En la mayor parte de Europa, los estudios de enseñanza
superior no vinculados a la Universidad absorben a un porcentaje notable del alumnado procedente de la educación secundaria. (Foto: Rafael Martínez)

 
Antes de que los estudiantes españoles de secundaria hayan terminado los exámenes de selectividad, sus homólogos de la mayor parte de los países europeos ya habrán finalizado la matriculación en las universidades y otros centros de enseñanza superior. El proceso de selectividad que se aplica en España parece no tener equivalente en los restantes países europeos, aunque esto no significa que no existan mecanismos de selección.

FRANCESC PEDRO
En toda Europa, la condición mínima para el acceso a la enseñanza superior es disponer de un diploma de enseñanza secundaria general superior, equivalente al bachillerato. Esto hace que sea prácticamente imposible acceder a la Universidad en ningún país europeo antes de los dieciocho años de edad. Ahora bien, tanto los porcentajes de acceso a la enseñanza superior como los mecanismos empleados para la selección y orde-


Los países de la UE aplican diferentes mecanismos
de selección
al término de la educación secundaria

nación son bien distintos. Para empezar, la situación española es absolutamente atípica en el panorama europeo en lo referente al concepto de enseñanza superior que aquí se ha hecho equivaler, tradicionalmente, con la Universidad. La legislación existente -y, más concretamente, la Ley de Reforma Universitaria- insiste en que en España la enseñanza superior se lleva a cabo en las universidades. Aunque a consecuencia del despliegue de la reforma educativa aumentarán las ofertas educativas para los jóvenes de más de dieciocho años de edad que hayan cursado el bachillerato, gracias a la entrada en juego de los ciclos formativos superiores, lo cierto es que no parece que esto vaya a variar nuestro proverbial concepto de enseñanza superior. En cambio, en el resto de países europeos el sector de la enseñanza superior se compone de universidades y de otras instituciones no universitarias, cuya oferta está mucho más íntimamente relacionada con las demandas del mercado laboral, es de duración más corta y contiene elevados períodos de prácticas en empresas e industrias. Bien podría ser que la nueva formación profesional de grado superior cambiara a medio plazo la percepción que los ciudadanos españoles tienen, pero hoy por hoy siguen identificando enseñanza superior con Universidad.

Tasas de acceso

Esto es muy importante cuando se considera la cuestión de las tasas de acceso a la enseñanza superior. Aparentemente, en España las tasas serían bajas en comparación con otros países europeos, y mucho más aún si se consideraran todos los países desarrollados. En efecto, las tasas españolas estarían en niveles inferiores a las de Italia, Francia, los Países Bajos o el Reino Unido -donde siempre están por debajo del 40% de cada cohorte- y lo serían aún en mucha mayor medida si se compararan con las de los Estados Unidos o Canadá -donde son superiores al 60%. Y, sin embargo, con la excepción de Italia, Grecia y Portugal, en todos los restantes países europeos aproximadamente la mitad de estos efectivos -nunca más allá del 65%- va a parar a las universidades. En los Países Bajos o en el Reino Unido, sólo un tercio de los jóvenes que acceden a la enseñanza superior se matricula en estudios de tipo universitario; la mayoría se inscribe en programas de formación profesional superior.

En estas circunstancias se entiende muy bien que los mecanismos que se ponen en juego para seleccionar a los jóvenes que desean acceder a la enseñanza superior, primero, y a la Universidad, eventualmente, sean distintos a los que conocemos aquí.

En términos generales, el número de países europeos donde basta la condición de ser poseedor del título de bachillerato para tener garantizado el acceso a la enseñanza superior es claramente superior al de aquellos otros que piden un requisito adicional, como por ejemplo un examen de selectividad, un concurso-oposición, la presentación del expediente o, incluso, una entrevista personal. Entre quienes exigen requisitos adicionales se encuentran, además de España, Irlanda, Portugal, Grecia y el Reino Unido.

Pero también es cierto que el número de países que limitan el acceso a algunas titulaciones -pero sólo a algunas- es también mayoritario. Generalmente, estas titulaciones están relacionadas con la salud, determinadas profesiones corporativas (abogacía, arquitectura...) o estudios de coste elevado y poca demanda empresarial, aunque atractivos porque están relacionados con la investigación científica y técnica. Es en estos casos donde la mayor parte de los países europeos pone en juego elementos de selección adicionales a la estricta posesión del título de bachiller.

