En el presente artículo, su autor reflexiona sobre el proceso de transición que todo alumno ha de afrontar cuando deja el mundo de la enseñanza y ha de incorporarse a la realidad social como un ciudadano más.

Escuela y realidad

Joan M. Díez Clivillé
Profesor de Educación Secundaria

Vivo en las aulas, para mí llenas de retos y misterios, si bien es cierto que, vista fríamente, una escuela no deja de ser un lugar -más o menos bullicioso- en el cual un buen número de niñas y niños (a veces, cientos) permanecen bastantes horas al día -y durante no pocos años- recibiendo las oportunas dosis de formación, en la confianza de que ello habrá de servirles - o, al menos, así lo esperamos- para desenvolverse en el mundo adulto con soltura y dignidad.

Sin embargo, no debemos esperar que dicha transición se resuelva por sí sola, como por arte de magia. Conviene preparar a los jóvenes para dar un paso tan significativo. Si duro fue (todos hemos escuchado los llantos de hermanos, hijos, sobrinos o nietos al pasar de la cuna a la guardería y, de ahí, a esa jaula de oro que es la escuela), el paso de la secundaria obligatoria al asfalto de cualquier pueblo o ciudad de nuestra geografía requiere también especial atención.

En la escuela, los alumnos son el centro de todas las miradas, los protagonistas, los reyes incluso. En la calle, la mayoría de los mortales somos simplemente individuos, con nuestro DNI y nuestro NIF.

Mucho hay que aprender para sobrevivir hoy en día. Como sabemos por nuestra propia experiencia y por las referencias que al respecto nos dan nuestros mayores, salir adelante en la lucha cotidiana nunca fue fácil.

Impulsado por el instinto vital y el afán de supervivencia, el adolescente debe experimentar por su cuenta y riesgo (cada vez con menor control por parte de los adultos) situaciones y circunstancias de las diversas sendas que se abren ante sí. Serenidad y optimismo son sin duda buenos compañeros de viaje, ante la duda y la incertidumbre con que con frecuencia se nos muestra lo desconocido.

A lo largo de su vida, los jóvenes han recibido, paralelamente a sus vivencias, una serie de estímulos, a los cuales han respondido, en mayor o menor medida, con tal o cual grado de acierto. Los conocimientos adquiridos en casa y en la escuela han contribuido a crear unos patrones de conducta y a formar una personalidad con unas características concretas que a partir de cierto momento debe empezar a labrarse, a su libre albedrío, su presente y su futuro.

Un buen día, nuestros jóvenes llegan a una encrucijada en la que no hay lugar para juegos ni pataletas, y donde cualquier tipo de desaire falta de disciplina o rigor están mal vistos. Es el precio de la madurez. Madurez ¡divino tesoro!

El currículum escolar no basta para encaminar a nuestros discípulos hacia la vida activa de hoy, plagada de competitividad y de montones de exigencias, obligaciones y responsabilidades. Todo ello - cómo no- en plural pues, como las desgracias, nunca vienen solas. Y entonces... ¿Quién debe enseñar lo que no está en los libros? No me refiero ya a elevados conceptos éticos (que considero imprescindibles) sino a cuestiones mucho más elementales y mundanas, que no por ello dejan de tener un considerable peso específico en nuestra vida diaria.

Numerosos actos a los que apenas damos importancia nos ponen a prueba repetidamente: hemos de hacer cola para esperar el autobús; a menudo realizamos la compra en una tienda o supermercado; al cruzar una puerta o entrar en un ascensor nos encontramos con otras personas, o bien decidimos asistir a funciones de teatro, conciertos, a reuniones diversas... y no olvidemos que a la mayoría nos resulta imprescindible salir a buscar trabajo.

Actividades todas ellas en las que deben seguirse unas pautas y que requieren no pocas habilidades sociales. Entre otras, es preciso tener paciencia, actuar con delicadeza, ser respetuoso con los demás, saber sentarse correctamente, abstenerse de mascar chicle en determinados momentos, saber cuándo hablar y cómo... Da lo mismo que se les llame urbanidad, modales o buenas maneras, lo cierto es que resultan esenciales para la convivencia. Todos somos seres humanos, pero... ¿dónde se aprende a ser persona?

Incluso en plena democracia ha de respetarse a las autoridades competentes. Y recordemos que, desde tiempos inmemoriales, "la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento". Los adultos lo sabemos. Los jóvenes, deben aprenderlo. La ausencia de orden conduce al caos. Y bueno será que la educación integral que hemos procurado dar a nuestros discípulos se refleje incluso en los pequeños detalles.

Como en tantas otras ocasiones, para conseguir tales propósitos, la colaboración entre padres y madres, profesoras y profesores, se hace, a todas luces, imprescindible. Está claro que nuestro objetivo es común: el bienestar y el correcto desarrollo físico, intelectual y emocional de niños y jóvenes. A pesar de lo dicho, en ocasiones nos distanciamos y nos acusamos mutuamente de dejadez. Como suele decirse -y por fortuna- no suele llegar la sangre al río.

No estaría mal que, al menos por una vez, aprendiéramos de nuestros políticos conceptos tales como "debate", "negociación" y "pacto". A buen seguro, la sociedad - y con ella todos y cada uno de nosotros- saldrá ganando.