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El papel del profesor de filosofía, hoy

Estamos en lo albores del siglo XXI, un siglo probablemente regido por las nuevas tecnologías y las nuevas comunicaciones y esto que, indudablemente es un avance, también es un retroceso si no sabemos enseñar del peligro que ello supone a las nuevas generaciones, el de creer que el tiempo se puede puede alargar. Si no les damos alternativas "de posesión intelectual" nos encontraremos dentro de unos años con una juventud despersonalizada, aunque sea una juventud muy técnica y muy preparada.
Por eso la educación en valores adquiere una importancia vital, y dentro de ella la enseñanza de la filosofía juega un papel esencial derivado de su propio nombre filosofia=historia de la sabiduría, es el método coherente con la teoría., es una interpretación crítica, una herramienta de investigación y un instrumento de formación.
Para llevar esto a cabo debemos contar con un profesorado comprometido: Hay "un profesor" singularizado al que muchas veces no valoramos, pues su función no es enseñar el pasado, próximo o lejano, ni presentar y analizar el presente. Su función es formar para el futuro. Este es el auténtico papel del profesor de filosofía, el de ayudar a los chavales/as a pensar, a través del razonamiento y del lenguaje cotidiano ayudando a los alumnos/as en el análisis ético, en la percepción de lo bueno y de lo malo y en la psicología de la educación moral.
Es el enseñar a "no cerrar" la experiencia vivida y aceptar la singularidad dentro de la colectividad, es "el abrir" la mente de los adolescentes a nuevas aportaciones, como medio para gozar y entender al mundo y a uno mismo.
Su aportación es perfilar diálogos con o contra autores de diversas épocas e ideologías de Platón a Volataire y Marx, de Kant a Foucault, de San Agustin a Nietzsche, Hesse o Kiekegaard. Es decir, suplir viejos mitos por nuevos esquemas en la búsqueda individualizada del sentido de las cosas. Por eso, el papel del profesor de filosofía es enseñar a los alumnos a ser la brújula entre la teoría/método por una parte y por otra la práctica individualizada del aprendizaje en todos los ordenes de la vida.

Paz Sarlangue. (Irún)

 
     
   

El estrés infantil

El 64% de los españoles, según unas estadísticas publicadas recientemente, parece que sufrimos de ciertos estrés, es decir tenemos constantemente la sensación de que nos falta tiempo pues este no cunde todo lo que desearíamos. Pienso que este grupo social está formado mayoritariamente por personas que vivimos en las grandes ciudades y que tenemos un trabajo profesional de cierta entidad, y nos encontramos en torno a los 30 y los 50 años. Este es un mal de la sociedad moderna que debemos "aguantar" con paciencia aunque, al mismo tiempo, habría que buscar remedios para que no ocurriera tanto. Propongo el aprender a descansar en cosas sencillas y ordinarias: una buena película, un libro interesante, un paseo con una persona amiga, una salida al campo y mil otras que están al alcance de cualquier bolsillo y que se pueden hacer con facilidad sin esperar a tener un mes entero de vacaciones.
Pero, más grave que el estrés de los mayores es el que afecta a los niños que según afirma la doctora Concepción Iriarte, afecta un 40% de los niños de nuestro país. Si analizamos cuáles se pueden considerar las causas principales de esta ansiedad infantil, deberíamos señalar el que los niños no tienen tiempo para jugar con sus hermanos o amigos pues tienen excesivas actividades extraescolares: ballet, natación, yudo, inglés, natación, informática, etc. Y además se les pide que sean buenos en todo lo que hacen. Pero entonces, ¿cuándo leen, estudian o simplemente se entretienen con sus amigos?. Además "existe una exigencia social: que los niños superen a sus padres, pero a esas edades no se está preparado para la competitividad, se les está robando su tiempo libre en una carrera loca", comenta José Luis Pedreira, presidente de la sección de Psiquiatría Infantil de la Asociación Española de Pediatría.
Esta situación de estrés se agrava porque los niños ven hasta 1.500 horas de televisión en las que contemplan infinidad de escenas violentas: asesinatos y muertes, que les llevan, con frecuencia, a plantearse, incluso que si esta vida que viven es tan dificil porque no tienen ilusiones y se encuentran en una continua situación de ansiedad es mejor quitarse la vida. Por eso empiezan a ser tan frecuentes los suicidios infantiles. A este respecto hay que tener en cuenta que la mayoría de los niños que se tratan de suicidar lo hacen porque fracasan en algo y no por cuestiones existenciales.
Los educadores tenemos la grave resposabilidad de alertar a los padres y a la sociedad, en su conjunto, de este gran mal que nos acecha y tratar de volver a recuperar los niños felices y contentos que corren y saltan por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades sin que esto esté reñido, ni mucho menos, con que sepan cosas interesantes, pero todas a su tiempo y poco a poco.
La clave está, como siempre, en la educación personalizada, conocer muy bien a cada uno, sus cualidades y aptitudes e ir pidiendo en la medida en que pueda dar pero no por encima de sus posibilidades y por supuesto, nunca comparándolo con lo que hace el hermano, el primo o el vecino. Cada persona es siempre diferente y tiene unos talentos de los que deberá responder ante si mismo y ante la sociedad pero sin agobios, ansiedades, competitividad excesiva y por supuesto sin estrés. Lo más importante es conseguir que los niños sean felices.

María Hernández Sampelayo . (Madrid)

 
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