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Madrid.
ANGEL VIVAS
Vicent no se ha presentado a muchos premios en su vida, pero sí
lo ha hecho con algunos prestigiosos, que ha ganado, como el Nadal o el
Alfaguara. Acaba de obtener el Alfaguara por segunda vez con la novela
Son de Mar, ya que lo ganó también en 1966, en la
primera etapa de este premio que ahora ha vuelto con una jugosa dotación
económica y una ambiciosa distribución. "¿Por qué
me presenté? Quizá por lo del alpinista, que escaló
la cima simplemente porque estaba ahí. Y también para tener
cierta ventaja, dada la promoción que conlleva el premio, en esa
lucha cruel que se establece en la mesa de novedades para resistir dos
meses en el escaparate. El primero, por su parte, me dió la oportunidad
de publicar, era casi la única puerta para darse a conocer. No
sé si el premio ha cambiado, lo que no ha cambiado es mi literatura.
Hay premios y premios. Unos tratan de promocionar el libro a través
de la buena literatura y otros de vender papel. El Alfaguara es de los
primeros. En la actual cultura de marketing pesa mucho la parte
comercial, de modo que, si no vendes, no existes; yo haré lo que
sea por existir".
Vicent
suscribe la frase de Hemingway según la cual "una novela es una
primera frase por la que darías la vida y doscientos folios más".
En su caso, esa primera frase tiene que ver con el final de su historia,
la aparición en una playa de dos cadáveres vestidos como
para una boda que alteran la profunda calma (una quietud como de cuadro
de Seurat) de un mediodía de agosto. A pesar de ese principio,
no se trata de una novela de misterio, sino, explica el autor, "de un
análisis acerca de si el amor de una mujer puede resucitar a un
náufrago". "Ese comienzo -añade- es un efecto plástico;
luego la novela va más allá y es un estudio de la identidad
y de la fuerza de las pasiones".
Además
de eso, y como suele ocurrir en todo lo que escribe Vicent, el contexto
geográfico tiene también un carácter casi de protagonista.
En este caso, y una vez más, se trata del Mediterráneo,
"porque es un mar que yo me sé y para escribir del cual no necesito
documentarme, y porque no es sólo un mar sino un espacio mental
que está en todas partes y que llevamos con nosotros; el Mediterráneo,
además, es un mar convulso, comparado con su potencia caótica
y sanguinolenta, el Caribe es ingenuo y naif, el Mediterráneo tiene
energía como para teñir de rojo a todos los Atlánticos
y Caribes; y cuando se pone suave te ofrece todas las dulzuras".
Las
posesiones del escritor
"Ante
la literatura, yo me planteo escribir cosas que sé, y sólo
tengo dos posesiones: el asfalto de Madrid y las impresiones de mi infancia
y adolescencia mediterráneas. Son las dos cosas que he sentido.
Ir a un lugar extraño a documentarme y luego ponerme a escribir,
se me hace raro, me faltaría esa emulsión personal. El paisaje
tiene que salir del alma de los personajes". Pero en su querencia por
el mar hay algo más que experiencia personal. "Se dice que un escritor
se mide frente al mar -explica Vicent- y el mar está lleno de escritores
naufragados, el mar es un hueso duro de roer al que hay que tratar con
absoluta naturalidad para no naufragar; no se puede caer en lo de Goethe,
de decir 'el mar es un espectáculo impresionante'. Para mí,
el mar, más que la vida, es el cerebro; el mar profundo es el inconsciente,
ambos están llenos de monstruos, y la mayor parte del mar, como
la del cerebro, están sin explorar".
Como
novela mediterránea que es, resuenan en ella viejos mitos (no es
casual que el nombre del protagonista sea Ulises); "pero se puede leer
bien sin referirla necesariamente a esa mitología clásica",
advierte Vicent. A la vez, los hechos más o menos fantásticos
que contiene, y que hoy podrían etiquetarse como realismo mágico,
"pertenecen a lo más antiguo de la literatura", a ese vivero de
los clásicos que tan bien conoce este escritor.
Vicent
afirma tener la misma actitud ante todo lo que escribe, sea una novela,
un artículo o un reportaje. "Distingo -dice- dos clases de escritores:
el que no duda a la hora de elegir un adjetivo u otro, ése no es
un buen escritor; y el que duda dos segundos para poner un adjetivo en
un telegrama, ése es un escritor". El lleva años demostrando
que pertenece al segundo grupo.
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