La difícil vida de los
miles de desplazados en los
campos de refugiados incide
de modo traumático en la población infantil
Muchos de los niños hacinados
en los campos de refugiados
han perdido contacto con sus familias.
(Foto EFE)
Kosovo: los niños de la guerra
Después de semanas de intensos bombardeos, de verdaderas barbaridades y del progresivo exilio de muchas familias
albano-kosovares, rastro de una operación de limpieza étnica,
los medios internacionales de comunicación y sus corresponsales en la zona de guerra empiezan a mostrar hasta qué punto es
difícil la vida de los niños en los campos de refugiados.

FRANCESC PEDRÓ
Cruzar la frontera para salir del país no es sinónimo, hasta el momento, de haber alcanzado un estatuto de refugiado y un entorno de vida digno. Las imágenes y los reportajes que llegan de los distintos campos de refugiados demuestran la imprevisión de los organismos internacionales y un verdadero caos en la vida cotidiana. Las imágenes más duras llegan del campo de Kukes, en Albania.

Son muchos los casos parecidos al de J. Este es el nombre con el que se conoce a una niña que, nadie sabe exactamente cómo, cruzó la frontera. La particularidad de esta niña es que apenas tiene los dos años cumplidos. Las personas que le atienden en el campo de refugiados así lo creen después de observar cuantas piezas bucales tiene en su boca. Para llegar hasta Kukes tuvo que cruzar la frontera, tuvo que andar durante decenas de kilómetros a través de senderos de montaña; probablemente lo hiciera acompañada. Quienquiera que la acompañó en este largo trayecto la abandonó en las escaleras de una mezquita en la localidad albanesa de Kukes. Allí debió permanecer durante probablemente unas seis horas, hasta que una mujer se acercó a ella al observar que estaba temblando y que iba descalza y sin calcetines. La mujer, al darse cuenta de que estaba abandonada, se la llevó a vivir con ella.

Esto sucedió un viernes. Días después está viviendo en una tienda de campaña junto a una familia que la desconocía por completo antes del viernes. Ahora es una de las 100.000 personas que viven en el campo de refugiados en Kukes, un lugar verdaderamente miserable en el que reina el caos. La mayor parte de los refugiados son niños. Los más afortunados viven en tiendas que huelen a humedad o, en el mejor de los casos, en caracolas prefabricadas que huelen aún peor. Pero la mayoría, decenas de millares, viven en los carromatos que aún permanecen enganchados a los tractores que, muy lentamente, les transportaron desde el interior de Kosovo.

J, a quien le han dado este nombre sólo porque es el único sonido que pronuncia, vive en una tienda hacia el final de una hilera que termina en una pared de piedra en cuya parte superior hay una alambrada. El número que aparece que la tienda es el 389. En ella viven la mujer que encontró a la niña, su marido, sus tres hijos, además de su hermano, su cuñada y sus correspondientes hijos. En total suman 15 personas. En la tienda intentan que la niña, recién llegada, se sienta un miembro más de esta numerosa familia. Ahora come con regularidad, duerme y algunas veces llega a sonreír. Pero tiene diarrea y la familia no cuenta con suficiente ropa para cambiarla tan a menudo como su enfermedad lo exige.

La vida siempre es dura en un campo de refugiados, pero para los niños es incomparablemente peor. No hay baños, no hay duchas, no hay servicios, no hay papel higiénico. El agua es tan insalubre que está haciendo que la mayoría de los niños sufran de diarrea y, sin papel higiénico, lo único que pueden hacer sus padres para limpiarles es utilizar la propia agua que les está haciendo enfermar. Por supuesto, la diarrea es una enfermedad muy peligrosa por el riesgo de deshidratación. Pero en el abanico de enfermedades presentes en el campo de refugiados, la diarrea es la más leve.

Hace unos días este campo de refugiados fue visitado por la subsecretaria para los niños en conflictos armados de las Naciones Unidas, Olara Otunnu, que rehusó hacer ninguna declaración. Sólo iba repitiendo: "Dios mío, Dios mío".

Lo que termina de complicar la vida de los niños, aunque parezca paradójico, es la cuestión de los juguetes. Simplemente, juegan con basura. La responsable del centro albanés para los derechos humanos, Elvana Zhezhia, que el día anterior había atendido la visita de la directora de UNICEF, Carol Bellamy, cuando le preguntaron qué se necesitaba en el campo respondió: "de todo". Hasta momento no ha llegado nada. Y ella, en las escaleras de la mezquita donde encontraron a J, y que ahora es el centro de operaciones más importante del campo de refugiados, repite cada día: "tal vez hoy".

