La selectividad está presente constantemente en el ánimo de los estudiantes y de la sociedad en su conjunto. Curso a curso se celebra la prueba como si de un ritual se tratara. Se habla constantemente sobre ella desde puntos de vista extremos. Unos abogan por su desaparición inmediata; otros entienden que es un mal necesario, aunque haya que modificar aspectos que mejoren la imagen. En el presente artículo, su autor abre un espacio de reflexión y debate sobre la función y naturaleza de estas pruebas, cuya reforma es inminente.
La "nueva" reforma de la selectividad

Ángel Cervera Rodríguez
Doctor en Filología y catedrático de Lengua y Literatura

I que decir tiene que la se-

lectividad nunca ha tenido buena prensa. Muchos la consideran inútil, aunque eficaz para los fines que en principio se proponen los responsables de la educación. Hasta el momento se han aducido razones de espacio escolar universitario para defender la necesidad de la selectividad. ¿En qué se apoyan? Se trata fundamentalmente de establecer un criterio "muy discutible" en el orden de la calificación para acceder con prioridad a las plazas universitarias ofertadas. Quiere decirse que la selectividad cumple una función claramente disuasoria y limitadora de la libertad de elección en una sociedad que defiende la igualdad de oportunidades.
En un sistema educativo que propugna la obligatoriedad de la enseñanza y la necesidad de que todas las personas tengan las mismas posibilidades, resulta al menos chocante que la selectividad sea un parapeto desvirtualizador del sistema. Está claro que las instituciones de la educación han de buscar los medios para lograr que las personas a las que educa bajo el paraguas de la libertad puedan elegir libremente llegado el momento de hacerlo. No valen los argumentos "liberaloides" de que no hay plazas para todos. No todo parece tan simple. Cualquiera que haya seguido durante los últimos años el proceso de las pruebas de selectividad sabrá que el número de alumnos que llega al último curso de Enseñanza Media, COU en el anterior sistema o 2º de Bachillerato en el actual, no supera el 50% de los que se matricularon inicialmente en 1º de BUP o 3º de la ESO. También podemos comprobar que de este 50% aproximadamente el 60% aprueba y tiene abierta la puerta de presentarse a las pruebas. Pues bien, cerca del 90% de este porcentaje sobrepasa el nivel exigido. ¿Para qué sirve la selectividad si no para saber si los estudiantes formados por las instituciones educativas han alcanzado los objetivos previstos y han demostrado la madurez que la sociedad les supone? Creo sinceramente que ahí debería acabar el proceso y permitir que todos los que la hayan superado pudieran continuar los estudios en los que creen rendir mejor sin impedimentos aparentes.

Procedimientos de control
La selectividad no debería suponer ningún trauma para nadie. Está claro que la sociedad y el Estado que garantizan la educación deben establecer procedimientos de control y de corrección de la aplicación del sistema educativo que tienen encomendado. Sin ponerme del lado sin más de los defensores de la selectividad, entiendo que alguna propuesta habrá que contemplar para evitar desigualdades y disfunciones en la proyección de la enseñanza que se imparte. Todos estamos en la idea de que la aplicación de la educación resulta compleja. Las instituciones ministeriales y autonómicas deben velar por la eficacia y el funcionamiento tanto en los centros públicos como privados. La dificultad reside en que la diversidad en los planteamientos y en la aplicación concreta puede llevarnos a perder el norte. Si a lo largo de la ESO se permite que los alumnos promocionen sin muchos obstáculos, ¿por qué se produce una barrera infranqueable en otro tramo de la educación una vez alcanzado el nivel suficiente?
Ya hemos visto que en la última propuesta ministerial, a pesar de voces surgidas en los medios de información recordando la necesidad de las reválidas del pasado, se recoge una modificación de la selectividad. Ya podemos decir que el Consejo Escolar de Estado, en reunión celebrada el 13 de septiembre de 1999, ha aceptado y ha dado el visto bueno a la propuesta del MEC sobre los cambios de la selectividad. Pero, ¿qué se pretende con ello? Es evidente que no modifica lo sustancial, que consistiría en que los alumnos que aprueben puedan elegir libremente la carrera universitaria que prefieran, sino que desvían el tema e inciden en la burocratización del sistema de la selectividad en lugar de ofrecer soluciones reales. El problema no está en que los alumnos fracasan en la selectividad –aprueban cerca del 90% de los presentados-, sino en el punto del que se parte: hay plazas universitarias limitadas. ¿Cómo podemos aceptar este aserto cuando el paisaje del territorio nacional está sembrado de universidades? ¿Qué pasa entonces? ¿Se crean universidades por necesidad o por motivos de otra naturaleza? ¿Acaso la demanda social va por un lado y las instituciones por otro? Es momento de que recapacitemos todos y analicemos la realidad de manera sensata. En todo caso, habría que arbitrar los medios suficientes en los centros para informar a los futuros universitarios sobre las necesidades que tiene la sociedad, sobre las salidas profesionales, sobre las posibilidades personales en razón de su preparación, sobre las perspectivas inmediatas de los estudios superiores y sobre las directrices de inversión en las universidades en función de las exigencias reales. Si, aun así, el alumno sigue unos criterios y aspiraciones personales en la elección, permítasele equivocarse. El tiempo dará o quitará razones a cada uno, pero la sociedad debe confiar en sus ciudadanos para que podamos a su vez confiar en ella.

