de nuestra tradición literaria que, por su indiscutible valor didáctico, resultan muy atractivas, especialmente para lectores que desconocen el contexto sociocultural en que están insertas.

El desinterés de muchos alumnos por la Literatura -y no sólo por la medieval o la de los Siglos de Oro, sino por la recogida en el currículo normativo, sea de la época que fuere- ha llevado a ciertos profesores a buscar en la literatura juvenil actual el revulsivo que pueda despertar la afición por la lectura. Pero esta actitud (que podría responder al intento de "fabricar" primero un lector -sin adjetivos- para, después, convertirlo en un "lector culto") no es compartida por otros profesores, que consideran esta clase de lectura como un simple divertimento, sin trascendencia alguna en la formación los alumnos (algunos docentes llegan a hablar, incluso, de "subliteratura") y que se limitan a exigir el conocimiento de la Literatura que el currículo oficial preceptúa, para garantizar así ese mínimo nivel cultural con el que se debería abandonar la escolarización obligatoria.

Adecuación de los textos

Es obvio que un texto puede poseer una altísima calidad literaria y resultar del todo inadecuado para ser entendido y valorado por jóvenes lectores; tanto más inadecuado cuanto más difícil sea el estilo, en especial si la complejidad del léxico, de la sintaxis y de los recursos estilísticos empleados por el autor obstaculizan en alguna forma la comprensión del sentido global del texto. Y aquí radica, a nuestro entender, la principal causa del rechazo, casi generalizado, que la literatura castellana medieval provoca en los alumnos de la Educación Secundaria Obligatoria; alumnos que deben afrontar -en tercer curso y con 14 años recién cumplidos- la lectura de fragmentos del Poema del Cid o del Libro de Buen Amor.

Por otra parte, es de justicia reconocer el esfuerzo de muchos de nuestros autores actuales, empeñados en hacer asequible a jóvenes y adolescentes el fenómeno literario; autores que escriben pensando en ellos y cuyas obras abordan los problemas que son propios de la adolescencia y de la juventud. Su forma de "hacer literatura", que no desmerece de otra cualquiera digna de tal nombre, está logrando, en buena parte, el fomento del hábito de la lectura entre los jóvenes. La relación de estos autores -españoles- sería interminable; pero, por citar algunos, valga este botón de muestra: Manuel Alfonseca, Fernando Almena, Manuel L. Alonso, Bernardo Atxaga, Consuelo Armijo, Jesús Ballaz, Lucía Baquedano, Mercedes Chozas, Montserrat del Amo, José Antonio del Cañizo, Juan Farias, Elena Fortún, Alejandro Gándara, Joan Manuel Gisbert, Alfredo Gómez Cerdá, Carmen Kurtz, Fernando Lalana, Concha López Narváez, Juan Madrid, Andreu Martín, Fernando Martínez Gil, Antonio Martínez Menchén, Miguel Ángel Mendo, José Maria Merino, Juan Muñoz, Carlos Murciano, José Luis Olaizola, Carlos Puerto, Jaume Ribera, Jordi Sierra i Fabra, Emili Teixidor, José Luis Velasco... Y son muchas las colecciones de narrativa juvenil que gozan de merecido prestigio: "Espacio abierto" -de Anaya-, "Periscopio" -de EDEBÉ-, "Alfaguara Serie Roja" -distribuida por Santillana-, "El gran angular" -de SM-, etc., etc.

¿Qué debería leer, por tanto, un alumno de la Educación Secundaria Obligatoria? Una posición ecléctica -por la cual abogamos- combinaría la lectura de las grandes obras de autores consagrados de la literatura intemporal -lectura guiada por el profesor, para garantizar una comprensión más satisfactoria- con obras propias de la literatura juvenil actual, capaces -por su temática y lenguaje- de intensificar el placer de leer y de implicar al lector en dichas obras

.Clásicos de la literatura juvenil

Pero quisiéramos, al mismo tiempo, recuperar para el aula la lectura de los clásicos de la literatura juvenil, que destacan, precisamente, por su alta calidad literaria. Y para ello hemos de incorporar a la biblioteca del Centro -y a la personal que cada alumno debe ir formando- ese mínimo de títulos capaces, por sí mismos, de satisfacer al más exigente de los lectores; obras salidas de la imaginación de Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Alexandre Dumas, Emilio Salgari; Charles Dickens, Oscar Wilde, Marc Twain, Rudyar Kipling; Herbert George Wells, Walter Scott, Edgar Allan Poe, Jack London, etcétera.

En cualquier caso, la labor del docente en la formación del lector es decisiva. Porque es a nosotros, los docentes, a quienes corresponde ofrecer a los alumnos títulos rigurosamente seleccionados: textos cuyo contenido sea lo suficientemente sugestivo como para atraer de inmediato la atención del adolescente y entronquen con el mundo de sensaciones, sentimientos y vivencias en que aquél se desenvuelve; textos que no pongan limitaciones infranqueables a sus posibilidades reales de comprensión y expresión, lo que es tanto como decir que ni el léxico ni el tipo de sintaxis deben complicar su cabal intelegibilidad; textos cuya lectura ayude decididamente en ese proceso de "aprender a ser" en el que todo adolescente de halla inmerso -el más difícil de enseñar de todos los contenidos- y que debe constituir el objetivo último en que converjan todos los esfuerzos educativos.

Si educar es algo más que la simple transmisión de conocimientos, la lectura placentera de buenos libros -de los clásicos de la literatura juvenil, por ejemplo- está llamada a convertirse en el mejor aliado para contribuir al desarrollo global y armónico de la persona, potenciando sus capacidades cognitivas, el sentido estético, la capacidad crítica, e incluso la dimensión espiritual y trascendente. En definitiva, la lectura ayuda a que el alumno despliegue todo su potencial intelectual y afectivo para "aprender a ser uno mismo"; y, a través del disfrute de los valores culturales, para llegar a ser más libre y, por tanto, más justo y solidario.

Porque -y en definitiva-, al poner en manos de nuestros alumnos obras rigurosamente seleccionadas de autores que gozan de indiscutible prestigio en el campo de la literatura juvenil, los docentes no sólo estamos contribuyendo a que mejoren sus niveles de comprensión y de expresión, sino que también les estamos ayudando a fomentar una conciencia de lector que les habrá de permitir, desarrollando el gusto propio, entrar en contacto con los mejores maestros de lectura: los buenos libros.

 

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