Programa terapéutico infantil

En la mezquita se ocupan de coordinar un programa terapéutico para los niños traumatizados por el éxodo. Piden, con tanta urgencia como si se tratara de un elemento básico para la supervivencia, que le hagan llegar lápices de colores, papel, muñecas y pelotas. Estas cuatro cosas son para la terapia de los niños de la guerra tanto o más importantes que la ropa.

El programa que ella coordina está compuesto por tres personas que han recibido un curso de dos semanas sobre terapia de traumas psicosociales. Uno de ellos, un médico, conduce una especie de terapia de grupo con docenas de niños a la vez. Les reúne en círculos y uno por uno, por turno, van contando historias casi sorprendentes vistas hoy acerca de la que era su vida cotidiana en Kosovo y, luego, recitan versos que aprendieron cuando vivían en un lugar que tenía escuelas en las que les enseñaban poemas. Probablemente esto es todo lo que este doctor puede hacer en este momento con los niños, además de acariciarles o, simplemente, de darles la mano y mantenerla bien apretada un buen rato. Ellos, sin cesar, le preguntan: "¿Cuándo volveremos a Kosovo?" y él les responde: "pronto, muy pronto". Esa respuesta se la da también él mismo, puesto que procede también de Kosovo y querría volver cuanto antes a su tierra. Cree que es preferible decirles a los niños que el día de la vuelta está próximo, antes que desanimarles diciéndoles lo que tal vez sea la verdad.

Estas historias se repiten en los campos de refugiados de Macedonia, de Montenegro o del resto de Albania. Con frecuencia, los maestros y los centros escolares han jugado un papel muy importante en la seguridad en el éxodo de estos niños. Bruna, una joven de unos doce años explica que, un día, cuando llegó la escuela el profesor les dijo: "Los serbios nos han rodeado y tendremos que esconderos". Entonces, con toda la clase, se fueron a una colina cercana donde permanecieron durante toda la noche. Por la mañana, prosiguieron el camino hacia otro pequeño pueblo, donde entraron en otra escuela. Allí permanecieron tres días más. Todo el tiempo sin salir de clase, sin ver a sus padres, sin prácticamente nada que comer. La mayor parte del tiempo llorando. Desde ese punto, las familias fueron pasando a recoger a sus hijos y se los llevaron hacia la frontera. Esta es la historia más frecuente entre todos los niños refugiados: los maestros se ocuparon de garantizar, ante todo, su seguridad.

La semilla del odio

Un campo de refugiados no es precisamente un entorno propicio para la educación para la paz. Antes al contrario, se alimenta el odio sobre todo entre los adolescentes. Estos repiten sin cesar que "nuestro país será liberado por la OTAN y por el ELK", el Ejército de Liberación Kosovar, que cuenta con el apoyo de los países occidentales.

Muchos son los jóvenes que, alentados por el odio, escapan de los campos de refugiados y retroceden con el objetivo de encontrarse con las filas del Ejército de Liberación de Kosovo y reunirse con ellos. Hasta el momento no se conocen casos de jóvenes que hayan sido devueltos a los campos de refugiados por el UCK por ser demasiado jóvenes.

El personal sanitario extranjero procura atender, en la medida de sus posibilidades, las necesidades alimenticias y también sanitarias de todos los refugiados. Por desgracia, no les queda tiempo para ocuparse también de las necesidades educativas de los niños y de los jóvenes.

La siguiente escena, descrita por un corresponsal del periódico francés Le Monde, da idea del clima que se vive en los campos de refugiados. Cuatro niños están jugando entre el polvo y le muestran al corresponsal sus canicas como si se tratara de verdaderos trofeos. Uno le dice: "yo las escondí en el bolsillo cuando los serbios nos dijeron que teníamos que irnos". Otro responde: "yo tenía un saco entero en mi casa. Ahora, seguramente se habrán quemado". Un tercero añade: "Las canicas no se queman". "Entonces, los serbios se las habrán quedado para sus hijos". El corresponsal les pregunta: "¿Podríais haceros amigos de niños serbios?" La respuesta no deja lugar a dudas: "Imposible. Son todos unos ladrones que nos han robado nuestro país". Y aún otro añade, provocando las risas de los demás: "Si ahora viera a uno le machacaría puñetazos".

Esta información ha sido elaborada con la
colaboración del grupo de investigación en política educativa de la Universidad Pompeu i Fabra

 

 
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