Manuel Vicent realiza en su novela un estudio de la identidad y de
la fuerza de las pasiones. (Foto: Rafael Martínez)
Dice que tiene la misma actitud ante todo lo que escribe, sea el efímero artículo del periódico o
una novela. Así, no sorprende el alto valor literario de los primeros ni la precisión y el detallismo de orfebre de las segundas. Con Son de Mar Manuel Vicent acaba de ganar el premio Alfaguara de novela. Un premio que se une a muy pocos más pero que se incluye en una
prestigiosa carrera de escritor todoterreno.

Manuel Vicent gana
el premio Alfaguara de novela

Madrid. ANGEL VIVAS
Vicent no se ha presentado a muchos premios en su vida, pero sí lo ha hecho con algunos prestigiosos, que ha ganado, como el Nadal o el Alfaguara. Acaba de obtener el Alfaguara por segunda vez con la novela Son de Mar, ya que lo ganó también en 1966, en la primera etapa de este premio que ahora ha vuelto con una jugosa dotación económica y una ambiciosa distribución. "¿Por qué me presenté? Quizá por lo del alpinista, que escaló la cima simplemente porque estaba ahí. Y también para tener cierta ventaja, dada la promoción que conlleva el premio, en esa lucha cruel que se establece en la mesa de novedades para resistir dos meses en el escaparate. El primero, por su parte, me dió la oportunidad de publicar, era casi la única puerta para darse a conocer. No sé si el premio ha cambiado, lo que no ha cambiado es mi literatura. Hay premios y premios. Unos tratan de promocionar el libro a través de la buena literatura y otros de vender papel. El Alfaguara es de los primeros. En la actual cultura de marketing pesa mucho la parte comercial, de modo que, si no vendes, no existes; yo haré lo que sea por existir".

Vicent suscribe la frase de Hemingway según la cual "una novela es una primera frase por la que darías la vida y doscientos folios más". En su caso, esa primera frase tiene que ver con el final de su historia, la aparición en una playa de dos cadáveres vestidos como para una boda que alteran la profunda calma (una quietud como de cuadro de Seurat) de un mediodía de agosto. A pesar de ese principio, no se trata de una novela de misterio, sino, explica el autor, "de un análisis acerca de si el amor de una mujer puede resucitar a un náufrago". "Ese comienzo -añade- es un efecto plástico; luego la novela va más allá y es un estudio de la identidad y de la fuerza de las pasiones".

Además de eso, y como suele ocurrir en todo lo que escribe Vicent, el contexto geográfico tiene también un carácter casi de protagonista. En este caso, y una vez más, se trata del Mediterráneo, "porque es un mar que yo me sé y para escribir del cual no necesito documentarme, y porque no es sólo un mar sino un espacio mental que está en todas partes y que llevamos con nosotros; el Mediterráneo, además, es un mar convulso, comparado con su potencia caótica y sanguinolenta, el Caribe es ingenuo y naif, el Mediterráneo tiene energía como para teñir de rojo a todos los Atlánticos y Caribes; y cuando se pone suave te ofrece todas las dulzuras".

Las posesiones del escritor

"Ante la literatura, yo me planteo escribir cosas que sé, y sólo tengo dos posesiones: el asfalto de Madrid y las impresiones de mi infancia y adolescencia mediterráneas. Son las dos cosas que he sentido. Ir a un lugar extraño a documentarme y luego ponerme a escribir, se me hace raro, me faltaría esa emulsión personal. El paisaje tiene que salir del alma de los personajes". Pero en su querencia por el mar hay algo más que experiencia personal. "Se dice que un escritor se mide frente al mar -explica Vicent- y el mar está lleno de escritores naufragados, el mar es un hueso duro de roer al que hay que tratar con absoluta naturalidad para no naufragar; no se puede caer en lo de Goethe, de decir 'el mar es un espectáculo impresionante'. Para mí, el mar, más que la vida, es el cerebro; el mar profundo es el inconsciente, ambos están llenos de monstruos, y la mayor parte del mar, como la del cerebro, están sin explorar".

Como novela mediterránea que es, resuenan en ella viejos mitos (no es casual que el nombre del protagonista sea Ulises); "pero se puede leer bien sin referirla necesariamente a esa mitología clásica", advierte Vicent. A la vez, los hechos más o menos fantásticos que contiene, y que hoy podrían etiquetarse como realismo mágico, "pertenecen a lo más antiguo de la literatura", a ese vivero de los clásicos que tan bien conoce este escritor.

Vicent afirma tener la misma actitud ante todo lo que escribe, sea una novela, un artículo o un reportaje. "Distingo -dice- dos clases de escritores: el que no duda a la hora de elegir un adjetivo u otro, ése no es un buen escritor; y el que duda dos segundos para poner un adjetivo en un telegrama, ése es un escritor". El lleva años demostrando que pertenece al segundo grupo.

 

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