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En
primer lugar, una declaración de principios: no destacar suficientemente
el papel educativo de la cultura tecnocientífica y de sus
modelos de racionalidad es sencillamente privar a las nuevas generaciones
de los recursos e instrumentos básicos que les permitan comprender
y actuar en un mundo cada vez más dependiente de la ciencia
y la tecnología. La tesis última que se desprende de esta
afirmación es que un sistema educativo que se pretende a la vez
comprehensivo y diversificado –como es el caso de la ESO- sólo
cobra pleno sentido desde la perspectiva más amplia de ayudar a
los estudiantes a alcanzar una comprensión plural, crítica
e informada que posibilite la autonomía personal de opciones y
decisiones en su propia vida. Una vida que, en mayor medida que en el
pasado inmediato, estará jalonada por cuestiones personales y sociales
relacionadas con los impactos del desarrollo tecnocientífico. La
biotecnología, por poner sólo un ejemplo llamativo, es un
campo de investigación con las suficientes implicaciones económicas,
sociopolíticas, filosóficas y éticas, y con un probable
impacto directo en la vida de los individuos (medicina, sanidad, reproducción,
alimentación, etc.) como para que un sistema educativo se permita
el lujo de darle la espalda o ignorarla.
La enseñanza
de las ciencias cumple, cada vez con más énfasis, un papel
de intermediación entre el discurso "natural" del sentido
común y el discurso "no natural" de la investigación
científica. Este rol de bisagra obliga al profesorado y a las administraciones
educativas a replantearse –casi constantemente- el currículo de
ciencias y también, en última instancia, las estrategias
de enseñanza-aprendizaje a implementar en las aulas. Este replanteamiento
del currículo de ciencias invita a su vez a intentar dilucidar
qué se entiende por una sociedad científicamente culta,
con el fin de buscar vías que posibiliten un aprendizaje de las
ciencias como medio de "alfabetizar" y orientar a las nuevas
generaciones en su socialización en un mundo cada vez más
cambiante, tecnológicamente complejo e interdependiente (en los
aspectos naturales, económicos y políticos).
Como evaluador
en España de proyectos internacionales de innovación centrados
en la enseñanza de las ciencias (Curriculum and Innovation in Learning
Science, Maths and Technology in OECD Countries, 1996; y European Initiative
for Biotecnology Education, 1997-1999) me sigue llamando poderosamente
la atención el contraste que existe entre el hecho, muy generalizado,
de que el profesorado de ciencias sea reacio a manifestar sus propias
convicciones –o dudas- respecto a las preocupaciones sociales y éticas
que manifiestan los estudiantes cuando tratan de asuntos tecnocientíficos
actuales y controvertidos (sida, técnicas de diagnóstico
prenatal, plantas trangénicas, etc.); y la capacidad, variable
pero real, que muestran los estudiantes para argumentar razonadamente
sus propios valores morales y sus decisiones informadas. Asímismo,
es revelador que la cultura científica de la escuela sea mayoritariamente
–aunque con valiosas y prometedoras excepciones- una cultura de conceptos
y verdades, sin historia en muchas ocasiones, sin relación alguna
con la sociedad casi siempre, y sin apenas una mínima reflexión
respecto al papel de las tecnologías en el quehacer científico.
Es obvio que estos hechos son en buena parte debidos a la propia cultura
académica universitaria, en la que la construcción de los
conocimientos se considera necesariamente como fruto de la especialización
y de la parcelación del saber, a pesar de la tendencia creciente
a la interdisciplinariedad en las investigaciones.
Ante esto cabe
preguntarse si el sistema educativo (políticos, administradores,
educares y padres) es consciente de que formar ciudadanos/as científicamente
cultos está estrechamente relacionado con la construcción
y la profundización de la democracia, al menos en lo que atañe
al principio de ésta, es decir, la de formar individuos con capacidad
crítica de pensar, decidir y actuar en base a argumentos informados.
