El mundo editorial conmemora el centenario del autor de Lolita

El ruso que escribió obras maestras en inglés

El pasado 23 de abril se cumplieron cien años del nacimiento de Vladimir Nabokov, uno de los escritores más influyentes del siglo. Ruso de origen, huyó de su país en 1917. Instalado en Estados Unidos a raíz de la Segunda Guerra Mundial, adoptó el inglés como lengua literaria. Aunque hablaba el inglés desde niño, no deja de admirar la calidad que alcanzan sus novelas escritas en una lengua que no era la suya materna.

 
 

 

Madrid. ANGEL VIVAS
Aunque sin grandes alharacas, el centenario de Nabokov está siendo oportunamente celebrado por algunas editoriales. Merece destacarse el caso de Anagrama que está reeditando la mayor parte de su obra. El novelista Javier Marías, nabokoviano confeso, ha publicado por su parte un libro de homenaje al escritor rusoamericano, Desde que te ví morir (Alfaguara). Y, aparte otras ediciones, entre los libros que estos días está ofreciendo el diario El Mundo como los mejores del milenio, se encuentra la novela más conocida de Nabokov, Lolita. La fama de Lolita, sin regatearle sus propios méritos que son muchos, se basa en buena parte en el escándalo que provocó al ser publicada y en la versión cinematográfica que Stanley Kubrick hizo con James Manson, Shelley Winters, Peter Sellers y la jovencísima Sue Lyon en el papel de la protagonista. (Hay otra versión más reciente, y sin duda mucho menos interesante, firmada por Adrian Lyne). Lolita cambió la suerte de Nabokov; hizo que, cerca de sus sesenta años, volviera a ser rico como lo había sido en su infancia rusa. Pero antes de Lolita ya había publicado Nabokov obras memorables. Por ejemplo, La defensa y, sobre todo, La dádiva, escritas en ruso; esta segunda, considerada por él mismo como la mejor de las escritas por él en su idioma natal, y por la crítica como la conexión entre su etapa rusa y la inglesa.
Lo que más llama la atención en la personalidad de este hombre misántropo, de opiniones contundentes y controvertidas, experto en mariposas y ajedrez, y que nunca perdió cierto carácter altanero adquirido en su infancia acomodada, era su capacidad para encerrarse en sí mismo desentendiéndose de los acontecimientos históricos, a pesar de que esos acontecimientos marcaron su vida: la revolución rusa le expulsó de su país y, unos años más tarde, el nazismo le obligó a abandonar Europa (su mujer era judía). Se sabe que la noche en que los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno él estaba escribiendo un poema de amor. "Mientras escribía -recordaba Nabokov- de la calle me llegaba el ruido del fuego graneado de los fusiles y el sucio tableteo de las ametralladoras". Fue siempre un solitario, orgulloso, convencido de su propio genio.

Belleza y artificio

En cuanto a su reconocimiento literario, no ha estado exento de controversias. Como señala su biógrafo Brian Boyd, "aunque era aclamado con frecuencia como el mejor estilista de su tiempo, el carácter deliberado de su lenguaje ha perturbado a muchos lectores; a juicio de estos lectores, la fraseología de Nabokov llama demasiado la atención sobre sí misma y ello le impide expresar emociones genuinas o incluso decir algo". Sin embargo, Cándido Pérez Gállego, en su Historia de la literatura norteamericana, se refiere a su "arte exquisito, de insuperable belleza, que lo mismo evoca a Henry James como a Beckett o Gogol, Tolstoi o Turgueniev; un estilo de consumada perfección que lo mismo busca la transgresión sexual como la regresión al abismo del deseo". "Un arte -añade Pérez Gállego- que revierte hacia la literatura, que busca los íntimos secretos de la creación textual". Nabokov, en efecto, detestaba la sencillez o la sinceridad cuando se trataba de creación artística; pensaba que la literatura, incluso cuando trataba de emociones, era una cuestión de artificio.
Algunos de los títulos en los que plasmó ese concepto de la literatura son, además de los citados, La verdadera vida de Sebastian Knight, Pálido fuego, Ada o el ardor, El hechicero. Lolita tuvo una resonancia especial. El propio Nabokov reconocía su especial predilección hacia esa novela que se convirtió a la vez en piedra de escándalo y best seller. Y explicaba que le había resultado la más difícil de las suyas por estar totalmente alejada de su vida personal, lo que no le libró de algunas furibundas acusaciones de pederasta por parte de lectores que veían precisamente una proyección del autor en el protagonista.
Escribió además un notable conjunto de cuentos que Javier Marías sitúa entre los mejores del siglo y que son, en su opinión, precursores de muchas tendencias que han imperado en la segunda mitad del siglo, de Salinger a Raymond Carver o Thomas Bernhard. Fue también un consumado traductor. En este terreno destacan sus versiones al ruso de Alicia en el país de las maravillas, considerada como una de las mejores en todas las lenguas, y al inglés del Eugenio Oneguin de Pushkin, 5.500 versos a los que dedicó diez años de su vida.

 
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