Expresado así, esto puede sugerir la errónea impresión de que no hay prácticamente mecanismos de selección equivalentes a la selectividad española. Y no es cierto. La diferencia está en que en la mayor parte de países europeos los dos principales mecanismos de selección operan en el acceso a la enseñanza secundaria superior o de segundo ciclo (el bachillerato) y, aún con mucha mayor fuerza, en la obtención del título de bachiller. Así como en España la selectividad es un examen que el candidato a acceder a una universidad viene obligado a pasar, pero si no lo hace esto no significa que no sea poseedor del título correspondiente al bachillerato, en la mayor parte de los países europeos este título no se obtiene si no se consigue superar un importante examen de reválida.

Exámenes de reválida

Es posible que los lectores de mediana edad recuerden la existencia en España de reválidas, es decir, de exámenes en los cuales el candidato a obtener el título de bachillerato elemental o superior, debía acreditar unos conocimientos mínimos en todas las materias que había cursado hasta entonces.

Vistas en perspectiva, las reválidas parecen hoy un sistema absolutamente anacrónico, esencialmente memorístico e inconveniente psicopedagógicamente para evaluar los aprendizajes de los alumnos. Pero así se hace en Francia con el "baccalauréat", en Italia con la "maturità", en Alemania con el "abitur" o en el Reino Unido con los "A-level". En suma, sin reválida no se obtiene el título de bachiller y, sin él, no hay acceso posible a la enseñanza superior, universitaria y no universitaria.

Evidentemente, los procesos que se siguen para llevar a cabo esta reválida son muy distintos en los países europeos. Mayoritariamente, se trata de exámenes en los que los estudiantes deben acreditar, por medio de la realización de varias pruebas, sus conocimientos y habilidades. Generalmente, se trata de exámenes escritos fundamentalmente aunque hay pruebas orales -sobre todo en el terreno de los idiomas extranjeros y de la expresión oral en la propia lengua. En Italia, a pesar de la reforma que se ha introducido durante el pasado año y que ya se puso en práctica a principios del mes de Junio, los exámenes de reválida conducentes a la obtención del título de la "maturità" continúan siendo primordialmente orales. Por otra parte, en una gran mayoría de países se constituyen tribunales específicos para estas pruebas que, generalmente, se llevan a cabo en los propios centros escolares. Algunas veces, en los países donde existe un cuerpo de directores de centro, estos tribunales cuentan con la presencia de miembros del equipo directivo del centro, aunque siempre en minoría. En la mayor parte de los países europeos existe un único modelo de examen a escala nacional.

Centros de calidad y de prestigio

Uno de los efectos más importantes que tiene la existencia de las reválidas en el bachillerato ha consistido en la identificación por parte del público -de las familias y de los estudiantes- de los centros de enseñanza secundaria superior donde se obtienen cualificaciones más elevadas. En ocasiones, puesto que existen distintas ramas o especialidades de bachillerato, en determinados centros los estudiantes de una de ellas obtienen buenas notas de reválida, pero no ocurre así en las demás. Para las universidades es fácil utilizar entonces la cualificación final del bachillerato -que incluye también, de forma ponderada aunque preeminente, la nota de la reválida- como criterio de selección u ordenación de los candidatos que solicitan plaza.

En un contexto como el de la mayor parte de países europeos, donde la enseñanza secundaria se ofrece casi exclusivamente en centros públicos, las familias y los estudiantes deben reflexionar seriamente sobre cuál es el centro de bachillerato que mejor calidad les ofrece -medida en términos de éxito en la reválida. No es extraño, por consiguiente, que muchas publicaciones semanales, en Francia, en Alemania o en el Reino Unido, publiquen los rankings de los centros de bachillerato. Y que estos rankings sean conocidos y utilizados por la mayor parte de la opinión pública.

Curiosamente, no parece que el sistema sea particularmente contestado por los usuarios. Se trata de una prueba caracterizada por su academicismo, sin duda alguna, pero sus defensores arguyen que, puesto que el bachillerato está fuera de los límites de la enseñanza obligatoria, tiene que ejercer una función de selección de los efectivos académicamente dotados y filtrar el acceso a la enseñanza superior, sea universitaria o no. Han llegado a formar parte integrante de los sistemas educativos europeos hasta el punto de que, en una reciente consulta llevada a cabo en Francia acerca de la reforma del bachillerato, los estudiantes no dudaron ni por un momento en que las reválidas debían mantenerse. Puede cambiarse todo, dijeron, menos la existencia del examen final.

Esta información ha sido elaborada con la
colaboración del grupo de investigación en política educativa de la Universidad Pompeu i Fabra

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