Buenos tiempos para el cine español

Reconocimiento exterior y afluencia de público
para las producciones nacionales

   

Madrid. Juan Carlos Soriano
El público español cada vez se decanta más por películas de producción propia. Aunque nueve de cada diez largometrajes de éxito que se proyectan en España siguen siendo norteamericanos, la asistencia a proyecciones españolas ha aumentado en un veinte por ciento. Asistimos, pues, a un resurgir interno de nuestro cine que viene acompañado de reconocimientos en el exterior.
José Luis Garci y Carlos Saura estuvieron el pasado día 21 en Hollywood. Las candidaturas de El abuelo y Tango a la mejor película extranjera en la ceremonia de entrega de los Oscar, aunque el largometraje de Saura concurriera con nacionalidad argentina, puesto que se trataba de una coproducción, son la última muestra de que el cine español suscita, cuando menos, curiosidad.
El, hasta hace nada, desconocido Benito Zambrano, presentó en el Festival de Berlín un drama casero, de baja producción y cierto toque humorístico, que obtuvo el aplauso del público alemán. Solas se convirtió así en el contrapunto a Lágrimas negras y La niña de tus ojos, que hicieron honor a sus respectivos títulos y provocaron en la crítica de la Berlinale todo menos sonrisas.
Pensarán algunos que esos casos aislados se han dado siempre. Ya ocurrían -es posible que respondan- cuando el único cine español que veíamos aquí era el de destape y los buenos directores, los que triunfaban fuera, no se comían una rosca en las salas de su país. Aunque no les falte su punto de razón, lo que confirma el buen momento de nuestra cinematografía es, precisamente, la actitud de nuestros propios espectadores. El pasado mes de enero, pese a los siete Goyas que obtuvo Fernando Trueba con su historia de nazis y folclóricas, la película Barrio, de Fernando León de Aranoa, revalidó durante la gran gala del cine español el éxito de su primer largometraje, Familia. Sus tres Goyas confirmaban una línea de renovación abierta ya por realizadores como Alejandro Amenábar y Julio Medem.
Muestra presencia en el exterior, pese a la doble candidatura de los Oscar y el éxito de Zambrano en Berlín, sigue siendo pobre. Pero no más que la de otros países europeos. Nos falta industria y una buena distribución. Resultaría una quimera competir con Estados Unidos, que tiene en la del cine su segunda industria nacional, pero sí podemos aspirar a una discreta presencia en Europa y en el mercado iberoamericano.
Tampoco seamos triunfalistas. Queda mucho camino. Si preguntamos más allá de los Pirineos por un realizador español aún nos remitirán a Buñuel; los más puestos quizá hayan visto alguna de Almodóvar. Pero, desde el instante en que los espectadores españoles han perdido el complejo de inferioridad, se ha dado un paso decisivo. Aquellas películas de los setenta, donde el sujetador caído se enarbolaba como liberador de tabúes, quedan hoy tan lejanas como el No-do. Que ya es bastante.

 
Rafael Alonso (a la izqda.) y Fernando Fernán Gómez en una
escena de
"El abuelo", de J.L. Garci.