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La vida como aventura

El periodista Alfonso Fernández Burgos publica "Al final de la mirada", su primera novela

Alfonso Fernández Burgos se adentra con su primera obra en la dolorosa verdad de la condición humana
Decía su autor en una entrevista que Al final de la mirada (Ed. Tusquets) es una novela de aventuras. Y no miente. Ya desde la primera
espléndida frase Alfonso Fernández Burgos nos propone acompañar al protagonista, Eduardo Cortil, en la empresa colosal de dignificar una vida marcada por el miedo y el fracaso con una muerte a la altura de sus sueños tantas veces rotos.

Madrid. JAVIER SAGARNA
Estamos, pues, ante la aventura por antonomasia, la lucha de un hombre vencido por darle un sentido a su vida, por derrotar con un último arranque de valor al miedo que se la ha descarrilado llenándosela de fracasos y remordimientos hasta convertirlo en una sombra de lo que pudo haber sido y no fue.
Atrapado entre una vida que se le escapa y una muerte cierta, espantado por el horizonte de un dolor físico que se considera incapaz de soportar, Eduardo Cortil buscará reconciliarse con su pasado antes de cumplir con el más imposible de sus sueños heroicos: el espejismo de volar hacia una redención inalcanzable. "Es un ajuste de cuentas con uno mismo", dice Fernández Burgos. "La certeza de su muerte inminente permite al protagonista enfrentarse a los recuerdos olvidados voluntariamente y , al mismo tiempo, aceptar lo que está dentro de nosotros".
Al final de la mirada es una de esas raras novelas que sacuden al lector tanto por lo exquisito de su forma como por la sencilla profundidad de su fondo. La inaudita humanidad de su protagonista hace que a medida que se lee el proceso de identificación sea inmediato.

Madrid y su luz
Pero hay más. Personajes rotundos y vivos, retratados muchas veces con poco más que un gesto elegido con maestría, y Madrid y su luz, el otro gran personaje, el gran contrapunto dramático a la soledad del protagonista. Sara, Helena, doña Angustias, los damnificados del jesuitismo o el viejo juez, su padre, don Elías, que se le aparece como un fantasma para recordarle que es un "cagao", giran en el mundo del protagonista llenándolo de matices y significados. Pero si Madrid, su luz casi sorolliana que resalta la oscuridad del interior de Eduardo, funciona narrativamente como un decorado activo: Madrid con sus taxistas y sus calles, con sus olores y sus brisas al atardecer, es un Madrid a la vez real y ficticio que la prosa de Alfonso Fernández Burgos recrea en la retina del lector y que perfila la figura de Eduardo Cortil de la misma manera que el mar envuelve el cuerpo de un náufrago.

Imágenes del pasado
En el umbral de la muerte, Eduardo Cortil se ve asaltado por las imágenes del pasado, multitud de pequeñas historias de traición, de miedo y de muerte, que el autor va dispersando sabiamente a lo largo de la novela y que acaban por encajar con la precisión casi milagrosa de las piezas de un rompecabezas para formar un todo homogéneo, una vida a través de la cual se desliza perplejo el protagonista. Para el autor, "Eduardo Cortil no quiere que le compadezcan –algo que siempre habían hecho con él- y por eso no le cuenta su problema a nadie. Lo que pretende es ser el protagonistas de sus últimos días y además dejar cerradas pequeñas cuestiones de su vida y su pasado".
Todo encaja: la separación nunca superada de Helena, el luto silencioso de su madre que termina al día siguiente de morir don Elías, el destino de una pistola y sus dos cajas de munición, los años de lucha antifranquista que, lejos de todo cliché, serán el marco de la batalla entre los sueños de heroicidad de Eduardo Cortil y la realidad aplastante de su miedo, un miedo que siempre le ha acompañado y que a partir de entonces toma definitivamente las riendas de su vida. "Un miedo –señala Fernández Burgos- que sólo a las puertas de la muerte Eduardo Cortil se atreverá a volver a desafiar, eligiendo cuando y de que forma morir".
Pero Al final de la mirada es sobre todo una de esas novelas que se leen solas, un prodigio de ritmo, una sinfonía de imágenes y palabras bellísimas que, lejos de estorbar al desarrollo de la acción, la arropan hasta convertirla en un nítido fresco tridimensional que salta de las páginas del libro para atrapar y fascinar al lector. Es una novela amarga y sin embargo se disfruta como una golosina, saboreando sus frases, paladeando cada una de sus contundentes metáforas. Animarse a pasear por las deliciosas páginas de Al final de la mirada es aventurarse en la dolorosa verdad de la condición humana como sólo de la mano del verdadero arte es posible conseguir.

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