La reforma educativa

Claro que España resulta original en muchos aspectos de todos conocidos (demasiados, quizá, con un carácter folclórico: los toros, la siesta...). Sin poseer tal naturaleza, pero sí en el inventario de rasgos idiosincrásicos nacionales, se halla el permanente estado de reforma de la enseñanza en todos sus niveles: los que van desde la escuela a la universidad.

Y es que, en los últimos lustros, no ha habido ministro de Educación sin un proyecto novedoso en su cartera. Éste, además, tenía que suponer un giro radical respecto de lo precedente, que arrumbara lo anterior por caduco, por inservible, porque no concordaba con los avances pedagógicos y tecnológicos de los nuevos tiempos. Y así, ha habido proposiciones verdaderamente pasmosas, como aquella de aquel ministro del régimen anterior que quiso hacer coincidir el año académico con el natural. Se llegó a implantar, pero la experiencia duró afortunadamente poco. O la de otro del actual régimen democrático que, al anticipar la edad de jubilación de los profesores a 65 años, frustró acortándola la carrera brillantísima de tantos universitarios.

Simultáneamente, en los planes de estudio de la enseñanza media se sucedían los ensayos renovadores. Y, así, sobrevinieron la EGB, el BUP, la ESO, ahora el bachillerato (mote de los dos cursos sustitutos del COU). Y el ministro Rajoy anuncia ya inminentes alteraciones: al parecer, es necesario potenciar los estudios humanísticos, porque los alumnos de este ciclo terminan con insuficiencias muy notables: apenas son capaces de articular ideas, sobre todo por escrito; por supuesto, con infinidad de faltas de ortografía; no saben situar Logroño en el mapa de España, y son incapaces de ubicar temporalmente a Carlos III. El fracaso político de los partidos en asegurar a los ciudadanos una educación decorosa parece fuera de toda duda. Lo prueba este estado de provisionalidad de los planes de estudio, y también las quejas continuas de los profesores y de los padres, los cuales, en una gran mayoría, observan en sus hijos carencias que ellos no tuvieron. (...)

La razón de tal deterioro obedece a un sinfín de causas, muchas de ellas externas al proceso educativo: la masificación, la preparación apresurada del profesorado, la oferta amplísima de ocio y la fuerza seductora de la publicidad al ofertarlo, etc. Todos ellos son motivos importantes que deben ser afrontados con interés y clarividencia. Pero también intervienen en esta situación insatisfactoria factores de orden estrictamente pedagógico, intrínsecos al sistema mismo de la enseñanza. Y hay que corregirlos porque tienen una importancia decisiva.

Quiero referirme a uno de ellos de manera preferente, promovido por la pedagogía actual, tan omnipresente en los despachos oficiales, y que goza de la mayor influencia en los procesos educativos. Es el que sostiene la creencia de que el aprendizaje es una actividad que no implica necesariamente un esfuerzo personal vigoroso. Dicho de otro modo, muchos pedagogos (y también psicólogos) manifiestan que programar una actividad intelectual intensa en los chicos es insano, porque puede causar en ellos trastornos psíquicos de difícil solución. La enseñanza ha de ser, pues, sólo persuasiva, nunca impuesta; la facultad de la memoria simplemente no cuenta, sólo la comprensión y el razonamiento. El profesor es también compañero y amigo: y no pregunta en clase si no es a la manera socrática.

Hace ya algún tiempo, pude leer un artículo en Le Figaro Magazine, en el que un grupo de profesores presentaba una parodia de tal situación a través del enunciado de un problema de matemáticas, en la historia de la enseñanza: desde la tradicional (no más allá de 1970), hasta la renovada de nuestros días. Éste es el proceso. Antes se nos planteaba así, con toda su crudeza: "Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 pesetas. Sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta. ¿Cuál es su beneficio?" Los pedagogos de los 70, que ya empezaban a emerger, lo consideraron perverso y optaron por rebajar la dificultad del planteamiento; en los nuevos libros de texto se enunciaba: "Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta, esto es, a 800 ptas. ¿Cuál es el beneficio?" Pero para los de los años 80, y los de ahora, el enredo era aún excesivo; y puesto que los chicos podían padecer alteraciones neuronales, la cuestión se planteó definitivamente así: "Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Los gastos de producción se elevan a 800 ptas, y el beneficio es de 200 ptas. Actividad en clase: Subraya la palabra patata y discute sobre ella con tu compañero".

