El Síndrome del Milenio

Fabricio Caivano
Periodista.

Va en aumento la literatura acerca de las TIC, que es como llaman los expertos a las "nuevas" Tecnologías de la Información y de la Comunicación. No cabe duda que la estrella de este firmamento tecnológico es Internet. Pues bien, sobre Internet y, en general, acerca de estos ingenios técnicos, es fácil encontrar dos posiciones extremas. Por una parte están los numerosos tecno-optimistas, que ven en las tecnologías la puerta de un paraíso terrenal en el que adanes y evas felices navegarán por un mundo virtual en busca del modelo de vicio o de virtud que más les convenga a su conciencia y a la estructura de su intimidad oral. Por otra parte, abundan también los tecno-pesimistas, augures de un futuro en el que el hombre será un mero apéndice de las máquinas, vampiros de silicio que revolotean en busca de víctimas propicias a las que sangrar el cerebro, o acaso el alma si la tuviese. De modo que adentrarse en los relatos sociológicos de corte prospectivo es una tarea entretenida, recreativa y ejemplar. Resulta de ello lo que podríamos llamar el "síndrome del fin de milenio". Es curioso, pero la proximidad del fin de un siglo estimula en los humanos –al menos en el tercio que alcanza a comer cada día- alguna secreta glándula del lóbulo frontal, donde dicen que se licua el jugo electroquímico que pone a cien el cerebro. Una vez vistos los augurios de los profetas de la posmodernidad tecnológica, la pregunta del peatón de la historia es obvia. ¿Quién tiene razón?

Los dos tienen razón. Sí. No se trata del recurso de la vía del medio, del atajo más mediocre hacia la banalidad como dijo Bertrand Rusell. Ambas posiciones dicen verdad, y ambas dos toman los mismos datos para emitir sentencias opuestas. Estamos ante una paradoja doblemente interesante. Primero, porque opera como el modelo de pensamiento propio de la posmodernidad: nada es verdad ni mentira. Como dice la torturante canción, depende. El siglo que dejaremos pronto fue tiempo de sólidas, y a veces peligrosas certezas: religiosas, morales, técnicas, pedagógicas, políticas e ideológicas. Todas ellas, esas certidumbres que acunan y tranquilizan al ser humano, se han disuelto como nómina en enero. Y es además una paradoja interesante en la medida en la que emerge el verdadero protagonista del XXI: la tecnología. Por un lado, incertidumbre, por el otro la certeza de que el destino –biológico-genético, moral, cultural- del ser humano irá cada vez más vinculado a las ortopedias mecánicas. ¿Qué tenemos? Tenemos, pues, la certeza de que nada es creíble a largo plazo, incluyendo esta misma afirmación de certeza en la incertidumbre. Tenemos, además, que las máquinas pueden llevarnos al paraíso o remitirnos al infierno. Depende, dicen los expertos; pero esos especialistas, que suelen equivocarse con mayor aplomo que los otros, coinciden en una única cosa ¿Cuál?.

Coinciden en que el uso de las TIC, sus efectos malignos o benignos, dependen de la voluntad, buen gobierno y uso que les dé el ser humano. Según como se utilicen. Y aquí recurren, satisfechos de su sofisma, al ejemplito del átomo: es una energía que puede usarse tanto para disolver un cálculo renal a un respetable catedrático de economía tecnológica; o que puede usarse para cerrar brillantemente una guerra mundial arrasando ciudades y matando a un par de millones de humanos, bien que de otra cultura y color. Se trata de un falso argumento, propio de la severa inteligencia binaria, digital más propiamente, con la que los tecnólogos se plantean estas complejas querellas éticas. Para ellos, la ética es un circuito desintegrado. ¿Por qué es falso? Pues por una sencilla y muy leve razón. Se olvidan del poder. Los ingenios tecnológicos no tienen voluntad propia, cierto. Pero más cierto es que tales ingenios no nacen ni se difunden en una especie de vacío aséptico. Las TIC aparecen en una red de intereses económicos y, cada vez menos, políticos. La soberanía política será en breve un juguete roto. Lewis Carroll ya lo dijo: manda el dueño de las palabras, o sea el dinero; el dinero ascendido al rango anónimo de capital financiero. De modo que el uso de las TIC vendrá determinado mayoritariamente por ese bautismo en esas profundas aguas capitalistas. La convergencia de tecnologías, la concentración de empresas de comunicación, la exclusión de los ya excluídos y la obligación teleológica de los cacharros de incrementar el máximo beneficio económico, están en el alma de esos artificios. Alma, aquí equivale a programación. Son ortopedias que aguantan el tinglado. Una tendencia que la globalización y el hipermercado refuerzan, y a la que el pensamiento único le pone el nihil obstat. ¿Qué podemos hacer?

Muchas, muy variadas y entretenidas cosas. Como poner unos gramos de arena en la maquinaria. Ejemplo para educadores combativos, haciendo que esas tecnologías se encarguen en los centros docentes, en exclusiva y a tiempo total, de operar al máximo su maravillosa "inteligencia estúpida". De tal modo que sea fácilmente posible devolver a los docentes a pie de aula un extenso e intenso tiempo nuevo, germinal, limpio de rutinas, exámenes absurdos, jerarquizaciones morales, mandatos imposibles, etiquetado y selección, vigilancias y otras lindas liturgias semejantes. Calculando a ojo, más de las dos terceras partes del trabajo real de un docente se evaporan al calor de tareas perfectamente prescindibles, como las citadas y otras más. Lo que en un-una- educador debe hacer para serlo plenamente, no se ve con la estrábica mirada tecnológica: debe educar claro, es decir hablar, estar ahí, mostrar una cordial autoridad moral y curricular, pedir que le digan como es el mundo y enseñar a verlo también de otras maneras posibles, volver a hablar, enseñar a pensar pensando en público, repartir dudas, reñir y reír, estar ahí y perder sabrosamente el tiempo, hasta hacer de él su patrimonio más preciado, el valor central en su trabajo. La máquina, mientras, que vaya haciendo su trabajo, que lo hace bien, rápido y barato. Este es, para que voy a engañarles, el lado bueno. El menos bueno es, como suele ser, más problemático. Lo formularé, pues, como un problema. Problema: dado que en las Españas hay millón y medio de funcionarios docentes, y sabiendo que se ven obligados a vivir e ir tirando, calcular cuántos de ellos sabrían que hacer si aumentásemos hasta un 95% su tiempo cualitativo, el de estricta docencia?. Solución: que cada cual la calcule según su honrada experiencia y mejor entendimiento. Está claro que hay máquinas que, afortunadamente, pueden sustituir el trabajo de un educador o educadora: si esto es posible estaríamos en presencia de un educador obsoleto, inútil y molesto; sustituirlo sería sin duda una medida recomendable. Educar no es transmitir datos, informaciones ni siquiera conocimientos. Educar no es domesticar, adiestrar o adoctrinar. Nunca lo ha sido , y hoy menos que nunca. Educar es otra cosa bien distinta, algo que una máquina –de momento- no puede hacer. ¿Qué es hoy educar?. Redacción para el lunes, dos folios máximos y si la envían a navegar por Internet, nota alta.