"La educación se asocia con valores y la enseñanza con aprendizaje", señala el autor de este artículo, que intenta definir los límites que existen entre una y otra. Además de ello analiza los retos que debe afrontar el sistema educativo ante el nuevo milenio y cuestiones como el papel de la inspección, la labor docente y su autonomía profesional, las retribuciones del profesorado o- la labor que en este campo debe desempeñar la Administración en particular y la sociedad en general

Educación y enseñanza

   
     

Ángel Cervera Rodríguez
Doctor en Filología y Catedrático de Lengua y Literatura

 
     

Mucho se habla y se escribe de educación y de enseñanza. En las charlas habituales de los cafés, en las esquinas de las calles y en las sobremesas es frecuente opinar, con mayor o menor acierto, sobre la educación, los planes de estudio, los métodos de enseñanza y, en especial, sobre el profesorado. Todo el mundo expone sus ideas y las defiende sin atender a veces a los argumentos sostenidos por los demás. Se produce de manera parecida a lo que ocurre con el fútbol y los toros, considerados como los temas recurrentes de las conversaciones diarias.

Nadie duda a estas alturas acerca de la importancia y la necesidad de la educación. Se trata de una obligación de los Estados democráticos de derecho y, a la vez, de una demanda justificada de los ciudadanos que les permita alcanzar el nivel cultural deseado. Pero no basta con exigir y conseguir, la educación es una labor de cuantos integramos el grupo social humano de un territorio nacional, regional o local. No echemos la culpa al tópico de que la sociedad es la responsable de casi todos los males que nos circundan. Cada uno de nosotros somos una parte imprescindible en el afán de educar dentro de unos cánones basados en el respeto a la libertad individual, a la riqueza cultural de los pueblos y a la legalidad establecida por la representación democrática. Si los monumentos y las ciudades suelen declararse patrimonios de la humanidad, la educación es portadora de la cultura y del patrimonio universal que los ciudadanos aspiran a conocer, a preservar y a engrandecer con nuevo caudal.

La educación familiar

Normalmente cada persona es instruida al tiempo que ayuda con su experiencia y conocimiento a la educación de los demás. Hasta hace unas pocas décadas la familia marcaba la línea en gran medida de la educación de los hijos, porque la educación familiar funciona por el ejemplo, como apunta F. Savater en El valor de educar (1998: 59). Pero ya no está tan arraigado el principio de que educar es exclusivo de la familia y de la escuela. Aun así, no vamos a caer de nuevo en la trampa de culpar sin más a otros entes abstractos como la televisión, aunque sepamos que el desarrollo tecnológico y el dominio del mundo del sonido y de la imagen nos hacen ver y conocer la realidad desde otras esferas. Hay otros resortes y otras vías de influencia mucho más fuertes. Habrá que contar en la tarea escolar con todos los medios disponibles para hacer frente al cúmulo de imágenes y datos que recibimos los seres humanos en este momento y la dificultad que tenemos no sólo de asimilarlos sino de interpretarlos. ¿Cómo vamos a pedir que los niños nacidos en medio de este abigarrado mundo de la navegación aérea, de las guerras interespaciales, de los satélites intergalácticos, de las ondas hertzianas o de las imágenes, de los cibernautas, de la robotización de los juegos, de la sociedad informatizada, de las profesiones cibernetizadas y de las redes de comunicación audiovisual puedan ser educados lo mismo que las generaciones anteriores? A través de la educación se han de canalizar los saberes y las creaciones humanas relevantes. ¿Qué procedimientos nos permitirán llegar a obtener logros efectivos? En la Grecia clásica, a pesar de los distintos modelos educativos habidos según el tipo de polis (o ciudades), se diferenciaba la educación ejercida por la figura del pedagogo (o educador) y la instrucción practicada por el maestro (o instructor). El pedagogo se dedicaba a educar en valores humanos y cívicos, mientras que el maestro enseñaba conocimientos e instruía en lectura, escritura, filosofía y matemáticas. A lo largo de la historia y en nuestra época sería una aberración establecer diferencias entre educación y enseñanza. La educación se asocia con valores y la enseñanza con aprendizaje. Aunque los límites entre una y otra son muy tenues, convendremos en considerar que la educación compete a todos y es un concepto amplio que abarcaría incluso la idea de enseñanza. En cambio, la noción de enseñanza está asociada a educación pero reglada técnicamente y ejercitada esencialmente por personas dotadas de los conocimientos científicos, técnicos y específicos adecuados. La enseñanza ha de estar inserta dentro de un sistema educativo general que se ha de adaptar paulatinamente a los nuevos cambios sociales y a las más variadas expectativas tecnológicas. Pero se precisa de una educación que contribuya a la convivencia democrática, a la libertad, a la tolerancia y a la solidaridad. Como remarca Ricardo Díez en un artículo publicado en EL País, 14/10/95 "la educación es el más importante valor añadido que puede asumir por sí mismo cada persona y el instrumento social fundamental para asegurar la mayor competitividad, la mayor cooperación y solidaridad". Por ello, no deben escatimarse esfuerzos ni medios por parte de los organismos públicos para responder a las exigencias de la sociedad presente y futura.

