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estrés de la vida moderna hace que descienda la capacidad defensiva
del sistema inmunológico y constituya un posible factor en
la aparición de tumores que aún no está bien
estudiado
(Foto: EFE) |
Madrid. Juan Manuel Barberá
De todos los factores que inciden en la aparición del cáncer
o en la diseminación del mismo, el estrés ha sido uno de
los menos estudiados. Sin embargo, son muchos los expertos que coinciden
en señalar que ésta reacción de alarma ,tantas veces
beneficiosa porque nos permite adaptarnos a situaciones adversas, también
puede propiciar la aparición de tumores.
El estrés, como destaca José Antonio Flórez Lozano,
catedrático de Ciencias de la Conducta del departamento de Medicina
de la Universidad de Oviedo, deprime tanto el sistema inmunológico
del individuo que puede propiciar la aparición de determinados
tumores. De hecho, ya existen algunos estudios que han demostrado que
los acontecimientos estresantes acompañan generalmente a individuos
que padecen un cáncer, por lo que deben considerarse como un factor
de riesgo importante.
Sin embargo, ser la " herencia" este carácter pernicioso del estrés
no se reduce a acontecimientos ocurridos en un pasado reciente, sino que
puede ser resultado de traumas infantiles. Como explica José
Antonio Flórez, "hay tumores que se desarrollan muy lentamente
y los acontecimientos estresantes de la infancia pueden ser fundamentales,
porque producen daños psicológicos sobre el individuo: por
ejemplo, creando personalidades subestables o vulnerables". Rizando el
rizo del más difícil todavía, este experto advierte
que "pueden existir traumas ocultos conocidos sólo por nuestro
subconsciente, que pueden generar estos daños".
En cuanto a cómo incide el estrés sobre el individuo, este
catedrático de ciencias de la conducta, que ha coordinado junto
a un grupo de oncólogos el libro Personalidad, estrés
y cáncer, subraya que todo ocurre a través del sistema
defensivo de cada uno de nosotros. El estrés deprime el sistema
corticosteroide natural, lo que da lugar a alteraciones hormonales, de
algunos neurotransmisores como las endorfinas y del sistema neuroendocrino,
concluyendo con un acusado descenso de las defensas del organismo.
Personalidades propensas
A raiz de esto, los expertos se han preguntado ¿si existe
un tipo de personalidad que favorece la aparición de un determinado
cáncer, si hay personas predispuestas a padecer la enfermedad y
si el estudio de la personalidad pudiese tener cierto valor en la predicción
de enfermedad?
En la década de los años 20, algunos investigadores observaron
importantes relaciones entre la alcalinidad de saliva y orina y el carácter
emocional de los individuos. Eysenck, posteriormente, en 1965, recoge
algunas pruebas que evidencian una correlación alta entre neuroticismo-emotividad
e inmunidad frente al cáncer de pulmón; es decir, que las
personas neuróticas con mayor alcalinidad en saliva y orina estarían
protegidas contra el cáncer de pulmón. Esta línea
de investigación fue fundamental para comprender e impulsar el
estudio de la personalidad como factor activador, moderador y/o inhibidor
de la aparición de una enfermedad cancerosa.
La depresión puede llevar al cáncer. Un estudio hecho por
Marsillac, en 1978, encontró que el 80 % de los enfermos cancerosos
habían pasado antes por una depresión más o menos
grave; .Esto no quiere decir que las personas que sufran una depresión
vayan a padecer un cáncer, pero que sí que estamos ante
un importante factor de riego de una magnitud aún no bien valorada.
José Antonio Flórez destaca que "situaciones más
o menos cotidianas, como la pérdida de seres queridos, las separaciones
matrimoniales, la pérdida de trabajo, la quiebra comercial o incluso
la jubilación pueden ser factores desencadenantes de reacciones
depresivas que pueden durar años y son el caldo de cultivo específico
para que personas predispuestas o con factores genéticos puedan
desarrollar un tumor con más facilidad. Pero en este grupo no sólo
hay que mencionar las pérdidas física por separación,
sino las situaciones que se dan cuando las madres tienen una incapacidad
afectiva con respecto a los hijos".
Anomalías afectivas
Rísquez (1978) investigó a una serie de
niños con leucemia -el tipo de cáncer más común
en la infancia- encontrando en todos ellos anomalías afectivas
con los padres y/ o las madres. Todos los niños investigados pretendían
ser protectores de sus progenitoras. En general, estos niños fantasean
con que tienen madres muy buenas que se preocupan mucho de ellos, cuando
en realidad no es así. Para este autor, el factor desolación
y desesperanza está conectado con la aparición de tumores
malignos y su agravación; en tanto que el sentimiento de esperanza,
de ser útil, de lucha por la vida disminuye la gravedad del cáncer
y muchas veces lo puede impedir.
Rísquez ha encontrado por medio de sus observaciones personales
algunos rasgos de lo que podría ser la personalidad del futuro
enfermo canceroso: vocación de servicio exagerada y gratuita, habilidad
para recabar toda la personalidad y toda la sensatez de la familia en
un solo comando, dignidad para aceptar el sufrimiento, capacidad de ocultarlo
y necesidad de mantener siempre una atmósfera de cariño,
alejada de sus posibilidades, son, entre otras, algunas de estas características.
A este respecto, Rísquez recomienda advertir a estas personas que
"están jugando mal al juego de la vida" porque son demasiado responsables,
sensatas y sacrificadas. Simplificando al máximo estas hipótesis
podría decirse que "ser excesivamente buenos, socialmente hablando,
induce la aparición de tumores".
Actitud positiva
Pero los mismos expertos que piensan que hay ciertos
tipos de personalidad que facilitan el desarrollo de un tumor, también
proponen que se puede luchar contra él con sus mismas armas: primero,
llevando una vida menos estresada ,lo que ayuda a prevenir y, luego, directamente,
tratando la problemática psicológica de cada cuál.
Está claro que hoy más de la mitad de los tumores se curan;
y que a las armas clásicas de que disponen hoy los oncólogos
para tratar ésta enfermedad, quimioterapia, radioterapia y cirugía,
habría que añadir la psicoterapia.
Como destaca José Antonio Flórez, "incluso cuando la persona
ya tiene la enfermedad, podemos reducir su obsesión mental y aumentar
el espíritu combativo contra la misma, lo que unido a las ganas
de vivir no sólo mejoran la calidad de vida, sino que la alargan.
Ya hay trabajos científicos que han demostrado que la obsesión
que producen las posibles consecuencias de la enfermedad aumenta la inmunocompetencia.
Por eso es preciso intentar llevar una vida normal, porque con ello se
refuerza el sistema inmune y se complementa la medicación. Además,
tratando a las personas con personalidades vulnerables también
podemos realizar una labor preventiva importante".
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