En este año de tantos centenarios hay uno que, quizá, no está teniendo el eco que merece, el de La Celestina, de cuya primera edición se cumplen quinientos años. En
1499, recién unificados los reinos hispánicos bajo los Reyes Católicos, en una época que tiene un pie en la
La Celestina cumple quinientos años
Edad Media y otro en el Renacimiento, más de cien años antes del Quijote, surge una obra única que no ha dejado de despertar el interés de los estudiosos.

Madrid. ANGEL VIVAS
Más que un clásico, La Celestina se ha convertido en un gran mito español, como lo son también Don Juan o Don Quijote. Sin embargo, este centenario tan redondo, nada menos que medio milenio, no está teniendo una gran resonancia, fuera de algunos actos académicos y de una edición ilustrada patrocinada por el Ayuntamiento de Puebla de Montalbán, localidad natal de su autor, Fernando de Rojas. Para el cubano Roberto González Echevarría, catedrático en la Universidad de Yale, que acaba de publicar La prole de Celestina (Ed. Colibrí) es precisamente el carácter absolutamente original y profundamente perturbador de la obra lo que explica la dificultad de su incorporación a un panteón de clásicos ilustres. "Cómo se va a levantar una estatua a una puta vieja?", dice de modo gráfico y rotundo.

De modo parecido, González Echevarría constata que, pese a los estudios que ha provocado -de Menéndez Pelayo a Marcel Bataillon, pasando por Américo Castro, Stephen Gilman o José Antonio Maravall, entre otros muchos- La Celestina, "libro en el que el deseo más perverso acucia a los personajes, sigue a la espera de un análisis freudiano", como sigue a la espera de una rigurosa interpretación marxista, a pesar de los fuertes conflictos de clase que aparecen en ella. Para el ensayista cubano, la causa está en que la obra de Fernando de Rojas inaugura y, a la vez, agota la modernidad en que se inscriben tanto el psicoanálisis como el marxismo. Y, en definitiva, si La Celestina no ha provocado los ríos de tinta que el Quijote (ni Azorín, Unamuno u Ortega, que escribieron famosos ensayos sobre la obra cervantina, hicieron lo propio con la de Fernando de Rojas, recuerda González Echevarría) es por su radical pesimismo. No llega a decirlo, pero casi se adivina tras sus palabras, que La Celestina da miedo.

Virulenta y audaz

En palabras de Juan Goytisolo en el prólogo de la citada edición del Ayuntamiento de Puebla de Montalbán, "es la obra más virulenta y audaz de nuestra literatura, pero cuyo afán devastador de no dejar obispo con mitra ni títere con cabeza, se compensa con un lenguaje inédito, desinhibido y suelto de un yo individualizado y moderno, liberado de la camisa de fuerza de las convenciones, arquetipos y moldes que anteriormente lo ataban y reducían".

La Celestina, en fin, aparece en el panorama literario español de su época con la fuerza de un latigazo. Desconcierta y sigue desconcertando a los lectores. Y esto desde el principio, desde cuestiones como la propia autoría de la obra o el género al que se adscribe. En cuanto a lo primero, Fernando de Rojas sembró el terreno de pistas falsas, atribuyendo el primer acto a otro autor. En cuanto al género, se ha discutido interminablemente sobre si se trata de una comedia, una tragedia, una novela dramática o dialogada. Pero, una vez más, lo que se impone es el carácter único e irrepetible de la obra. "Desde luego, todas las obras de arte son únicas, pero ello es cierto de un modo muy particular en el caso de La Celestina: no hay nada en las postrimerías de la Edad Media con lo que pueda compararse provechosamente esta primera novela española" (Alan Deyermond, Historia y crítica de la literatura española. Edad Media). Parece claro que comenzó siendo un intento de imitar las comedias humanísticas italianas entonces de moda, pero la fuerza intrínseca de la obra pronto desbordó ese corsé, como el Quijote desbordó la tradición de los libros de caballerías.

Otro aspecto que ha suscitado numerosas investigaciones es el del contexto social en que surge La Celestina y lo que pueda haber en ella de eco de los avatares familiares de Fernando de Rojas. Este era un judío converso, aunque no reciente, sino, según los últimos estudios, de tercera generación. Pero algunos miembros de su familia sí habían conocido, de una forma u otra, los rigores de la Inquisición. Esa persecución hizo escribir a Juan Goytisolo que el cuento de horror que la sociedad refirió a Rojas se convirtió en sus manos en otra historia de horror. Finalmente, La Celestina al dar una importancia primordial al dinero y mostrar las envilecidas relaciones de los criados con sus señores, nos muestra una sociedad que ha dejado atrás el feudalismo para adentrarse a pasos agigantados en un nuevo mundo, presidido por las relaciones mercantiles. Como todos los clásicos, La Celestina puede ser vista bajo múltiples aspectos. Los quinientos años transcurridos desde su aparición no han agotado las interpretaciones ni dado cuenta de todos los enigmas. Y, sobre todo, no ha dejado de asombrar a los lectores con su descarnada visión de la condición humana.

arriba