Los referentes

Siempre ha habido unas líneas de acción, más o menos armónicas, en el desarrollo educativo. En los primeros años de la etapa infantil los referentes educativos solían ser los padres o personas cercanas al entorno familiar. Pasados esos años intentaban emular a los maestros y profesores, que eran la continuación ampliada y especializada del ámbito de la familia. Al final, había unos deseos de superación y de consecución de parcelas de conocimiento profesional que servían de estimulación gratificante para llegar a la meta. ¿Qué ha pasado en este último tercio del s. XX para que en tan escaso período de tiempo se haya producido un cambio tan vertiginoso? ¿Qué medios han puesto las instituciones para paliar los efectos de tan transcendente acción tecnológica? ¿De qué técnicas, artes y capacidades disponemos para adaptarnos a este demoledor huracán tecnológico? ¿Está preparada la sociedad para tan importantes modificaciones estructurales, económicas y políticas? ¿Qué podemos pensar los que se consideran formados por la sociedad para ayudar a quienes se están formando? ¿Qué piensan y en qué estarán pensando aquéllos a quienes nos dirigimos en las aulas? Seguramente el desafinamiento está servido. Hay una ruptura entre lo que oyen y ven en la calle con lo que perciben en la clase, a la que acuden por obligación. Existe un socavón entre lo que ven y escuchan a través de la televisión con lo que viven jornada tras jornada en las aulas.

En medio de estas contradicciones hay algo muy significativo: la extensión y obligatoriedad de la educación de todos los miembros de la sociedad hasta una edad fijada legalmente, catorce años en la Ley General de Educación de 1970 y de dieciséis, en la LOGSE de 1992. En ambas leyes se plantean unos conocimientos mínimos capaces de ser asimilados por alumnos con un desigual desarrollo en capacidades cognitivas. Las necesidades educativas chocan en numerosas ocasiones con la carencia de medios y la falta de autonomía de los centros. Las instituciones educativas y sus organigramas no están para frenar ninguna iniciativa que supusiere un bien a la comunidad escolar. Los órganos de inspección no deberían insistir únicamente en la prolongación de la burocracia administrativa y en resistir a la demanda de las direcciones y los claustros de los centros, sino más bien velar por el cumplimiento de los actos educativos, informar, orientar y estimular a educadores y educandos. Su presencia se hace cada vez más imprescindible al estar viviendo una situación de convivencia social nueva que, si se me permite, puede resumirse en una palabra nueva: la "multiculturalidad". ¿Cómo vamos a afrontar la llegada de inmigrantes procedentes de culturas tan dispares? ¿De qué medios disponemos para contribuir a la integración y evitar la configuración de guetos sociales y culturales? Algunos países como Francia nos llevan algunos años en el análisis del problema, pero todavía no han dado con soluciones mágicas. Actualmente más del 30% de la población de París es de procedencia extranjera y la integración dista mucho de producirse, en tanto van aumentando a ritmo creciente diferentes subgrupos sociales, algunos de los cuales con un alto grado de desarraigo. Nuestra situación ya apunta en esta línea. A su vez, el bajo índice de natalidad en la década de los ochenta está constituyendo un desajuste en la población escolar al tiempo que requiere una adaptación de los planes de enseñanza y de los centros educativos.