Naturalmente, se trata de una simplificación. Pero no es del todo desacertada. Hace pocos días, los rectores de universidad sugirieron el retorno de las antiguas reválidas como un medio más para atajar el progresivo decaimiento de la enseñanza. La reacción de los organismos estatales (y de sus pedagogos) fue inmediata: de ningún modo. Un alto cargo de cierta comunidad llegó a afirmar que tales pruebas tenían connotaciones franquistas y constituirían un abuso antidemocrático. No parece que eso sea así. No avanzaremos en la calidad educativa de nuestro sistema mientras no se llegue a la convicción de que aprender exige desvelo y esfuerzo personal; y que depende también de una capacidad que no todos tenemos.

Fernando A. Lázaro.
La gaceta de los negocios.
3-Noviembre-1999

 
 

Educación, educación

Educación, educación. Muy especialmente desde principios de los noventa, en casi todos los países occidentales, aumentan las críticas y proyectos de reforma de la enseñanza. Los programas de los partidos políticos, singularmente los progresistas, no han dejado de hacerse eco de esta permanente preocupación y reivindicación social.

Entre los norteamericanos, flagelados por los informes del profesor Allan Bloom, la propia idea imperial había entrado en crisis ante la evidencia de que la enseñanza no estaba a la altura, ni cubría las reales necesidades. Igual a nivel primario que universitario, en términos generales fallaban el Estado y su docencia.

En Europa la onda crítica no ha sido menor. Incluso en la vecina Francia, generalmente bien equipada, siguen hoy las oleadas de protestas, que surgen lo mismo entre el alumnado que en el magisterio, que en los mejores tiempos ocupó un lugar de privilegio entre la pedagogía universal.
Pero no todo es eterno y nadie, ni el más pintado, puede dormirse en los laureles. Las grandes corrientes migratorias, sumadas a la explosión escolar, han sido causa principal del descenso de la calidad de la enseñanza y de otros déficits culturales, en varias zonas europeas y norteamericanas. En los países que han recuperado, o se han abierto, a la democracia y sus libertades, la adaptación a la libre enseñanza por un lado ha mejorado los niveles, pero por otra parte la educación se ha resentido.

Una confusión mental se ha generalizado entre la población escolar y entre sus propios progenitores, cebándose principalmente en el papel del magisterio. Es un estamento profesional sometido a una absurda degradación, cuando, en una sociedad que se precie de culta, a maestros y profesores corresponde ocupar uno de los lugares prominentes de la escala social. Siempre, como es lógico, que consigo vaya una formación adecuada, apoyada en una recomendable vocación, por no decir ineludible.

En este sentido de reconocimiento de la categoría de la profesión de educando, en el sector privado parece ser que, de un tiempo a esta parte, se vive un periodo de rehabilitación allí donde había decadencia. En cambio, en la escuela pública el docente padece los efectos de una intolerable tiranía, que llega hasta la violencia. Un deterioro responsabilidad de las administraciones públicas. En cierta medida, afecta también al colectivo de padres de familia que tienen el deber de colaborar, en lo posible, a restaurar el respeto y la mínima obediencia, sin los cuales no hay disciplinas que puedan impartirse.

Ante todo, es una cuestión de medios que deben prever los presupuestos prioritariamente. Pero, a un mismo tiempo, es un problema de mentalización capaz de acabar con unas modas pretendidamente democráticas, consecuencia de una masificación que ha hecho más dificil el arte de enseñar y educar y hasta el de la convivencia.

El mayor o menor grado de calidad de la enseñanza tiene una influencia determinante en la esfera de lo social. Hoy, con la revolución técnica y la competencia que acarrea la globalización, el mundo del trabajo depende de una más sólida formación si quiere ser el soporte de un más elevado nivel de vida o un medio de digna condición humana. Sobre la docencia recae la principal responsabilidad. Con el auxilio, es cierto, de los nuevos medios propios de la "era de la información" sobre la que Manuel Castells, el sabio profesor catalán de Berkley, nos ilustra desde su obra lúcida y magistral.

"Numerosos alumnos no tienen el nivel suficiente y las clases son hoy de una heterogeneidad dificil de tener a cargo" reconoce el pedagogo francés Jacques Billard. De todos modos, señala que "la escuela, por naturaleza, no tiene competencia posible". A su vez, el profesor Castells lanza un mensaje optimista, afirmando que "el trabajo humano producirá más y mejor con un esfuerzo considerablemente menor, y el trabajo mental reemplazará el esfuerzo físico en los sectores más productivos de la economía. Sin embargo, -avisa- de cómo se distribuya esta riqueza dependerá a nivel individual, del acceso a la educación".

Jaime Arias.
La Vanguardia.
31-Octubre-1999

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