La inflación y la fragmentación informativa que padecemos
las sociedades desarrolladas, fruto directo de la tecnociencia –informática
en este caso- que a su vez depende de tales flujos de información,
obliga a los sistemas educativos a redefinir su rol respecto a los aprendizajes
que se pretenden desarrollar en los estudiantes. Estos han de ser capaces
de saber buscar, seleccionar, sintetizar y reinterpretar los flujos de
información que reciben. Y entre tanta información tiene
una importancia capital aquella que contiene aspectos tecnocientíficos.
Es, pues, adecuado
dilucidar lo que se entiende por "cultura tecnocientífica"
y por "racionalidad tecnocientífica", con el fin de comprender
y vislumbrar el papel que la educación debería asumir para
que el manido, y desde mi punto de vista inadecuado, término de
"humanidades" no signifique una mera y simplista amputación
de la noción más amplia, pero a la vez más rigurosa,
de "cultura".
Podemos considerar
la cultura tecnocientífica como el conjunto de teorías,
modelos, conceptos, métodos y valores -procedentes del desarrollo
de la ciencia y de la tecnología- que permiten a las personas de
las sociedades democráticas articular un discurso público
sobre asuntos científicos y/o tecnológicos y un discurso
científico/tecnológico sobre asuntos públicos. Entendiendo
por discurso público aquel que compete a cualquier acción
social o política y a su proceso de toma de decisiones, y entendiendo
por discurso científico el que emana de las diversas reglas, procedimientos
y valores que constituyen la racionalidad tecnocientífica y su
evolución en la historia.
Lo que sí
es cierto es que, de un modo no homogéneo, la cultura científica
ya forma parte en estos momentos de la cultura curricular del profesorado,
aunque sólo sea como propuesta y como problema a debatir. Cultura
científica ha sido, por ejemplo, cómo ciertos sectores del
profesorado, y no sólo de ciencias, han introducido en sus clases
contenidos relacionados con el medio ambiente y la ecología, ya
desde hace casi diez años, incluso antes de que se introdujera
oficialmente en los currículos.
Respecto a
la racionalidad tecno-científica hay que resaltar que ésta
procede al menos de tres dimensiones independientes: la unificación,
parcial, de conocimientos; la relevancia causal, local, de las bases específicas
de un hecho; y tentativamente el reconocimiento de ciertas explicaciones
como creíbles. Por otro lado, los principios metodológicos
de tal racionalidad hay que entenderlos como meramente orientativos y
altamente influidos por factores personales, sociales e históricos.
Por lo tanto, a pesar de que generalmente se identifica la racionalidad
científica con el método científico, la primera presupone
al segundo, teniendo siempre en cuenta que los supuestos de racionalidad
son revisables y cambiantes y que los procedimientos y reglas metodológicas
varían de una ciencia a otra, de una tecnología a otra,
e incluso de una etapa a otra de la misma ciencia o de la misma tecnología.
Por lo dicho,
pues, no parece descabellado incidir, en paralelo al debate sobre las
"humanidades", en el papel que la cultura tecnocientífica
puede tener como eje del currículo de ciencias en la enseñanza
obligatoria (especialmente en la Secundaria). En tanto que elemento vital
y controvertido de la cultura actual, la tecnociencia implica asumir educativamente
una serie de aspectos que ya no pueden obviarse: el conocimento histórico
de las ciencias y de sus elaboraciones, la reflexión y el estudio
de su impacto en la sociedad y en la vida de las personas, y su impronta
como instrumento básico para comprender el mundo en que estamos
insertos y, por tanto, para adoptar actitudes y emprender acciones. La
racionalidad tecnocientífica, junto con la racionalidad discursiva
y la llamada racionalidad emocional, es uno de los instrumentos más
poderosos que la humanidad ha desarrollado para el mejoramiento de sus
condiciones vitales.
Si nada humano
debe ser ajeno a la educación, y si la tecnociencia la pensamos
como uno de los frutos más logrados del genio de la especie humana
—con todas sus miserias incluidas—; las ciencias y las tecnologías,
en su interrelación con la historia y la sociedad, deben de estar
presentes en el acerbo cultural de nuestra sociedad. No hay que olvidar
que la cultura se expande, se democratiza y se intercambia gracias precisamente
a avances tecnológicos, como fueron y son la imprenta, la rotativa,
la radio, la televisión y, hasta el momento actual, las redes telemáticas.
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