Necesario apoyo institucional

Los centros de interés de gran mayoría de alumnos se sitúan fuera del ambiente escolar. Se buscan ídolos en la música, en el cine o en el deporte. Emulando al personaje famoso de turno, se busca la vía fácil y el éxito rápido. Por ello, la tarea educativa de la escuela se ve obstaculizada por múltiples impedimentos. Para afrontar esta compleja situación, hemos de recurrir a todos los instrumentos y recursos que estén a nuestro alcance basándonos en el sistema ideal de educación que debe ser, ante todo, democrático. ¿En qué sentido lo entenderíamos? Serían muchas las exigencias que harían posible un cambio en el ámbito escolar de los tiempos actuales: el apoyo institucional y social a la enseñanza pública en inversión económica sin entrar en hostilidades con la privada; la autonomía de los centros en la organización y proyección de la enseñanza; la integración de los alumnos en el ámbito social y escolar en que viven; el compromiso de asumir el papel que les corresponde en el centro y en el aula; la conciencia de convivir en una comunidad donde hay educadores y educandos; la participación en los órganos, proyectos y actividades previstas; el ejercicio de la libertad respetuosa hacia los demás integrantes de la comunidad escolar; la responsabilidad de la realización de las tareas educativas programadas; el interés por superar barreras sociales, culturales, religiosas, sexuales o étnicas; el entusiasmo por manifestar las habilidades particulares y superar con todo esfuerzo los sucesivos procesos educativos; el afán de superación en aras a conseguir el objetivo personal; el reconocimiento de mecanismos de autoestima individual y el compromiso de los padres a implicarse en la educación de los hijos.

Estas predisposiciones no son excluyentes, sino más bien necesarias, para la consecución de los objetivos de la educación. Por esa razón, hemos de contar con un sistema educativo plenamente aceptado y puesto en escena de manera sensata por los profesionales de la enseñanza. Claro que la LOGSE incluye la flexibilidad que la educación demanda, pero le falta limitar algunos retoricismos utópicos y eliminar sus propias contradicciones. Asimismo precisa de una ley de financiación que pueda hacer viables muchas de las propuestas que se formulan en ella y de una implicación entusiasta de los profesores en los proyectos educativos (curriculares) que se programen. ¿Cómo se obtiene este compromiso seriamente? Hay muchas maneras de hacerlo. No debemos descartar ninguno de los requisitos que nos pueda beneficiar en la implantación de un sistema de educación al que aspiramos con confianza todos los ciudadanos. No hay que dejar de lado las retribuciones del profesorado. No se trata de la primera condición, pero es de sumo interés para un funcionamiento exigente. ¿Por qué el ejercicio de un profesional de la medicina o de la arquitectura debe estar mejor remunerado? ¿En razón de qué estúpida consideración debemos establecer diferencias significativas para la realización de una tarea altamente cualificada y especializada? Alguien pensará que ésta es la excusa de siempre. No es verdad. A alguien que ejerce una actividad social de primer nivel, se le debe considerar profesionalmente como tal. Los desequilibrios y desajustes proceden de esta ambigua interpretación. Así surgen los dichos de que "siempre están de vacaciones", "¿para lo que hacen?", "ya están con lo mismo". Aparte de estas calificaciones simplistas, el engranaje educativo padece los males procedentes de una compleja burocracia administrativo-educativa. A medida que estas barreras se suavicen, las distancias entre la sociedad y la escuela desaparecerán. A ello puede ayudarnos el que el profesorado no sólo sea educador, sino innovador de la educación. Las capacidades de los profesores y la preparación han de estar al servicio de las tareas educativas; de ahí que tenga a su alrededor los medios y los apoyos necesarios para adaptarse a las más heterogéneas formas de realizar el acto educativo. Resulta obligada una formación apropiada a los tiempos, una ayuda permanente a sus proyectos y un estímulo a una promoción real entre los que ejercen la actividad docente en el aula, no en despachos ni en gabinetes.