Listado de prioridad
A pesar de las modificaciones de la llamada "nueva" reforma de la selectividad se mantienen los mismos males criticados en la anterior. No participo de la idea que subyace en la prensa, por tratarse de un hecho social llamativo cuando se acercan las fechas de selectividad, acerca de que el alumno lucha frente a su existencia y el fracaso. Se deduce de los artículos y comentarios publicados que la selectividad es un peligro que hay que eliminar. Es cierto que tal como está enfocada tiene un valor muy relativo, al servir para formar un listado de prioridad en la elección de carreras. Ahora bien, ¿beneficia este principio a todos por igual? No exactamente. ¿A quiénes perjudica claramente? No siempre los que obtienen mejores notas eligen las carreras de más baja oferta. Además, del total de aprobados sólo el 10% elige la carrera que ha solicitado en primer lugar. No servirá de mucho el que la calificación se obtenga sumando el 60% de las notas de los cursos de Bachillerato y el 40% de las pruebas de selectividad, puesto que a unos ayudará más y a otros menos, pero no va a incidir en el orden de la lista ni en la oferta de plazas. Tampoco va a tener una incidencia grande la posibilidad de presentarse a examen para subir nota un alumno que ha aprobado, puesto que se produce un aplazamiento en los estudios que desea, no garantiza que en las siguientes pruebas esté mejor preparado y la frustración puede ser superior; en última instancia, va a tener que seguir compitiendo con el lugar que ocupe en la lista y el número ofertado de plazas vacantes. Esto choca, a su vez, con la realidad misma: los alumnos que tienen posibilidades económicas tienen garantizada la plaza, tengan o no la nota requerida, en una universidad privada, en tanto que los que no pueden acceder por falta de recursos se ven obligados a aguantar con lo que les toque.
¿Sigue teniendo sentido la selectividad a pesar de todo? En todo sistema educativo deben estar previstos mecanismos de seguimiento y, llegado el momento, ante la diversidad de formas distintas de plantear el rigor de la enseñanza e incluso de factores que pueden contaminar el funcionamiento han de establecerse elementos de control o de comprobación. No llamaría a este proceso "selectividad" por la carga significativa que encierra, pero el Estado debe procurar que la formación de sus ciudadanos esté garantizada públicamente.
Cabría la posibilidad de retomar expresiones como "pruebas preuniversitarias" o "pruebas de madurez", pero lo esencial sería que no tuvieran el rango de eliminación y de restricción en la elección. ¿Qué ocurrirá el día en que todas las facultades y escuelas universitarias ofrezcan muchas más plazas que peticionarios? Ya está ocurriendo en algunas escuelas técnicas, incluso como Agrónomos. ¿Se suprimirá de un plumazo, entonces, la selectividad? ¿Se convertirán las universidades en un reclamo mercantil como si se tratara de un simple producto publicitado? Sinceramente los argumentos que sustentan los criterios de selección caen por su propio peso. Ni siquiera puede sostenerse que los que eligen por posibilidades lo han hecho por convicción. También en estos casos se producen frustraciones y abandonos, como en los que eligen por descarte pueden triunfar profesionalmente. Luego, no hay líneas exactas que regulen, una vez superadas unas pruebas, los comportamientos siguientes. No olvidemos que se trata todavía de una etapa formativa en desarrollo, nada comparable a unas oposiciones.

Materias específicas y materias comunes
Está constatado con datos que las materias en que flojean los alumnos en los exámenes de selectividad son precisamente las específicas que le conducen a la elección de carrera. Se produce la paradoja que alumnos con buenas notas en el Bachillerato y las pruebas de las asignaturas comunes equilibran al alza la nota media que les hace subir en el listado selectivo. Habría que prever, más bien, la forma de que no fueran exámenes concentrados ni necesariamente masificados y procurar la máxima objetividad en los planteamientos y en la valoración de los ejercicios.
Por lo demás, los males que acechan la selectividad siguen estando presentes. Sólo se vislumbrarían nuevos aires si, como en su momento apuntó el ministro, los alumnos que aprueben tienen asegurada una plaza universitaria. Le faltó decir que a todos los alumnos que superen las pruebas se les garantiza la elección prioritaria sea en su comunidad, en su provincia o en cualquier otro lugar del territorio donde la haya. Ahí se produciría un cambio en la política educativa y en un nuevo diseño de la selectividad. No nos engañemos, la retórica de que tienen prioridad siempre los mejores no siempre se cumple y no deja de ser una falacia. Lo que interesa es afianzar la educación y dotarla de los medios necesarios y profesionales para que cumpla la función pública que precisa. Una mayor inversión, una atención más convincente, un seguimiento objetivo (no burocratizado) y un control exigente impedirían el deterioro que la enseñanza pública está sufriendo, mientras otros fines, a veces nada claros, permiten a entes privados cubrir las deficiencias del sistema.

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