Autonomía docente

Además de disponer de suficientes recursos, el profesorado debe tener una autonomía en las decisiones programáticas y metodológicas, de modo que cada centro se constituya en lugar de encuentro de personas, de intercambio de experiencias y de contraste de conocimientos. Pasaría a tener el papel de estimulador de conciencias y de animador de aspiraciones culturales. Al protagonismo del alumno, como centro de atención escolar, se une el del profesor implicado de manera directa y personal en la labor educativa. Asimismo el conjunto de profesores y de alumnos se ha de sentir arropado en proyectos y decisiones compartidas en órganos claramente representativos que permitan la autonomía suficiente para llevar a buen término los objetivos de cada centro. ¿No deben estar ahí las instituciones para apoyar este tipo de iniciativas? La educación debe tener un componente universal, no particular ni sectario. Este principio hará que no hablemos necesariamente de educación pública y privada, sino de exigencia general y social de la cultura. Pero, cuando pasamos de la filosofía de la educación a la proyección concreta del acto educativo, nos damos cuenta de las enormes dificultades que existen. Sabemos, en primer término, que la educación va destinada al ser humano que es complejo por naturaleza. También coincidimos en que es una tarea muy laboriosa y lenta, cuyos resultados se ven tras recorrer un largo y tortuoso camino. Va dirigida a chicos/as de edades y de estratos sociales, culturales, económicos, religiosos diferentes. A ello añadimos la complejidad particular que encierra cada uno de los miembros que componen la comunidad educativa. ¿Cómo podemos combinar la calidad con la diversidad? Realmente es un punto que toca la parte más sensible de la sociedad. No hay duda en considerar que todos los ciudadanos tienen derecho a una educación de calidad. Lo que ya no resulta clara es la forma en que puede combinarse para que resulte eficaz. Para conseguir resultados positivos, conviene establecer principios de diversificación factibles, no aparentes ni camuflados. Pensamos que, si somos distintos, los caminos que han de conducir a la meta no tienen por qué coincidir. Ahí estriba el sentido de la educación en adaptar la realidad educativa a las necesidades de los educandos. De esta forma el sistema educativo estaría claramente al servicio de los ciudadanos. Quizás el principal cometido de los gobiernos y de los políticos sea el de lograr un nivel educativo óptimo de sus ciudadanos. Pero, ¿de verdad se pretende conseguir o se maquilla todo con algún barniz estadístico? Nos viene a la memoria en seguida el tan denostado "fracaso escolar". El verdadero empeño institucional ha de ir encaminado a que la educación sea la más adecuada a la esencia de los miembros que componen la sociedad. No habrá fracaso si se establecen los trayectos apropiados para que cada uno conozca la ruta que le dirija al fin anhelado. Las trabas no deben resultar barreras infranqueables, sino formas de apremio para seguir en el empeño de lo que uno desea lograr.

Patrimonio de todos

La educación es patrimonio de toda la sociedad; de ahí que los estados estén comprometidos con ella. Está constituida por un principio universal, de donde emana el derecho de todos los ciudadanos a lograrla y la obligación de las instituciones a proyectarla en toda su extensión. Aun sabiendo que la educación responde a una necesidad ciudadana, exige a educadores y educandos, a ciudadanos y gobiernos, a grupos sociales e institucionales combinar acertadamente los derechos y los deberes. Lo que se busca con la educación es la adquisición de costumbres, hábitos y conocimientos que facilite la integración y la participación en la sociedad. Esto lo proporciona la "cultura" en sentido amplio. No es ya momento de cuestionar si la educación ha de ser conservadora o progresista, sino más bien si la educación es plural, libre y capaz de desarrollar las capacidades de los alumnos que les permitan reflexionar e interpretar de forma coherente el mundo y la realidad, la vida y la historia, el hombre y la naturaleza, independientemente de la función social que desempeñe. Sí importa, en cambio, la acción política que se proyecte hacia la enseñanza. La educación ha de formar ciudadanos con la cultura suficiente para el ejercicio de la libertad, de la capacidad crítica y del análisis. Para lograrlo, es preciso que haya una orientación política decidida a apoyar la enseñanza pública en la que puedan combinarse de manera equilibrada los conocimientos técnicos y científicos, los saberes humanísticos y los valores éticos.

 

 
arriba